lunes, 18 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia (II)


"Timete Deum et date illi honorem..."


San Vicente murió el 5 de abril de 1419, un año y cinco meses después de la elección de Martín V. Es probable que el santo llegase a reconocer como tal al papa de la unidad recuperada. Si lo hizo no me consta cuándo. En todo caso, en esos meses finales prosiguió la misma línea de conducta de sus años últimos: parece que evitó hacer del asunto objeto de su predicación.
De la trepidante vida de San Vicente Ferrer me interesa ahora extraer una enseñanza. Entre el fogoso religioso treintañero y el desgastado y sereno fraile sesentón media un cambio de actitud radical en cuanto al problema de la autoridad. Sin embargo no parece que sufriera una evolución reseñable en cuanto a sus posicionamientos doctrinales. Es decir: la doctrina es la misma e inalterable en el santo joven y en el anciano. ¿Dónde está el cambio? A mi modo de ver el dominico, cribado por la dura experiencia, ha profundizado en su sabiduría y en su prudencia hasta advertir la importancia de factores contingentes que antes infravaloraba. Las cosas que él exponía en su tratado del cisma eran, prácticamente todas y desde luego las más importantes de ellas, verdaderas. Pero no eran todas las que estaban en juego, por lo cual, de premisas verdaderas (pero no completas) podía concluir una falsedad.

¿Qué era lo que el santo no advirtió en su ardor juvenil y que poseyó en su madurez y senectud? Con Shakespeare diríamos “Horacio, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que imagina tu cabeza” (Hamlet 1, escena 5, freely). San Vicente había quedado rápidamente convencido de la legitimidad de la pretensión de Clemente VII. No es de extrañar, pues todavía hoy, a pesar de obsequiosos historiadores que desdeñan al que piensan “perdedor” en aquella querella, los argumentos del santo y los hechos que conocemos en torno a la elección de Urbano VI son inquietantes y nada despreciables. Concedamos también que esos argumentos son objetables, pero nos lo parecen más hoy que lo que podían parecerlo entonces. Eso, sin embargo, es irrelevante ahora. El asunto es que el santo quedó moralmente convencido de que el único papa legítimo era Clemente. Lo único que ese convencimiento significó fue la plasmación de una premisa menor para un silogismo de acero: “Ticio o Cayo es el papa”. La mayor era y es indiscutida: “Todo católico debe reconocer y someterse al papa”. La conclusión se erguía, incontenible como un alazán desbocado, con desafiante arrogancia: “Quien rechace el papado de Clemente o aun dude de él, está excomulgado”. Tratándose de un acto necesario para la pertenencia a la Iglesia y resultando posible conocer el dictamen de la Iglesia (según le parecía al santo: ahí se equivocaba, ahí se precipitaba), existía la obligación gravísima de acertar en la determinación. No cabía excusa ninguna para suspender el juicio alegando cortedad de luces. Dos o tres decenios más tarde, el mismo santo, con la misma fe y la misma doctrina, pero con una pesada mochila de periculis [1] a cuestas y con un grado excesivo de los dones del Espíritu Santo, sobre el mismo asunto, que amargaba en la boca de todos y penitenciaba las almas de todos, guardaba religioso silencio. Y si en alguna ocasión llegaba a quebrarlo era para comprender, sin chalanear: ¡qué difícil resulta discernir quién, de estos tres, sea el verdadero papa! Para a renglón seguido continuar predicando del Cielo, de la misericordia y del juicio de Dios, de la conversión… ¡Eso no puede pararse!
San Vicente Ferrer de joven, San Vicente Ferrer de viejo. Ya decían Aristóteles y Santo Tomás que la prudencia es patrimonio de los canosos. Pero detengámonos todavía un poco: no se puede dudar de que la verdad especulativa sobre la crisis del gran cisma tenía que ser una verdad objetiva. Uséase: o bien los papas de Roma eran los legítimos, o lo eran los de Aviñón-Peñíscola, quizás los de Pisa o, por último, ninguno de todos ellos lo fue (posibilidad ésta última que San Vicente rechazaba absolutamente). Pero más de un papa a la vez, no. Cualquier alma noble se indigna ante la misma insinuación de un cambalache, de un trapicheo, como salida de semejante brete. Pero –como también a muchos, muchísimos, nos ha ocurrido hoy dentro de nuestra peculiar y distinta crisis de autoridad– al santo todavía joven se le antojaba que prestaba un servicio a Dios si afirmaba una sentencia especulativa e intangible sobre la crisis hasta convertirla, tal cual, en verdad moral. En vía de salida para aquel atolladero. Aquel celo, por paradójico que parezca, pudo contribuir a agravar todavía más el morbo que con toda su alma deseaba remediar. Porque la verdad sobre la crisis es siempre, sí, la que es, es objetiva, pero una y simple no lo es más que para Dios. Si esa verdad hubiera sido objeto anticipado por la Revelación no tendríamos más que asentir a ella. Pero lo que sí constituía el objeto de la Revelación y su explicitación magisterial –el dogma y la moral–  ya era compartido por todos los protagonistan, de un lado o de otro, de aquel gran cisma. Dentro del esquema exageradamente especulativo del joven Ferrer se volvía tan necesario dirimir la premisa menor –fáctica– como profesar con fe católica la premisa mayor junto con todo el depósito de la Revelación. Ése es el error.
En circunstancias normales la noticia suficiente de haberse observado los procedimientos de elección pontificia, pero más frecuentemente todavía de la recepción universal por parte de la Iglesia de un nuevo Papa constituye lo que se ha llamado “hecho dogmático”. Pero incluso con ese grave refrendo esa información no pierde su condición de verdad contingente.
El breve relato de lo sucedido en el origen del cisma da una pálida idea de lo confuso que resultó todo aquel drama, de la oscuridad radical que lo envolvía todo. La tentación era querer demostrar demasiado, querer resolver la crisis de forma exclusivamente especulativa y preventiva, por lo que inevitablemente se incurría en una radical inadecuación al tratar un aprieto práctico con criterios de la verdad intelectual (las verdades de fe, como se ha indicado, no eran cuestionadas entonces por ningún contendiente).
La vía de resolución del cisma no podía ser aquélla. De hecho, el Vicente Ferrer anciano no ha modificado un ápice su fe ni su doctrina moral, pero ha comprendido la impenetrabilidad especulativa que ofrecía la pugna entre los diferentes papas (algo sobre lo que, a fecha de hoy nada hay definitivo, salvo que se tome la nomenclatura de los papas como objeto secundario del magisterio infalible, cosa poco razonable).
Había que detenerse y serenamente recomenzar por hacerse las preguntas adecuadas. ¿Qué era lo que demandaba Dios a aquella generación (en cuanto tal, no a tal o cual individuo)? ¿Acertar con la opinión probable respecto al papa legítimo (un discernimiento ante todo intelectual)? ¿O bien adoptar conductas prudentes a la vista de una situación excepcional y de la información disponible? El dilema era si principalmente se trataba de discernir una verdad objetiva o una verdad práctica. No es éste el lugar de desarrollar las implicaciones de ubicar el problema ante todo en el dominio práctico. Señalaré que en ningún caso eso relativiza las exigencias perennes de la verdad objetiva (en este caso de fe y de moral, y de las “consecuencias de la fe”), pero significa que en este punto en particular no se trata de acertar absolutamente con una idea resolutiva, sino de obrar el bien debido: el bien de disponer nuestra acción en orden a un bien mayor (la unidad de la Iglesia). No es que de que de nuestra acción se derive ese bien, sino que debemos ordenar nuestra acción adecuadamente a ese bien que sólo Dios puede conceder. Hay que señalar que en ese sentido la conducta de San Vicente fue siempre ejemplar, incluso cuando se equivocó de planteamiento, pues su ardiente caridad, su amor encendido por la Santa Iglesia, su pobreza evangélica, su predicación infatigable de la fe, su penitencia y su misericordia compensaron con creces aquel error de perspectiva. A la postre lo condujeron a un grado de santidad excepcional en la historia de la Iglesia y, sobre todo, hicieron más por la curación del cisma que cualquier transacción diplomática o cualquier sistema doctrinal imaginario que explicara la crisis.

J.A.U.

(sigue, todavía)


[1] “In itineribus saepe, periculis fluminum, periculis latronum, periculis ex genere, periculis ex gentibus, periculis in urbe, periculis in deserto, periculis in mari, periculis in falsis fratribus” II Cor 11, 26.

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