martes, 5 de febrero de 2013

Si lo sostengo demasiado, ya no es libre y si no lo sostengo lo suficiente, se cae




La preservación, la profilaxis o la protección no son el criterio decisivo de la educación. En tiempos tan revueltos como los nuestros, junto a la tentación masiva y borreguil de dejarse llevar por la corriente, coexiste la tentación selecta: la de educar a la contra y en el apartamiento de la realidad social. Durante mucho tiempo yo he caído en esa segunda tentación. Es el error de querer, ante todo, preservar a los niños del contagio del mundo, de su mentalidad, de sus depravaciones. Con esto no justifico en absoluto a los que repiten la torpe cantilena de la reconvención fácil y gregaria: “No es sensato oponerse a los tiempos”, “no es posible conservar en una campana de cristal a los niños”, palinodia falsa e irritante que no nace de un juicio racional, del amor a la verdad, sino de la constatación de la derrota, de la pereza, del miedo y la desesperanza. Pero lo infundado de esa objeción no legitima el error inverso, el del que espera de una segregación de la polvorienta realidad más de lo que esa abstención puede dar.
Es cierto que a los niños no hay que mantenerlos encerrados, ni evitarles a cualquier precio el contacto con los gérmenes del mundo. Pero ello por una razón positiva, por una verdad y no por un miedo o por una cobardía. Además, también es cierto que entre los deberes del educador está la vigilancia proporcionada contra los enemigos de la maduración de la personalidad. Dos verdades que hay que conjugar en el caso concreto, sin eludir ninguna.
Como en toda dinámica humana, el aprendizaje moral e intelectual tiene como objeto el amor del bien y de la verdad, lo que conlleva el rechazo del mal y del error. El espejismo es pensar que la mera remoción de ciertas ocasiones del mal produce el crecimiento en el amor a la verdad y al bien. 

Lo primordial y más difícil en la educación es estimular y rectificar el deseo de aprender, hasta convertirlo en genuino amor por la verdad y por el bien. Para lograrlo, ciertamente, vigilamos que las inclinaciones morales, estéticas e intelectuales del educando no se estraguen por el contacto con ambientes viciosos. Pero esa evitación no puede significar radical abstención, puesto que toda facultad o inclinación humana, separada del medio en que debe ejercerse, se anquilosa y marchita. Un desarraigo radical del ambiente social conlleva no adquirir las virtudes sociales, imprescindibles no sólo para la inserción y participación activa del sujeto en la vida común, sino hasta para la mera dirección de sí mismo. Un precio demasiado alto.



Ése es el óbice intelectual y práctico que, tras una entusiasta adhesión inicial me retrajo del llamado “home-schooling” o instrucción en el hogar. De eso hablaremos otro día.
No existe un método que nos ahorre la adaptación a las cambiantes circunstancias, ni fórmulas que hagan superflua la aplicación de los principios a cada caso concreto. Es la virtud de la prudencia la que nos guiará –virtud intelectual y no mera aprensión o cautela– en la toma de decisiones que, seguramente, habrá que ir modificando sobre la marcha, en función de su resultado. Este asunto siempre me trae a la memoria las enternecedoras e inteligentes palabras de Péguy (El misterio de los santos inocentes. Ed. Encuentro):

Como un padre que enseña a nadar a su hijo
en la corriente del río
y que esta dividido entre dos sentimientos.
Pues por una parte si le sostiene siempre y si le sostiene demasiado
el niño se confiará y nunca aprenderá a nadar.
Pero por otra, si no le sostiene en el momento justo
ese niño beberá un mal trago.
Así yo, cuando les enseño a nadar en sus pruebas
también estoy dividido entre esos dos sentimientos.
Pues si los sostengo siempre y si los sostengo demasiado
nunca sabrán nadar ellos solos.
Pero si no los sostengo en el momento justo
esos pobres hijos quizás beban un mal trago.
En eso esta la dificultad, que no es pequeña.
Y esa es la duplicidad incluso la doble cara del problema.
Por una parte es preciso que consigan la salvación por si solos. Es la regla.
Y regla formal.
De otro modo no sería interesante. No serían hombres.
Además quiero que sean viriles, que sean hombres y que ganen ellos mismos
sus espuelas de caballeros.
Por otra parte, no deben dar un mal trago
tras sumergirse en la ingratitud del pecado.
Tal es el misterio de la libertad del hombre dice Dios,
y de mi gobierno de él y de su libertad.
Si lo sostengo demasiado, ya no es libre
y si no lo sostengo lo suficiente, se cae.
Si lo sostengo demasiado, expongo su libertad,
si no lo sostengo lo suficiente, expongo su salvación:
Dos bienes desde cierto punto de vista casi igualmente preciosos.
Pues esa salvación tiene un precio infinito.
Pero qué seria una salvación que no fuese libre.

El brigante
(el artículo tendrá, D.m., una segunda parte en breve)

2 comentarios:

Alphonse Marquis de Montauran dijo...

¡Qué gran poeta fue Charles Péguy! El primero de los defensores de Dreyfus, antes que Jaurés y mucho antes que Zola, el único del que el vulgo se acuerda.
Como le dijo a Maurras, "para un pueblo como para un individuo, vale más arriesgar la vida temporal que la eterna".
Sin duda la diatriba que presentas constituye la principal preocupación de los padres, al menos la mía.
Pero... ¿no estamos nosotros mismos en el mundo, rodeados de maldad y podredumbre moral?
Entonces el mejor apoyo para enseñar a los hijos a nadar evitando que se ahoguen no es otro que nuestro ejemplo.
Si nos ven enfrentarnos al mal con la firmeza de nuestras convicciones, dispuestos a asumir las consecuencias que el mundo guarda para aquellos que osan defender la verdad y enfrentarse a sus engaños, les daremos la mejor educación posible.

el brigante dijo...

+Gracias, señor marqués. Yo soy un dreyfusard que detesta a Dreyfus. Pero algún día recuperaré también a Drumont. Me empieza a pasar como al Bernanos postrero, que veneraba a Péguy y a Drumont, lo cual sólo es incompatible en apariencia...
En cuanto a lo que dice, estoy muy de acuerdo, cómo no. Pero permítame -lo dejamos para el siguiente tranco de este artículo- que llevemos la cosa un poco más allá del sólo ejemplo.
[Qué calamidad la mía: español hasta las corvas y poco incliado a entablar afectos con galos, la Providencia me ha nutrido mediante maestros gabachos, amigos -como los mencionados- gabachos. Para humillación de mis muchos pecados. Pero qué le vamos a hacer, magis amica veritas. Así que en la próxima entrega citaremos a otro clérigo francés, al P. Tonneau]
Abrazos,