miércoles, 8 de marzo de 2017

El samaritano elige hacerse amigo de su enemigo


Como he recibido algunas objeciones a la entrada sobre Sodoma, voy a matizar. Los extranjeros, los inmigrantes, los transeúntes, son el lugar en el que se verifica el pecado de Sodoma, precisamente porque en ellos se manifiesta un aspecto crucial y misterioso de la alianza de Dios con los hombres y con todo lo creado. La gravedad del pecado y el castigo de Sodoma se comprenden a la luz de un mensaje que penetra de lado a lado la vieja alianza. «No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque fuisteis extranjeros» (Ex). «Cuando un extranjero resida contigo en tu tierra, no lo molestarás», pero no sólo: «Él será para vosotros como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque fuisteis extranjeros…» (Lv). «[Dios] ama al extranjero y le da ropa y alimento… Amad al extranjero, ya que vosotros fuisteis extranjeros» (Dt) y muchos otros pasajes semejantes. Hasta llegar a la narración del juicio final, en la que Jesús anticipa la revelación que hará a los elegidos: «Porque fui extranjero (estaba de paso) y me acogisteis» (Mt). Para nosotros no es fácil pesar estas palabras. Con facilidad las desfiguramos ideológicamente, haciéndolas insignificantes al escudarnos en lo diferente de nuestro contexto o disolviéndolas dentro de un discurso de los derechos humanos. Según la lógica de derecha o de izquierda de cada cual. Pero el problema no es la amenaza al nivel de vida occidental ni las quimeras de sistemas tan  perfectos que hagan superfluo al individuo ser bueno.
El extranjero es el hombre que lo recibe todo, que no aporta nada. Representa a Adán o a la familia de Noé en el instante previo a la promesa y representa al que en su seguridad olvida que todo lo ha recibido. Por esa razón, el extranjero es un recordatorio de lo que cada uno de nosotros es, por debajo de nuestras fascinantes seguridades y posesiones. Por eso Yahvé insiste en asociar a cada repetición del mandato de acoger al extranjero el recuerdo del origen de nuestra seguridad presente: porque fuiste extranjero. Origen histórico –de ahí venimos– y raíz profunda: porque la apariencia de seguridad que nos proporcionan nuestras posesiones fácilmente nos hace olvidar que estamos en las manos de Dios. En cada momento.
Que se tranquilicen los conservadores. Los extranjeros no tienen ningún derecho a las excelencias de la sociedad del bienestar. De hecho, esas ventajas ocultan un reverso fetichista que sería hipócrita ignorar (debería figurar en el prospecto de esa medicina social del bienestar, como «contraindicaciones»). Las sociedades opulentas han construido una trama de instituciones que se presentan como dispensadoras de beneficios indiscutibles (de un bien absoluto), pero disimulan su perversa contraproductividad. Salud, trabajo y educación, como denunció Illich, son tres de sus monopolios. Habría que añadir el entretenimiento. No se trata, naturalmente, de negar que esos ámbitos tengan especial relevancia para la vida humana, ni que el estado de servicios provee de mejoras (relativas pero indudables). Lo hace, sin embargo, al precio de expropiar la autonomía de los sujetos, que se convierten en meros receptores, terminales de lo que deciden otras instancias en lugar de ellos y que, por eso mismo, quedan expropiados del control de sus vidas en el terreno de la salud, de la organización del trabajo, de la educación (y, máximamente, del ocio normalizado). Ya no somos agentes, sino pacientes de la vida común.
Dios ha creado la tierra y cuanto contiene y ha sellado un pacto con ella. No sólo con el hombre, sino con la tierra y con todo lo que vive (Gen. 9, donde Yahvé lo repite hasta cinco veces, para dejarnos claro que Él pacta con todo lo que ha salido de sus manos). Ese pacto obliga a todos. La tierra nos es dada a todos, no en propiedad, sino en arriendo para que todos podamos vivir. Este es el trasfondo de la malicia del pecado de los avarientos sodomitas. Pierden de vista el sentido de la concesión –del comodato– de la tierra y sustraen la fecundidad de sus propiedades al destino común, que comprende también al extranjero. Pero se trata de aquellos dos extranjeros. Se trata de los extranjeros concretos que están a sus puertas y frente a los cuales ellos están concretamente obligados a la acogida. No están obligados a introducirlos en la lógica de su propia opulencia, a asimilarlos a su propia codicia y a convertirlos en bestias egoístas, como ellos.
Hay un nivel, más elemental, en el que sí opera un auténtico derecho de asilo. Hasta la ilustración lo llamábamos el «derecho de gentes». Cuarenta años después de que Alejandro VI concediera a Isabel y Fernando el dominio de todas las tierras  «halladas y por hallar» al oeste de las Azores, Francisco de Vitoria demostró irrefutablemente que aquellas bulas no valían ni el pergamino en que estaban escritas. El Papa no podía transmitir a los reyes de Castilla y de Aragón un dominio del que carecía. Vitoria, dócil súbdito de Carlos V, se apresuró a proponer unos alternativos y más racionales «justos títulos» que han sido, de hecho, más alabados que estudiados. El caso es que el más importante de todos era el derecho «a comunicar», que incluía el derecho de los españoles a recorrer cualquier territorio y a permanecer en él mientras no causasen daños a los lugareños y «estos [en aquel caso, los indígenas americanos] no pueden impedírselo». Recogía así lo que enseña el Deuteronomio: «No entregarás al esclavo que acuda a ti huyendo de su dueño. Se quedará contigo, entre los tuyos, en el lugar que él elija, en la ciudad que más le agrade y no lo molestarás» (Dt 23, 16-17). Pareciera que las potencias actuales, que en su día se valieron de ese precepto para asentarse en los cuatro puntos cardinales, ahora lo quisieran relegar al olvido. Es, sin embargo, un verdadero derecho de todos los seres humanos.  
Sin embargo, los que hoy exigen que la acogida signifique la metabolización del extranjero dentro de nuestra lógica del bienestar, en la lógica de la avaricia y del engaño, están desactivando la fuerza revolucionaria del acoger y amar al extranjero. De este modo, no es extraño que los enemigos de la acogida se justifiquen con los abusos que muchos inmigrantes cometen con los mecanismos que este capitalismo del bienestar pone a su disposición. No es infrecuente que inmigrantes hagan una ingeniería del subsidio. Eso no tiene nada que ver con el auxilio efectivo del extranjero, tiene que ver precisamente con la incapacidad de reconocer las verdaderas necesidades del otro y es fruto de la conversión del otro en un dato abstracto.
Dios no nos dice que cada uno de nosotros somos responsables del mundo entero. En sí, eso ya es una ideologización alejada de todo fundamento teológico. El samaritano no siente una obligación genérica hacia «todos» los apaleados, sino frente a aquel «su» apaleado. Él no «da un rodeo» para no ver, pero no finge «ver» a los maltrechos que yacen en todos los caminos del mundo, no elabora una teoría del apaleado.
Pongo un ejemplo crudo y provocativo. Don Lorenzo Milani nació en una familia florentina, burguesa y refinada. Convertido a los dieciocho años, se ordenó sacerdote en 1947 y sólo llegó a tener dos destinos pastorales, ambos en parroquias pobres. En la última de ellas, en Barbiana, vivió la misma vida ardua y menesterosa, sin luz eléctrica ni agua corriente, que sus escasos parroquianos. Se dedicó en cuerpo y alma a su cuidado religioso y a su promoción cultural, creando una escuela para aquellos muchachos que debían pasar largas jornadas trabajando en el campo. Fue conocido por su entrega sin cálculo y por su pugnacidad en la lucha por sacar adelante a sus «figlioli», por la radicalidad de sus denuncias contra los poderosos que cometían atropellos contra sus pobres. El día en que una de sus feligresas iba a casarse, Milani le invitaba a un radical programa de vida: «busca que los pobres te bendigan, no tanto con tus limosnas como viviendo más pobremente que ellos». Pero ese mismo Milani, ante la petición de que ampliara a las parroquias circundantes el trabajo que estaba haciendo con los pobres de la suya –trabajo en el que iba a consumar su vida con tan sólo 44 años– responde con una expresión brutal, pero llena de significado: «¿Te parece que yo debo ampliar el círculo de mi actividad? No, de verdad, lo que debo hacer es reducirlo… ¡Al diablo con esos chicos [de los que me hablas]! ¡Ya pensara su ángel de la guarda en cómo salvarlos!»
La parábola del buen samaritano, en la que el contexto es completamente el inverso (aquí es el extranjero es el que auxilia al nativo), ayuda a penetrar en la profundidad del significado de la que pudo ser la bendición de Sodoma y se convirtió en su permanente maldición. Supera la codicia de quienes ven peligrar su nivel de riqueza y de tranquilidad, pero también la de los que pretenden que una maquinaria social se haga cargo de las necesidades de todos. El samaritano lleva hasta las últimas consecuencias la lógica que está detrás del mandato de Yahvé de acoger al extranjero. Yahvé rompe los límites de la amistad en sentido griego –que sólo se da entre iguales, en cultura, en riquezas…– e introduce el amor de caridad hacia el otro, el diferente, el enemigo. El samaritano, como recuerda Illich, elige amar, hacerse amigo de uno inverosímil. Esa amistad de caridad, que exalta al otro sin exigirle previamente ser uno de los nuestros, sólo es posible en concreto: entre un hombre y otro hombre.
Ese es el fondo, o la cima de la bendición que revierte el pecado de Sodoma. El samaritano, el inmigrante acogido, enseña a acoger con libertad. Para que esa acogida sea posible hace falta que los pueblos recuerden el olvidado derecho de todos a transitar por todo el mundo -sin causar daño a los lugareños- y a asentarse donde prefieran. Pero la acogida está más allá del derecho y de la obligación jurídica. Es un descubrimiento en libertad.

El brigante

No hay comentarios: