miércoles, 15 de febrero de 2017

La conspiración de la amistad



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Este cuaderno virtual –sorprendentemente– tiene un puñado de receptores. Los indiscretos artefactos que contabilizan las visitas y los que informan del número de suscriptores, permiten sospecharlo, sin certeza, claro está. Lo cierto es que las escasas anotaciones de esta libreta alcanzan a un pequeño manojo de destinatarios. Ignoro cuántos de ellos se toman la molestia de leer lo que aquí anoto. De hecho, salvo una porción todavía mucho menor de amigos y de conocidos, lo ignoro todo acerca de quienes reciben los mensajes en esta botella a la deriva de la red. Es algo muy anómalo que está en la raíz misma del arte de la escritura. Lo escrito, una vez que se abandona a su suerte, se convierte en un objeto sin un fin preciso, autónomo. Pero la paradoja es que quien escribe esto quiere comunicar, pero sobre todo quiere comunicarse. Y eso, mediante un escrito, sólo se puede hacer de un modo necesariamente imperfecto, truncado, frustrante. Ese drama se vuelve hoy todavía más agudo, porque la evolución de la civilización nos ha llevado a un punto de un individualismo desconocido hasta ahora.