domingo, 17 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia


"Soy el ángel del Apocalipsis..."

Corría el año de 1380 cuando fray Vicente Ferrer, de la Orden de los predicadores, compuso su célebre tratado sobre el “moderno cisma de la Iglesia”. Apenas se cumplían entonces dos años del arranque del angustioso período conocido como “Gran Cisma de Occidente”, momento en que sucedió la doble elección papal, primero la de Urbano VI y, poco después, la de Clemente VII.
Desde el comienzo de la escisión eclesiástica el fraile valenciano había militado resueltamente en las filas “clementistas”. Estaba firmemente persuadido de que las amenazas, violencias y presiones a las que se había sometido a los electores durante el cónclave de abril de 1378 viciaban de nulidad, por coacción, cualquier resolución adoptada por aquella asamblea. «Romano lo volemo, o almanco italiano», ululaban las turbas tiberinas enfervorecidas a los electores del sucesor de Gregorio XI. Aquella nulidad la fueron proclamando, al principio paulatinamente, la práctica totalidad de los cardenales partícipes en la elección de Urbano, del que se fueron apartando en precipitado goteo. Parece, además, que el agitador e inductor de los cardenales arrepentidos no fue otro que un paisano mío, el obispo de Pamplona Martín de Zalba, que principió por, a la vista de todos, regalarle un estruendoso desplante a Urbano, antiguo cofrade suyo en Aviñón. El 8 de agosto, cuando se cumplían cuatro meses de la designación como papa de Bartolomé Prignano (Urbano), la mayoría del colegio cardenalicio, reunida en Anagni, hizo pública la declaración de nulidad de aquella elección y la consiguiente situación de sede vacante. El intrépido Zalba se encargó de notificar en persona aquella peliaguda resolución al propio Urbano (que al punto mandó apresarlo). El 20 de septiembre aquellos cardenales eligieron como sucesor de San Pedro a Clemente VII.