sábado, 12 de octubre de 2013

Menospreciar en exceso, no amar lo suficiente



El nombre es reciente, pero la cosa no. Me refiero a la “ideologización”. Una de sus manifestaciones es reducir verdades descomunales a esquemas rígidos y manejables que vuelven opaca la propia verdad. Es por eso que en las afirmaciones grandilocuentes conviene, antes que posicionarse –a favor o en contra– distinguir un ímpetu inicial y una plasmación del pensamiento. Muchas veces podremos salvar la intención, hasta identificarnos con ella, sin que por ello tengamos que sentirnos obligados a mantener discursos insostenibles. ¡Cuántos duelos y quebrantos nos hubiéramos ahorrado de haber tenido esa constatación más a mano!

En la historia cristiana aflora recurrentemente un esquema simplicísimo que pretende sintetizar la compleja relación entre lo creado y la gracia: el menosprecio del mundo, por contraposición al amor de Dios. El monje Bernardo de Morlaix se ganó fama con su poema “De contemptu mundi”, pero la idea es muy anterior, ni siquiera cristiana. Quizás más bien estoica, que los estoicos eran tipos muy dados a los esquemitas morales.



El fondo de verdad de ese esquema, que plantea una confrontación radical entre el amor a lo creado y el amor al creador (y que encuentra uno de sus ápices en De la imitación de Cristo, de Kempis o de quien fuere), es la verdad del desorden instaurado por el pecado original. Verdad magistralmente expuesta en las epístolas de San Pablo. Pero en San Pablo no se encuentra (salvo tergiversación o apresuramiento en el lector) esa simplificación: o amor a las criaturas o amor a Dios.
El caso es que no sólo el fondo de indudable verdad que late en ese esquema, sino el esquema mismo adquirió carta de ciudadanía entre los cristianos. Si no sirvió para hacerlos más santos, sí para acrecentar su mala conciencia por su insuficiente rechazo a los bienes del mundo (lo cual, por otra parte, impulsó grandemente las triquiñuelas de la casuística para legitimar lo que no podía ser santificado…)
La cosa no siempre fue así. El Dante, en su XVIIº canto del Purgatorio, pone en boca de Virgilio estos versos:

"Né creator né creatura mai",
cominciò el, "figliuol, fu sanza amore,
o naturale o d'animo; e tu 'l sai.

Lo naturale è sempre sanza errore,
ma l'altro puote errar per malo obietto
o per troppo o per poco di vigore.

Lo que, en prosa del román paladino, queda algo así como: “Ni el Creador ni la criatura –dijo él–, hijito mío, fueron jamás sin amor, ya sea natural o libre, y tú lo sabes. El natural es siempre sin error, pero el otro puede equivocarse porque su objeto sea malo, o por poner en él excesivo o insuficiente vigor”.
O sea, que el Dante, como Santo Tomás de Aquino y la mejor prudencia cristiana, rechaza un esquema de “todo el amor para Dios y nada para las criaturas” o sea, un esquema de puro “contemptus mundi” simplista. 
En su lugar el poeta recuerda que amar es siempre necesario para los hombres y que el amor de cada cosa hay que pesarlo con cuidado. Por eso podemos pecar, sí, por amar demasiado las cosas creadas, pero quizás olvidamos que no es infrecuente pecar por entregar a las cosas un amor de “poco vigore”: un amor insuficiente frente a lo que naturalmente requieren.
En resumen: la prudencia introduce la razón en todo nuestro obrar, en lugar del cálculo. 
Es más sencillo, claro está, reducir nuestra vida cristiana a ciertos esquemas (reglitas), aunque no seamos capaces de vivir conforme a ellos. Nos dan la sensación de “controlar” nuestra fe. Y amamos esas fórmulas porque nos dan seguridad, aunque no por ello nos identifiquen más con Jesucristo.
Pero las cosas creadas salieron de las manos del Padre también para ser amadas en sí mismas, con el amor debido. 
No más, pero tampoco menos. 

El brigante
 




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