lunes, 19 de junio de 2017

Aproximación a la mentira en la cultura cristiana

Resultado de imagen de verité obscure pascalLunes, a primera hora de la mañana. Colegio de chicas. Clase de 4º de primaria. Una turba de niñas, de diez y once años, entran en el aula. Entre indolentes y bullangueras, van ocupando sus lugares. Oraciones de rigor. Antes de iniciar la lección, la profesora tiene algo que decirles: “Ayer fue domingo. ¿Cuántas de vosotras fuisteis a misa?”. Tres, cuatro, hasta cinco manos se alzan. “Tenéis que saber que las que no fuisteis a misa estáis en pecado mortal”, sentencia la celosa enseñante ante aquellos veinticinco rostros infantiles que la observan.


La escena es de hace pocas semanas. No me interesan ahora otras consideraciones que legítimamente se pueden hacer en torno a tan lamentable episodio, que me toca de cerca.

 Me interesa algo muy específico: el uso, el recurso habitual, a la mentira como método de introducción en la vida cristiana. Lo cuento porque, de seguro, este sucedido despertará reacciones conflictivas en algunos lectores. En la educación cristiana de muchos de nosotros, esos tramposos recursos pedagógicos han jugado un papel protagonista. No está garantizado que todos lleguemos a examinar los hábitos recibidos, para juzgarlos, criticarlos y, llegado el caso, distanciarnos de ellos, que no rechazarlos, porque para eso no basta ni la inteligencia ni la voluntad.
No falta quien piensa: “La profesora tiene toda la razón” o “no le falta razón”. No, no sólo no tiene toda la razón, sino que yerra completamente. Está siendo completamente imprudente y, lo que es peor, está inoculando –este es tan sólo un episodio dentro de un chirimiri ideológico continuo– en los corazones de sus alumnas un mal hábito –un vicio– de la sensibilidad contra el que muchas de ellas no podrán luchar y que, en las demás, perdurará como una inclinación antipática y persistente que, aunque no determine, molestará siempre.
Lo que me interesa ahora es el mecanismo que hace que el recurso a la mentira “por un buen fin” resulte habitualmente aceptable en la dinámica de la “transmisión de la fe”: inferir que el incumplimiento material del primer mandato de la Iglesia equivale automáticamente a incurrir en una situación de pecado mortal es un mecanismo tan grosero como revelador de unos vicios profundamente arraigados no sólo en la pedagogía de la fe sino, como es lógico, en la vivencia de la propia de fe. Los cristianos estamos tan habituados a ello –a que los mayores respondan con piadosas mentiras a preguntas de los niños, pero también a que los cristianos adultos saquen adelante sus iniciativas “apostólicas” con toda clase de ardides– que nos cuesta un trabajo enorme tomar la distancia necesaria como para juzgar esas conductas como lo que son: el recurso a la mentira en aras de “la verdad”.
¿Cuál ha sido el proceso por el cual los cristianos hemos pasado de ser los “impostores que dicen la verdad” a convertirnos en los “fidedignos que mienten sin pestañear”?
La reflexión sobre el papel que la mentira ha jugado y juega en la vida de los cristianos (no como fallo individual sino como disposición “cultural”) no es una opción, ni siquiera es un riesgo: es el camino para que cada cual se relacione humanamente con la fe que recibió, porque la verdad nos hará libres para amar a Dios y para amar al prójimo.
Me propongo explorar este terrible tema en próximas entradas, para lo que solicito vuestra ayuda. La idea es abordar una reflexión fraterna sobre el peso de la falsedad en la transmisión y en la misma vivencia de la Verdad.

El brigante

3 comentarios:

José Martí dijo...

Desde luego, desde un punto de vista psicológico. Y en el contexto en el que tuvo lugar, es un disparate hacer esa afirmación tan tajante. Eso es cierto. Pero no debemos olvidar que es un mandamiento de la Iglesia el asistir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Y quien, sabiéndolo, no va a misa y no lo hace por despiste o falta de acostumbramiento sino porque no quiere ir, su situación objetiva es de pecado mortal. No porque yo lo diga. Yo no soy nadie. Lo dice la Iglesia (CIC 2181). Que yo sepa no se ha pronunciado hasta ahora en sentido contrario a esa disposición. Y si la Iglesia es madre, sus razones ha tenido para dar ese mandato a todos los cristianos que han llegado al uso de razón y han hecho ya la primera comunión. La mentira surge cuando uno se queda en la pura letra o se dedica a juzgar las intenciones y el corazón de los demás, que sólo Dios conoce. Ello no obsta para que a los niños se les enseñe las verdades fundamentales de su fe, así como que sean conscientes de que tienen unas obligaciones para con Dios y para con el prójimo (estas últimas derivadas de las primeras).

el brigante dijo...

Muchas gracias, José, por compartir con nosotros tu parecer.
Para nosotros es muy importante que el brigante no se convierta en un monólogo clamante en el desierto...
A los niños, como a los adultos cristianos, ha de enseñarse las verdades de la fe y las enseñanzas de la Iglesia. El mandamiento de asistir a misa y todos las demás. También la importancia –que eso es lo que quiere decir gravedad– de los preceptos. No veo cómo, en sana doctrina católica, puedan verse con lenidad o comprensión las prácticas mendaces cuyo objeto no es transmitir el conocimiento y el amor del objeto de la norma sino la inoculación del miedo, bajo la especie de una conciencia escrupulosa y medrosa).
En el fondo de la cuestión está la falsa pretensión de convertir las normas morales de la Iglesia en preceptos legales ceremoniales. Por seguir a santo Tomás, la moral se constituye en una “medida de la razón” a diferencia del derecho, que es una “medida de la cosa”. Eso hace que, en derecho penal o disciplinario, la mera contravención fáctica de lo mandado por la norma constituya un “ilícito material” y que quien lo cometa pueda ser culpado o exculpado por ello. Es una cuestión de “imputabilidad” o no de un castigo cuando “materialmente” se ha contravenido el precepto.
La medida de la razón, la moral, es tan distinta que cuando hablamos de “pecado material” lo hacemos impropiamente. El único pecado real que existe es el llamado “pecado formal”: aquel acto en el que concurre materia grave, ausencia de circunstancias eximentes, advertencia plena y consentimiento perfecto por parte del que actúa.
Nuestra mentalidad juridicista nos juega malas pasadas: si, en un caso concreto, una persona no va a misa el domingo y en ella falta alguno de los factores que he mencionado (no voy a entrar en casuística) no existe ni siquiera un “pecado material” y, por ende, tampoco un pecador al que meramente no se le imputa el pecado. Simplemente, no se ha cometido pecado alguno.
La única manera humana y cristiana de enseñar la moral es la que se preocupa por ayudar al otro a descubrir y a amar el bien que es objeto de lo mandado. Eso conlleva ineludiblemente acompañarle en el perfeccionamiento de la virtud de la prudencia, la más ignorada por nuestra catequesis. Y la prudencia exige que los recordatorios de la gravedad de un precepto no interfieran con el desarrollo de la prudencia del cristiano niño, adolescente o adulto. Como insistía santo Tomás, al hombre, al ser libre, no le basta con hacer el bien, debe hacerlo de forma humana, es decir, libre y consciente.
No es que el recurso a “tretas” que pretenden asegurar un más eficaz cumplimiento –ese sí, material– de los preceptos recurriendo a paralogismos, medias verdades y distorsiones (por ejemplo, favoreciendo el desarrollo de una conciencia escrupulosa y atormentada) no sea eficiente, es que se erige, paradójicamente, como un ídolo que impide conocer y amar el objeto de la norma moral. Toda la moral cristiana, todos sus preceptos, están mandados para nuestro bien y no podemos pensar que nuestro bien consista en prescindir del modo humano de acercarnos a la verdad de Dios.
Un afectuoso saludo y perdón por la extensión.


Joaquín dijo...

Estimado Brigante,

No nos conocemos, pero tenemos amigos en común. Sigo su blog hace tiempo, aunque no suelo comentar. Pero dada la invitación al diálogo, me atrevo a comentar un par de cosas:
Es una cuestión difícil la que trata en esta entrada. Por un lado, está el tema de la inoculación del miedo y de una "conciencia escrupulosa y medrosa", como la llama. Como me dijo lúcidamente un amigo, así como hay cierto interés por achacar los males de la Iglesia a un 'espíritu del Concilio" (Vaticano II, se entiende) y no al Concilio mismo, quizás se podría hacer tal distinción con más tino entre el "espíritu de Trento" y Trento mismo. Quizás no es casualidad que el jansenismo haya aparecido después de Trento. Por otro lado, la llamada "Contrarreforma" también ha tenido algo que ver, al hacer a la Iglesia reactiva más que activa, más preocupada de no equivocarse que de promover el buen juicio entre sus miembros. Machacar lo insano de cierto celo excesivo por la ortodoxia quizás sea, a fin de cuentas, lo mejor del legado de Francisco.
Por otro lado, está el tema mismo de la mentira y la verdad. Quizás el ejemplo de la entrada se preste a malentendidos, puesto que muchas veces, sin mentir, se omiten aspectos importantes para el juicio prudencial a los niños, precisamente porque son niños, que se pueden ir añadiendo a medida que el niño crece. A veces la amistad imperfecta, unida a la misericordia, nos hace simplificar ciertos argumentos para que el amigo entienda nuestras razones próximas en virtud de lo que él puede ver, sin poder compartir con nosotros las razones últimas. Es lo que, según cierta interpretación, hace Sócrates con Critón, su amigo no filósofo, cuando le intenta explicar, en boca de las Leyes, su decisión de no escapar de la cárcel.
Los dos temas están relacionados: el temor es una buena razón para creer, si es que las mejores razones se han nublado. El problema se da cuando esas mejores razones ya no son accesibles ni siquiera al que enseña. Cuando las enseñanzas de la Iglesia se interpretan como se interpreta el Código Civil (qué más parecido que un Código Civil de la fe que el Denzinger...), y se buscan ahí las respuestas a qué hacer y qué pensar como quien busca si la ley manda o prohíbe alguna cosa, se ha perdido de vista que el Magisterio está ahí para indicarnos dónde está la Verdad que debemos amar, y no para ser un sustituto de esa verdad. Por supuesto, no es que las respuestas del Magisterio sean poco importantes. Pero puede ser extremadamente contraproducente para la psicología de una persona tener una respuesta indubitable a una pregunta que jamás se le ha ocurrido. Me atrevo a decir que una de las consecuencias es que quien así ve las enseñanzas de la Iglesia termina preocupado no por promover el buen juicio y el amor a la Verdad, sino por promover el cumplimiento de la ley, con independencia del juicio. Y eso lleva a la transmisión de las propias patologías a las mentes y corazones de hijos y alumnos.

Un cordial saludo, y perdón por la extensión
Joaquín