martes, 7 de febrero de 2017

La misericordia de Dios es doble


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Entre los personajes del drama de la Reforma protestante, Johann von Staupitz (1460-1524) desempeñó un papel muy significativo por su condición de híbrido, de impuro. Al menos, así resulta en lectura retrospectiva tanto desde el mundo protestante como desde el católico. Lutero, que reconocía sin ambages la deuda intelectual, afectiva[1] y espiritual[2] que tenía con su maestro y antiguo superior agustino, no sobrellevó con paciencia la negativa de von Staupitz a secundar su revuelta y no escatimó duros calificativos para aquél que, hasta el último momento, se mostraba orgulloso de la amistad con su antiguo discípulo y evocaba su intimidad con él que, como Jonatán para David, era «amabilis super amorem mulierum» (Vulg. 2 Sam. 1, 26)[3].

A pesar de que materialmente algunos de los temas de la teología luterana están presentes ya en Staupitz –lo cual incluye su condenación de la captivitas babylonica de la Iglesia–, estos no se erigen en factor de disolución sino de reforma de la Iglesia jerárquica y visible. En el terreno prudencial, Staupitz advertía, además, con claridad y alarma, «los dos problemas evidentes asociados con la rápida introducción de la liturgia reformada: conciencias aterrorizadas y libertad mal entendida». Ante la misma percepción de la situación de captivitas babylonica de la Iglesia, a diferencia de Lutero, Staupitz entendía que la reacción proporcionada era una crítica del papado, nunca su rechazo total. La posterior evolución de los acontecimientos y la rápida consolidación de la Reforma protestante influyeron poderosamente en la condena post-mortem de los escritos de Staupitz, pero conviene recordar que en vida era un teólogo influyente cuyas polémicas intervenciones eran seguidas desde Roma sin que fuera molestado por ellas. Es cierto que en diciembre de 1520 Erasmo ya habla de que el cardenal Matthäus Lang había recibido instrucciones de Roma para que forzara a Staupitz a retractarse, pero este se negó sin dificultad, puesto que las proposiciones que le pidieron rechazar no eran suyas, sino de Lutero. Accedió, eso sí, a renovar su sometimiento a la autoridad del Papa. En agosto de 1520, Staupitz había renunciado a su cargo de vicario general para Alemania de la orden de los ermitaños de san Agustín y había sido nombrado predicador catedralicio en Salzburgo. En 1522 recibió la dispensa papal que le permitió transferirse a la orden benedictina e inmediatamente fue elegido abad del monasterio de San Pedro, cargo que ocupaba cuando murió en la fiesta de los santos inocentes de 1524. Todo lo cual nos permite pensar que sus opiniones teológicas, expresadas y ampliamente difundidas en tiempos tan tumultuosos, no fueron consideradas heterodoxas por las autoridades romanas, ni por las jerarquías diocesanas, ni por las de ambas órdenes en las que profesó y en las que ocupó puestos de primera responsabilidad.
No es este lugar para adentrarse en los pliegues del pensamiento teológico de Staupitz, pero sí es oportuno recordar el papel principalísimo y personal que otorgó a la Misericordia Dei, una misericordia dual –duplex–, terrestre y celestial. Ya en sus famosos sermones de Tubinga, en 1498 explica que la primera tiene como objeto los bienes transitorios y materiales de esta vida; la segunda, el premio de la bienaventuranza eterna. Reflexiona, en torno al libro de Job, de cómo el cristiano, al igual que el patriarca pagano, aunque anhele la misericordia de las cosas temporales, debe apreciar sobre todo la misericordia celeste. Pues tal es la pedagogía de Dios: que a veces nos priva de los bienes corporales para asegurarnos y amaestrarnos en la espera de los goces del cielo. Hasta el final de su vida, Staupitz se mantendrá fiel a esa visión de la dúplice misericordia divina, brújula con la que discernir nuestra actitud ante los vaivenes de la vida. Diecinueve años antes de la performance luterana de las noventa y cinco tesis, Staupiz ve con claridad no ya el estado de postración de la Iglesia, sino también el modo en que el cristiano debe relacionarse con esa circunstancia: ni una obediencia que niegue la realidad (que pretenda que Dios no nos ha retirado un bien corporal precioso), ni una obcecación ante esa pérdida que nos impida apreciar la misericordia celestial, la segunda y más importante. «O Deus, quanta misericordia toleras, ut inimici tui iudices tuorum constituti sunt!», exclama. En esas predicaciones tubinguesas encontramos la clave de la comprensión de la misericordia divina como guía de conducta en tiempos difíciles:

Si la misericordia de Dios es tan inconmensurablemente grande que permite que la Iglesia esté completamente sometida al pecado, débil y perversa en todos sus más altos ministros, y si Dios permite que el diablo difunda su veneno en las más íntimas regiones de la Iglesia, entonces los auténticos creyentes también están obligados a soportarlo y aguantarlo predicando la palabra de Dios. De este modo en esta temprana obra del joven Staupitz –en sus observaciones sobre la misericordia Dei– encontramos los fundamentos de los principios que le permitirán, en la década de los años veinte del siglo XVI, ver con claridad el estado de la Iglesia y denominarlo según su comprensión –una cautividad babilónica– y sin embargo permanecer bajo la cautividad y soportarla con paciencia.

En 1521 Lutero acusó a Staupitz de que, con su obediencia al Papa, estaba condenando todo lo que él había enseñado sobre la misericordia Dei. «A lo que, incluso el joven Staupitz de los sermones de Tubinga, hubiera contestado con claridad: ‘¡No, no he condenado aquellas cosas, precisamente a causa de la misericordia Dei!’», explica Oberman.

[Tomado de José Antonio Ullate, Capitalismo, conflicto y lucha de clases como efectos de la doctrina prostestante, en M. Ayuso (ed.), Consecuencias político-jurídicas del protestantismo. Madrid: Marcial Pons, 2016].




[1] «When Luther addresses Staupitz in his last letter as pater and as praeceptor, it is no mere flourish of gallant courtesy» (Heiko A. Oberman, The Impact of the Reformation, p. 28).
[2] «The reformer repeated the same sentiment in his own mother tongue at the end of his life, on 27 march 1545 [… Staupitz] ‘was a the very beginning my father in this doctrine and gave birth to me in Christ’» (Heiko A. Oberman, op. cit., pp. 28-29).
[3] «In te constantissimus mihi amor est, etiam supra amorem mulierum, Semper infractus» (WA Br 3.268.8-9 –nr.726-. Cit. en Heiko A. Oberman, op. cit., p. 38).

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