lunes, 4 de marzo de 2013

La crisis y el ejemplo de San Vicente



Ahora, la enseñanza que entreveo en aquella penitencial aventura de Ferrer durante el Gran Cisma. La Iglesia hoy está afligida por tempestades diferentes, pero tremendas también. El rebaño que se ha resistido a la dispersión está desorientado. Yo también apuro mi ración de desconcierto. Es duro admitir que uno no llega siquiera a formarse una imagen completa de una realidad, que no alcanza a incluir toda la información relevante sobre la situación de la Iglesia dentro de un solo razonamiento sustancial. Que no sabemos qué está pasando. Bueno, eso no es verdad del todo. No sabemos lo que está pasando en cuanto al desciframiento del cúmulo de sucesos individualmente considerados, uno a uno. Alcanzamos, sí, a aplicar principios dogmáticos a fragmentos del problema –algunos, más despabilados, a muchos problemas– pero no a su conjunto. Tampoco, por lo mismo, somos capaces de formarnos una idea sintética, de dar con una clave, todavía en el orden de las causas segundas, que explique el porqué de este escenario. Pero no son ésas las únicas verdades disponibles, ni la verdad más alta, sobre este asunto. Nuestra fe no es saldo en almoneda o, por decirlo a la moda, no es “falsable”. La fe tiene sus preámbulos razonables y tiene sus razonadas defensas púgiles. Es lo debido y es imprescindible. Pero el corazón de la fe se escurre de esos ruedos: es merced del cielo, es pacífica posesión de una verdad de la que no somos caporales y a la que no podemos acostumbrarnos. ¡Sabiduría de Péguy que alertaba contra las “almas acostumbradas”!
Si en medio de esta tiniebla no pierdo la fe, no sólo debo dar gracias al cielo por ello: debo vivir de la fe. Por chocante que resulte, la presente crisis de la Iglesia no es, en sí misma, un mal moral (diremos que en sentido absoluto es un bien moral). La miríada de dramas morales que en ella compadecemos y que nos estragan a nosotros mismos no eclipsan esa luminosa verdad originaria. El Espíritu Santo gobierna hoy su Iglesia con la misma inmediatez, con igual poder, con idéntico celo que en Pentecostés o en el concilio de Trento. Eso nos permite decir, con los santos: “¡Bendito sea Dios!”, también por la crisis: algo que no podemos decir ante un mal moral. Ciertamente se trata de una prueba muy particular. No es un cataclismo natural: nuestra fe y nuestra esperanza –también nuestra caridad, he ahí un intríngulis del asunto– se ponen a prueba de un modo singular y extremo. Así lo ha querido Dios para nosotros y a eso nada tenemos que añadir.
De manera que la crisis es enorme, pero no más grande que la fe. La prueba se nos hace ineludible, imponente, viendo las enseñanzas eclesiales de los últimos cincuenta años. En apariencia, al menos, no se compadecen con el magisterio vetusto, lo que siembra la confusión. Sin anticipar juicios explicativos y ciñéndonos a cómo han sido recibidas estas enseñanzas, diremos que para la mayoría de los cristianos (ut in pluribus) la Iglesia hoy no enseña la misma doctrina en cuanto a su identidad con la Iglesia de Cristo, al ecumenismo o la libertad religiosa. Reconciliaciones hermenéuticas aparte (no es mi empeño), haría falta estar muy ciego para no advertir que basta con sostener en público la vieja doctrina de que la Iglesia católica es la Iglesia que Cristo fundó, que el único ecumenismo es el de retorno a la sola arca de salvación, “la católica”, o que no existe ningún derecho natural civil a propagar el mormonismo para palpar la profunda discordia que anida en el pueblo cristiano. Existe otra serie de alteraciones en materia disciplinar y litúrgica que han contribuido a conformar una mentalidad popularizada que sistemáticamente y en cualquier terreno distingue: “eso era antes, ahora ya no es así”. Y dejo aparte –por ser consecuencia y no causa– la proliferación de heterodoxias mutantes, al amparo de esa mentalidad popular fluida y fluyente que asume el cambio como parte del dinamismo de su fe. Pero ahí quedan también, para testimoniar a su modo el delicado trance de este momento de la Iglesia.
La inmensa muchedumbre que ha cedido a una fe “líquida” y mundanizante no advierte que exista esta crisis. Para ellos existe otra, según se la imaginan: el riesgo “involucionista”, la amenaza de volver su fe “sólida” y pre-conciliar. Lamentablemente, en el sentido más helénico de la palabra y sin ánimo despectivo, son ya “idiotas” desconectados de la lógica sobrenatural y de la razón natural.
En cambio, otros espíritus –cuajadamente cristianos: muchos excelentes y todos preocupados por la salvaguarda de la fe– tienen la tentación de pensar que la prueba es excesiva. De ahí que, más o menos conscientemente, la quieran conjurar, exorcizar o abolir “explicándola”. Y de ahí que vean razonable exigir la adhesión a su “explicación” para resguardar la identidad de la fe y las promesas de Jesucristo. En esta categoría destacan dos polos: los que afirman que la constitución divina de la Iglesia impide absolutamente que tal situación se dé (los cuales se ven obligados a imputar la defección y la desmoralización epidémica de los cristianos a la apostasía de teólogos y de jerarquías inferiores, erigiendo un preservador “cordón sanitario” en torno a las enseñanzas y decisiones disciplinares de los romanos pontífices que, a priori son siempre magníficas) y los que afirman, en una gama amplísima (con un pequeño sector que hace observaciones muy lúcidas y valiosas junto con una amplia mayoría que incurre en confusiones teológicas lamentables, cuando no demenciales) que los papas del postconcilio no son papas. Ambas tipologías coinciden en una cosa: un “no puede ser” preventivo ante el alcance de la crisis. Ésta no se niega radicalmente, pero se la reconduce a derroteros más digeribles según la disposición de cada cual [Sé que las tres frases precedentes requerirían de un entero volumen dedicado a desgranar, matizar y diferenciar, así como a estudiar la multitud de posiciones intermedias. Sin embargo, lo que aquí quiero señalar requiere ir a uña de caballo, para no perdernos en tan enmarañado busilis].
Hoy, como en tiempos del Gran Cisma es una tentación querer ante todo ofrecer una explicación que quite la espoleta, que haga más soportable la prueba de la crisis reduciéndola a dimensiones “controlables” teológicamente. Si la explicación fuera tan simple, si estuviera tan al alcance de todos, la crisis en realidad sería un enorme malentendido, un atoramiento de las inteligencias (lo cual forma parte innegable de nuestro apuro, mas no da razón del fondo de la cuestión). Pero en aquella gran escisión de entonces igual que sucede hoy, los nobles espíritus que se impacientaron por ofrecer explicaciones incurrieron –me parece– en un exceso de celo contraproducente (Santa Catalina no tributaba menores ni menos truculentas lindezas a los clementistas que las que el joven Ferrer dedicaba a los urbanistas. Dos santos, todo hay que decirlo, inteligentes y carismáticos hasta la ebriedad, privilegiados de los dones místicos como pocos…).
He aquí que, ciñéndome a las dos posiciones hoy extremas (discúlpenme las etiquetas que me disgustan y que uso sólo por abreviar), tanto las explicaciones “oficialistas”, como las “sedevacantistas” (ambas en sus versiones más razonables) incurren en el fenómeno psicológico llamado “disonancia cognitiva”. Es decir, al advertir que sus explicaciones no dan razón de “todos” los aspectos del problema, inconscientemente eclipsan, cancelan en su mente la insuficiencia de la propia explicación. Con este expediente dan por implícitamente resuelta la carencia de su sistema explicativo. Lo más curioso es que en estos casos las disonancias son estrictamente complementarias, recíprocamente especulares: los católicos que afirman que en los últimos decenios nada ha variado en cuanto al modo de ejercerse las prerrogativas de los pontífices vienen a dar por resueltas implícitamente todas las contradicciones doctrinales del magisterio reciente, sin sentirse en la necesidad de explanar esa identidad y esa continuidad. Los católicos que, apoyados en las contradicciones del magisterio actual, afirman que los papas postconciliares no son tales, afectan desconocer las contradictorias consecuencias que conlleva un diagnóstico semejante, cuando se lo prolonga durante más de cincuenta años, en lo tocante a la apostolicidad de la Iglesia y a su misma subsistencia como sociedad visible. O sea, que lo que remedian unos los otros lo dejan a la intemperie y exactamente al contrario. Partiendo de principios dogmáticos semejantes (quiero pensar que idénticos en los mejores casos) se llega a una nueva versión del “mors tua vita mea”, con lo que el litigio resulta una réplica del vivido con las sanguíneas conjeturas y drásticas condenas mutuas de un San Vicente Ferrer juvenil contra las de una Santa Catalina de Siena. Adviértase que la “disonancia cognitiva” es propiamente un amotinamiento moral que tiene un reflejo psicológico e intelectual. Es decir, no prejuzga de la lucidez, de la brillantez (y en este caso de la santidad o de la competencia teológica) de las inteligencias que lo sufren. Es un desfondamiento, una extenuación precoz ante la prueba, tal como la manda Dios mismo.
Con lo hasta aquí esbozado y dada la reciprocidad complementaria de estas argumentaciones poco me costaría decir que, si no fuera por la fuerza de los argumentos razonables de los “oficialistas”, yo sería un “sedevacantista” confeso, o también que de no ser por la fuerza de los argumentos cuerdos de los “sedevacantistas”, me consideraría un “oficialista” feliz. Pero como en anteriores tumbos de mi rebusca ya recalé en ambos puertos (o en otros parecidos), no tengo la menor prisa por disimular antinomias que no puedo resolver.
Hay, además, otro factor muy importante que empareja estas respuestas aparentemente irreconciliables. Si ante la ordalía con la que Dios nos examina exigimos no ya la teologal adhesión de la fe, sino la conformidad con una determinada explicación, el resultado casi inevitable es la condena desmesurada y brutal (el adjetivo “cismático” se regala con una prodigalidad estremecedora, en abierta contradicción con las exigencias canónicas) para quienes no suscriban nuestra interpretación. Nada más natural –aparentemente– pues, ¿qué puede haber más dispar que alguien que exija la incondicional sumisión a un papa y alguien que niegue que lo haya? La consecuencia siguiente es el radical extrañamiento moral y afectivo que se profesan mutuamente quienes comprenden la crisis de modos incompatibles. Aunque hipotéticamente se concedan los unos a los otros lo más elemental (la profesión de la fe), de facto y sin razón proporcionada se quiebra la unidad práctica, cordial y efectiva de la Iglesia.“Y viendo Jesús los pensamientos de sus corazones, les dijo: Todo reino que está en sí mismo dividido será arrasado” (Lc 11, 17, “desolabitur”). Hablando en términos morales (y no jurídico-canónicos), subrayo un germen, una tendencia cismática en quienes se retiran del comercio amistoso con los hermanos que, profesando la misma fe, no alcanzan a concordar en una misma explicación de este drama. O, como es mi caso, no sostienen ninguna explicación más allá de constatar el oscurecimiento y la humillación misteriosamente queridos por Dios para la purificación de su Iglesia y cuyo significado se reserva Él en su intimidad. Ese germen de división lo advierto en todas las elucidaciones pretendidamente sistemáticas de la crisis de la Iglesia. Falla que también parece caer de pleno dentro de la compartida “disonancia cognitiva”que alcanza por igual a unos y a otros. Raramente esas “hermenéuticas” rivales se plasman en una leal, sincera y eficaz preocupación de amistad cristiana con “los otros”.
Se equivocará quien –desde cualquiera de las esquinas de la palestra– interprete mi alegato como versión de un irenismo lánguido a lo von Hügel o lord Acton, como propuesta de un amor sentimental y voluntarista a modo de bálsamo de discordias doctrinales. Que cada cual piense lo que quiera, pero afirmo que ni estoy cansado de bregar, ni de pelear, ni se me han reblandecido las meninges (todavía), ni sobre mi fe se cierne duda alguna, ni entretengo la sospecha de que no exista una verdad objetiva sobre esta crisis. Esa verdad objetiva existe y todos, cuando se haga manifiesta, habremos de plegarnos ante ella sin reserva alguna. Tampoco niego que el esfuerzo teológico pueda ser la vía por la que Dios nos permita avanzar en la comprensión de su voluntad en esta coyuntura. Así que no disuado del uso de la inteligencia, al contrario. Lo que digo es algo mucho más elemental: usemos la inteligencia y combatámonos nuestras ideas, pero no podemos permitirnos posponer nuestra respuesta a Dios y a los hermanos para cuando consideremos que esa claridad es universalmente reconocida. Hace falta dar una respuesta ahora. Como ha hecho falta en cada instante de esta larga crisis. Tenemos un depósito de enseñanzas dogmáticas indudables (entre las que también se cuenta la apostolicidad de la Iglesia y su perdurabilidad visible) y tenemos un ejercicio anómalo de la autoridad de la Iglesia (no su ausencia, aunque cuando escribo esto estemos, de facto, en “sede vacante”). Y, por favor, que quede claro: no estoy proponiendo una "super explicación" mejor que las demás, no.
En eso consiste, precisamente, el fondo más amargo de esta prueba que –a nadie le quepa sombra de duda– es fruto de la caridad y de la misericordia de Dios: en que, después de haber descuidado durante siglos la formación de la virtud de la prudencia en el pueblo de Dios, cada cual ahora ha de esforzarse por dar una respuesta prudente a esta descomunal realidad, sin que para ello tengamos a disposición “la mano segura de otras veces” de los teólogos. ¡Cuántas reflexiones y cuantas peleas nos debemos todavía en este terreno (y aquí, obviamente quedan pendientes)! Y ojo: la verdad práctica que alcanza la prudencia en algunos casos puede disociarse de la verdad especulativa. Se puede acertar prácticamente errando especulativamente.
Y voy concluyendo. A los que piensan que todo se cumple con asentir siempre a lo enseñando por estos papas recientes les diré cordialmente que ya me dirán cómo se hace eso cuando toca asentir a proposiciones contrapuestas. A los que me dicen que no hay Papa ni obispos legítimos les diré tranquilamente que no veo cómo se pueda sostener que ha desaparecido la jerarquía de la Iglesia y seguir creyendo en las promesas de Cristo. Y a entrambos les contaré lo que creo respondería el San Vicente veterano: “Es muy difícil, ¡qué demonios!, es muy difícil saber qué está pasando con la Iglesia. Hay dos cosas que no haré: ni negar los problemas ni dudar de mi fe. Y mientras tanto haced el favor de ayudarme a no excusarme en esta oscuridad para entibiarme ante Cristo y mis hermanos. Facilitadme la caridad”.
El juicio prudente es difícil y más cuando se hace en medio de la refriega; requiere rectificación constante y sin perder de vista nunca la Polar. Niego que sea posible la artificial claridad que reivindican “conservadores”, “sedevacantistas” y adalides de “jurisdicciones suplidas” (de nuevo perdón por la jerga) y confieso que me extraña la fijeza de algunos en posiciones sobre las que el paso y el peso del tiempo y las batallas parecen no hacer mella. Pero en relación a ellos me limito a señalar errores doctrinales si los detecto, porque con ellos que no podemos fundir aleación ninguna ni componer nada. En el orden práctico, intento presumir que no hay pertinacia en nadie, me protejo de su “caridad” hacia mí y cultivo las amistades que me lo permiten, en sodalicio de oración mutua.
Pero los pliegues más menudos de esas cosas que he vivido y aprendido en esta aventura (trompicando como cojo por vericueto) y que cargo en mi mochila son como la canción del marinero de Arnaldos. No se las canto “más que a quien conmigo va”.

J.A.U.



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