miércoles, 22 de febrero de 2017

Orgullosa Sodoma



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La fe, reducida a sistema, provee de seguridades, eso sí, al precio de pasar por alto la realidad, dejarla a un lado. Incluso travestida en sistema, la fe, el dogma, conserva siempre la posibilidad de convertirse para cada uno en amistad con Jesús. En cualquier caso, la amistad con Jesús, la fe auténtica, tiene la virtud de conducirnos en una precariedad arriesgada que, sin embargo, se hace cargo de la realidad. Como el samaritano aquél se hizo cargo del hombre apaleado en medio del gran camino, sin poner su acción al servicio de ningún proyecto. Curiosamente, lo que hicieron el sacerdote y el levita, antes aún que no hacerse cargo, que no ser prójimos de aquel desgraciado, fue hacerlo invisible, negarlo, declarar que no existía: lo vieron y dieron un rodeo. Dar un rodeo equivale a esquivar la realidad, negarla para poder afirmar un proyecto, un sistema.


La tentación de transformar la fe en un sistema –en lo que Lallement llamó «la religión del hombre decente»– es perenne. Acompaña a la Iglesia en su historia y a cada cristiano en la suya. En lugar del riesgo de acoger, de mirar, de abrazar y de curar, nos proporciona la gratificante sensación de ser los que juzgamos, encontrando siempre defectuosa la realidad. Semejante ardid encierra –con la excusa de hacerlo por Dios– un ladino culto a la seguridad del hombre. Seguir abandonado a Cristo abandonado, según el programa de Jerónimo, conlleva para el cristiano una destitución radical, que repugna a nuestro afán de posesión.

Entre los ardides que nos vienen a la mente está el encerrar en fórmulas simples la realidad complejísima, no para comprenderla sino para triunfar sobre ella. No está de más recurrir a la ironía para desenmascarar esas fraudulentas seguridades. Nunca se sabe hasta dónde nos puede llevar la liberación de un disimulo.


Me fijaré en una añeja falsedad que, en su simplicidad, nos ha servido para neutralizar una vieja enseñanza divina, tergiversándola y poniéndola al servicio de nuestra propia sistematización de la religión.

En el capítulo 19 del Génesis encontramos la narración de cómo Yahvé destruyó Sodoma y Gomorra. Después de la emocionante negociación de Abraham con Yahvé, ambas ciudades y las aldeas circundantes fueron destruidas con azufre y fuego, a causa de la depravación de sus habitantes. Hasta aquí, todo es suficientemente conocido y reconocido. Pero, ¿cuál fue el terrible pecado por el que fueron castigados los sodomitas? En general, todos entendemos por «sodomía» la relación carnal entre dos varones. Esta palabra, que fue siempre un cultismo, nunca ha sido un término de uso popular, aunque es reconocida fácilmente por todos.  En el siglo XI, Pedro Damián escribió un famoso libelo «contra los gomorrianos», en el que fustigaba, entre otros, a los clérigos homosexuales. Luego, el término «sodomía» se afianzó en los tratados de luxuria, dentro de los manuales de teología moral y, progresivamente, fue naturalizándose su uso en ambientes cultos para nombrar los actos homosexuales.

Sin embargo, el significado de esta palabra encierra una tergiversación de grandes consecuencias, para los cristianos y para el mundo. Los levantiscos sodomitas (los históricos) eran un pueblo que dominaba un territorio fértil que era codiciado por los habitantes de regiones vecinas. La opulencia de los sodomitas les volvió soberbios y avarientos de sus riquezas y querían reprimir la inmigración de extranjeros, impidiendo que se asentaran en sus territorios, para evitar que pusieran en peligro su ventajoso nivel de vida. Lot, el sobrino de Abraham, se había instalado en Sodoma, pero los oriundos le seguían mirando como a un extranjero. Cuando los dos misteriosos visitantes llegaron a Sodoma y Lot les invitó a hospedarse en su casa, los sodomitas decidieron darles un escarmiento para enseñarles que no eran bienvenidos. En el contexto de la degeneración de aquellos ricos sodomitas, planearon vejar a los intrusos de un modo que a lo largo de la historia ha sido recurrente en relaciones de dominación: la violación carnal, mediante la que un varón convierte a otro en un mero objeto, en una cosa, en un no-hombre. Ese tipo de castigos no han sido infrecuentes entre amos que humillan a esclavos, entre piratas que festejan siniestramente sus fechorías con sus víctimas, en venganzas delictivas. Todavía hoy, entre muchos reclusos del mundo y otros grupos marginales planea el peligro de que un cabecilla quiera dejar claro su papel dominante mediante la violación física. No es necesario, ni entonces ni ahora, que quienes así se conduzcan sean homosexuales. Tan sólo hace falta que sean moralmente depravados.

Ese malentendido respecto del significado del crimen de Sodoma no está exento de malicia. En ningún momento, en la historia y en la memoria del pueblo de Israel, hubo la más mínima duda sobre cuál fue la falta de los sodomitas. En el libro del profeta Ezequiel (16, 46-50), Yahvé amonesta a Jerusalén:


"Tu hermana mayor es Samaría, que habita a tu izquierda con sus hijas. Tu hermana menor es Sodoma, que habita a tu derecha con sus hijas. No has sido parca en imitar su conducta y en cometer sus abominaciones; te has mostrado más corrompida que ellas en toda tu conducta.  Por mi vida, oráculo del Señor Yahvé, que tu hermana Sodoma y sus hijas no obraron como habéis obrado vosotras, tú y tus hijas. Éste fue el crimen de tu hermana Sodoma: orgullo, voracidad, indolencia de la dulce vida tuvieron ella y sus hijas; no socorrieron al pobre y al indigente, se enorgullecieron y cometieron abominaciones ante mí: por eso las hice desaparecer, como tú has visto". 


La propia Sagrada Escritura precisa, pues, la causa del castigo de Sodoma. La biblia declara que eran perversos, orgullosos, voraces y soberbios, que no socorrían a los pobres y que cometieron abominaciones ante el Señor. También declara que, en su perversidad, estaban dispuestos incluso a violar a los extranjeros, pero no nos dice, en medio de esa prolijidad con la que desgrana las acusaciones contra Sodoma, que efectivamente llegasen nunca a violar. Eso no puede excluirse, pero tampoco presumirse y, desde luego, no puede usarse para oscurecer la envergadura de los pecados que la Escritura sí que efectivamente declara contra ellos y que los hizo merecedores de la ira de Dios.

En el siglo I d.C. el judío Flavio Josefo, en sus Antigüedades judaicas, explica que


Los sodomitas, arrogantemente orgullosos de su número y de la magnitud de su riqueza, se mostraron insolentes con los hombres e impíos con Dios, al grado de que no recordaron los beneficios que habían recibido de él, odiaban a los extranjeros y se negaban a relacionarse con los demás. Indignado por esta conducta, Dios decidió castigar su arrogancia.


Por lo demás, la lectura in recto del pasaje del Génesis no dejaba lugar a dudas. Cuando Lot intenta evitar el ultraje de los extranjeros, la terrible violación de las leyes sagradas de la hospitalidad, los revoltosos sodomitas no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones. Le increpan: «¡A ti te trataremos peor que a ellos!» (Gn 19, 9). Es decir, no se trataba de un desahogo pasional, sino de un acto represivo, aleccionador, de rechazo del extranjero que se aventura en su tierra, en la tierra que les pertenece en exclusiva.

La raíz del pecado de los sodomitas es el olvido de que todo, absolutamente todo lo que tenemos, lo hemos recibido de Dios. Por eso se niegan arrogantemente a cumplir con la obligación sagrada de socorrer al pobre y de abrir las puertas de la ciudad al extranjero, pues la tierra nos fue dada para el bien de todos.

Este es el «horrendo y oculto veneno» de nuestro error: que con el retorcimiento del significado de la iniquidad de Sodoma hemos pretendido encubrir nuestra propia iniquidad, al tiempo que la hacíamos recaer sobre los homosexuales, que nada tienen que ver con esta historia.

Los sodomitas de hoy y de todo tiempo son –somos– los que ponemos entre paréntesis la profunda verdad que penetra la Escritura y que sintetiza san Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4, 7). Los dones espirituales los hemos recibido para el bien del conjunto, pero los materiales, además, los hemos recibido originariamente, en conjunto. La propiedad privada es medida por el bien común, no es una medida en sí misma. En última instancia, es medida por el bien común de todos los hombres. Tal es la enseñanza de Dios, por eso es doblemente indigno haber tranquilizado nuestras conciencias falseando la historia y endilgando el muerto a otros. Una operación aparentemente redonda, por la que nos absolvíamos de nuestra responsabilidad y nos revestíamos de una hipócrita dignidad piadosa automática: los sodomitas, los culpables, son otros, son ellos. Así podemos entrever de qué manera hemos tergiversado la moral cristiana y cómo hemos venido a reducirla, al menos en su aspecto más exigente –sub gravi–, a ciertos aspectos de costumbres privadas, dejando lo demás en vagas exhortaciones. Una operación en la que nos hemos alejado impresionantemente de lo que enseña Jesús.

Pero, como decía al comienzo, incluso encerrado en un sistema, no es posible desactivar del todo el dogma. Tiene la virtud de poder volver a poner a Jesús, al hombre que está presente, al vir qui adest, ante nuestros ojos. Entonces comienza la precaria aventura de levantarse una vez más, y caminar. Con imprevisibles consecuencias. Por ejemplo, recuperar la liberadora enseñanza divina sobre Sodoma.

Yahvé está indignado, también hoy, por nuestra sodomía: hoy, que bajo hipócritas sofismas se levantan muros –mentales, legales y materiales– para impedir que los extranjeros y los pobres circulen libremente por la tierra común, para impedir que puedan encontrar, en la tierra que Dios les ha dado, el sostén y una vida mejor. Dios sigue maldiciendo a los sodomitas, como siempre. Pero a los sodomitas de verdad. De un modo particular a los que encubren con invocaciones religiosas el orgullo, la voracidad, indolencia de la dulce vida y encuentran razones prudentísimas para no socorrer al pobre y al indigente.

El brigante

2 comentarios:

Favila dijo...

Encuentro muy acertada esa crítica a la sociedad que margina y acosa a los extranjeros pobres. Últimamente estoy escandalizado por la frecuencia con la que se dan estas actitudes en los católicos, impulsadas por cierta propaganda. Suponía que los católicos estábamos hechos de otra pasta. Pero al mismo tiempo me preocupa que la reinterpretación del episodio de Sodoma y Gomorra pueda utilizarse para restarle importancia al pecado nefando. ¿Habría forma de mantener la misma severidad en la condena sin aludir a ese pasaje bíblico?

Por otra parte, creo que entre el pecado contranatura y ese odio al extranjero (que podríamos caracterizar como heterofobia) hay más relación de la que parece a primera vista.

el brigante dijo...

Querido Favila:

Disculpa la tardanza. La moral, la vida humanizada, es una llamada para todos. De los homosexuales espero que haya ocasión de hablar. De momento, me parece muy importante deshacer la inconcebible confusión sobre el pecado de Sodoma *uno de los que claman venganza ante el rostro de Dios* según enseñan la Escritura y el catecismo. ¿Cómo es posible que hayamos consentido una interpretación tan falsa e interesada de esa injusticia? ¿Qué relevancia tiene para la vida social y para la vida religiosa recuperar la actualidad y verdadera dimensión de ese pecado? Todo eso me parece prioritario. Conversémoslo.
Perdona el atrevimiento, pero ¿podrías ponerme unas líneas en mi dirección de correo electrónico? El brigante gira todo en torno a la conspiración...
Un abrazo y un saludo