miércoles, 15 de febrero de 2017

La conspiración de la amistad



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Este cuaderno virtual –sorprendentemente– tiene un puñado de receptores. Los indiscretos artefactos que contabilizan las visitas y los que informan del número de suscriptores, permiten sospecharlo, sin certeza, claro está. Lo cierto es que las escasas anotaciones de esta libreta alcanzan a un pequeño manojo de destinatarios. Ignoro cuántos de ellos se toman la molestia de leer lo que aquí anoto. De hecho, salvo una porción todavía mucho menor de amigos y de conocidos, lo ignoro todo acerca de quienes reciben los mensajes en esta botella a la deriva de la red. Es algo muy anómalo que está en la raíz misma del arte de la escritura. Lo escrito, una vez que se abandona a su suerte, se convierte en un objeto sin un fin preciso, autónomo. Pero la paradoja es que quien escribe esto quiere comunicar, pero sobre todo quiere comunicarse. Y eso, mediante un escrito, sólo se puede hacer de un modo necesariamente imperfecto, truncado, frustrante. Ese drama se vuelve hoy todavía más agudo, porque la evolución de la civilización nos ha llevado a un punto de un individualismo desconocido hasta ahora. 
No sé lo que harán los demás pero, cuando yo escribo, no lo hago para transmitir una idea pretendidamente ocurrente o genial, sino que tengo la contradictoria esperanza de encontrar lectores que se conviertan en amigos, que se incorporen a esa frágil trama fecunda que hace que la vida sea una preciosa exploración conjunta: gratificante, difícil, estimulante, colaborativa y con buen humor.
Cada día crece más aguda la percepción de que, sin saber cómo (sólo tenemos conjeturas más o menos verosímiles para explicarlo), hemos llegado a una situación en la que, en el orden político, en el económico, en el social, la gente se siente impotente para recuperar un modo de vida más humano. La sociedad del espectáculo, como la llamó Guy Debord, nos priva de los contextos naturales para la verdadera amistad y para la auténtica vida en sociedad. En lugar de ello se sirve del vértigo de posibilidades que ofrece la tecnología para rellenar la interioridad de la gente con cantidades ilimitadas de ocio voluptuoso, que anestesia la angustia que genera la falta de esa amistad operativa.
Tal es nuestra condición, y no vale la pena lamentarse de ello. Vivimos en un mundo en el que los no-lugares avanzan (como el desierto de Nietzsche), generando espacios de anonimato en los que es posible comprar cualquier objeto inútil e imprescindible, pero no es posible reconocerse en los que transitan a nuestro lado… buscando entretenimiento prefabricado o una oferta irresistible que nos sorprenda desde el escaparate de una tienda multinacional, réplica idéntica de otras cien mil tiendas ubicadas en otros tantos no-lugares que tachonan el globo. Pero en medio de esa antigeografía del placer solitario, sigue siendo posible, con más o menos dificultades –¿qué cuenta trae calcularlo?– buscar lugares favorables para la amistad, lugares hospitalarios y protectores, donde uno no sea juzgado y se permita el milagro de la amistad.
Decía Ivan Illich, con su admirable sapiencia, que “nunca se sabe lo que va a alimentar el espíritu de una amistad (philia), mientras que puedes estar seguro de lo que va a ahogarla. El espíritu surge por sorpresa y cuando resiste es un milagro. Cada vez que intentas asegurarlo, lo apagas; cuando intentas utilizarlo, lo corrompes”. No hay expertos en fabricar la amistad, hay oportunidades de encontrarse y gente que se permite asombrarse y seguir juntos, cuidándose mutuamente. Es lo que también Illich llamaba la conspiración de la amistad. Conspirar quiere decir, literalmente, respirar juntos, una manera gráfica de indicar que se comparte un mismo lugar y se trama. Una conspiración no para el mal, como lamentablemente ha venido a quedar reducida en su uso común, sino para la vida buena y pacífica.
El signo de la extraña evolución de nuestra civilización ha logrado que, en muchos casos, los buenos amigos estén físicamente lejos, incluso muy lejos de nosotros. Así me sucede. Nuestra civilidad no ha sido capaz de favorecer esos espacios en los que los amigos conviven en vecindad porque pueden construir sus vidas (y mantener a sus familias) en el mismo espacio, y al revés, tampoco ha fomentado que los que construyen sus vidas compartiendo vecindad con uno lleguen a convertirse, por milagro, en amigos.
Hay otra intuición illichiana que quiero compartir ahora con vosotros. La verdadera amistad tiene que tener hoy un carácter crítico respecto de las condiciones antihumanas del orden establecido, de lo contrario sería una forma más de escapismo y de cinismo. En un sentido plenamente clásico, toda auténtica amistad es una amistad política, que busca comprender y tener relevancia en la vida común. Pero esa amistad inteligente y operativa no es fruto principalmente de una puesta en común de ideas, sino que “sólo puede crecer en un medio de una intensa hospitalidad”. Una hospitalidad literal y no metafórica (que abra nuestras casas a la conspiración de la amistad, que “desneurotice” nuestros hogares para que dejen de ser guaridas almohadilladas para una vida de incomunicación); una hospitalidad que acoja, sin excluir la contribución de nadie, la comprensión de todos, para buscar entre todos una mayor claridad.
Así que, con todo el recato del mundo, ésa es la pretensión de este cuaderno de navegación. El brigante parte de la conspiración vivida con unos pocos amigos y lanza la provocación a quienes están buscando participar en esa caridad recíproca, intelectual y material, una caridad que es una donación mutua que hace más humano y más feliz este breve peregrinar por la vida. Todo ello, en esta extraña época, la única que nos ha sido dada.

El brigante

7 comentarios:

Miguel dijo...

Gracias, Amigo, por tus relatos que a tantos lectores nos donas. Siento que la donación no sea recíproca aunque la amistad y admiración que te profeso sirva para suplirlo.
Un abrazo fuerte,
Miguel Menéndez

Eleuterio Fernández Guzmán dijo...

Estimado Brigante

Aunque hace tiempo que no cruzamos un correo electrónico, cuéntame entre tus amigos.

Un abrazo.

el brigante dijo...

Como amigos os tengo, Miguel y Eleuterio. Lo sois. Gracias por conspirar conmigo. Las circunstancias son las que son, pero la donación mutua lo transforma todo.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Aquí, desde Buenos Aires, Argentina precisamente en el barrio de Colegiales estamos contigo, siempre brigante.
Un abrazo transoceánico,María Cristina.

NMB dijo...

José Antonio, no se nos ha dado elegir qué tiempos vivimos, pero sí que amistades cultivamos. Muy honrado por ello

Favila dijo...

Yo era asiduo lector de su blog hace años. Pero como cesó de actualizarlo, dejé de visitarlo y pensé que había finiquitado el proyecto, tal vez atraído por las redes sociales. Por casualidad, hace unas semanas vi con agrado que volvió a escribir, además sobre un tema que me parece muy necesario, y le dejé un par de comentarios, lamentando que en otros sitios le cuestionaran por intentar calmar las aguas revueltas.

Siempre es un placer leerle, porque escribe bien y porque suele llevar razón. Aunque en algún punto se discrepe de usted, escribe de una manera que transmite serenidad y buen juicio, cosas que en internet ya van siendo muy escasas. Lo que usted ha escrito sobre la masonería, por ejemplo, me parece de lo poco razonable que se ha escrito sobre el tema. Y las reflexiones que formula en esta entrada sobre la amistad y la tecnología son muy pertinentes. Es, pues, una excelente noticia que retome el blog. Y ojalá el Núcleo de la Lealtad --otro blog excelente-- se anime a publicar con mayor frecuencia. A ver si, dentro de la superficialidad que promueve internet como medio, entre varios formáis un pequeño bastión donde impere el buen juicio y podamos estrechar lazos los que nos oponemos a esos procesos disolventes.

el brigante dijo...

Os mando un fuerte abrazo. Con independencia de que esto siga adelante o no, aquí me tenéis. De momento voy a intentar seguir compartiendo propuestas y espero vuestra cooperación, vuestra conspiración. Uno solo no es nada.
Aúpa.