domingo, 17 de marzo de 2013

Lo que escandaliza al discípulo al ladrón le hace encontrar la fe


Donde el ladrón encontró la fe, allí la perdió el discípulo

“Hagamos memoria de la fe del ladrón, fe que Cristo no encontró en sus discípulos después de la resurrección”, comenta San Agustín.

El escenario es catastrófico: “Colgaba Cristo de la cruz y colgaba también el ladrón”. No es precisamente lo que llamaríamos el mejor “preámbulo de la fe”, no es el ejemplo de una pedagogía fácil que predisponga dulcemente nuestra razón y nuestros sentidos a la aceptación del don de la fe. No es el tránsito imperceptible por el que de la delicada bondad natural que arropa y se recibe en una familia cristiana se pasa a la regeneración de la fe. En el último momento antes de su muerte, Jesús nos enseña el límite de nuestros razonamientos apologéticos, corrige divinamente nuestras rarefactas previsiones maquinales para producir la fe; nos recuerda la ambivalencia de un entorno favorable para el encuentro y el don de la fe, y nos trae la memoria que la fe es, siempre, un milagro. Y no más milagro en el madero que en la cuna de un cristiano viejo.

lunes, 4 de marzo de 2013

La crisis y el ejemplo de San Vicente



Ahora, la enseñanza que entreveo en aquella penitencial aventura de Ferrer durante el Gran Cisma. La Iglesia hoy está afligida por tempestades diferentes, pero tremendas también. El rebaño que se ha resistido a la dispersión está desorientado. Yo también apuro mi ración de desconcierto. Es duro admitir que uno no llega siquiera a formarse una imagen completa de una realidad, que no alcanza a incluir toda la información relevante sobre la situación de la Iglesia dentro de un solo razonamiento sustancial. Que no sabemos qué está pasando. Bueno, eso no es verdad del todo. No sabemos lo que está pasando en cuanto al desciframiento del cúmulo de sucesos individualmente considerados, uno a uno. Alcanzamos, sí, a aplicar principios dogmáticos a fragmentos del problema –algunos, más despabilados, a muchos problemas– pero no a su conjunto. Tampoco, por lo mismo, somos capaces de formarnos una idea sintética, de dar con una clave, todavía en el orden de las causas segundas, que explique el porqué de este escenario. Pero no son ésas las únicas verdades disponibles, ni la verdad más alta, sobre este asunto. Nuestra fe no es saldo en almoneda o, por decirlo a la moda, no es “falsable”. La fe tiene sus preámbulos razonables y tiene sus razonadas defensas púgiles. Es lo debido y es imprescindible. Pero el corazón de la fe se escurre de esos ruedos: es merced del cielo, es pacífica posesión de una verdad de la que no somos caporales y a la que no podemos acostumbrarnos. ¡Sabiduría de Péguy que alertaba contra las “almas acostumbradas”!