lunes, 18 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia (II)


"Timete Deum et date illi honorem..."


San Vicente murió el 5 de abril de 1419, un año y cinco meses después de la elección de Martín V. Es probable que el santo llegase a reconocer como tal al papa de la unidad recuperada. Si lo hizo no me consta cuándo. En todo caso, en esos meses finales prosiguió la misma línea de conducta de sus años últimos: parece que evitó hacer del asunto objeto de su predicación.
De la trepidante vida de San Vicente Ferrer me interesa ahora extraer una enseñanza. Entre el fogoso religioso treintañero y el desgastado y sereno fraile sesentón media un cambio de actitud radical en cuanto al problema de la autoridad. Sin embargo no parece que sufriera una evolución reseñable en cuanto a sus posicionamientos doctrinales. Es decir: la doctrina es la misma e inalterable en el santo joven y en el anciano. ¿Dónde está el cambio? A mi modo de ver el dominico, cribado por la dura experiencia, ha profundizado en su sabiduría y en su prudencia hasta advertir la importancia de factores contingentes que antes infravaloraba. Las cosas que él exponía en su tratado del cisma eran, prácticamente todas y desde luego las más importantes de ellas, verdaderas. Pero no eran todas las que estaban en juego, por lo cual, de premisas verdaderas (pero no completas) podía concluir una falsedad.

domingo, 17 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia


"Soy el ángel del Apocalipsis..."

Corría el año de 1380 cuando fray Vicente Ferrer, de la Orden de los predicadores, compuso su célebre tratado sobre el “moderno cisma de la Iglesia”. Apenas se cumplían entonces dos años del arranque del angustioso período conocido como “Gran Cisma de Occidente”, momento en que sucedió la doble elección papal, primero la de Urbano VI y, poco después, la de Clemente VII.
Desde el comienzo de la escisión eclesiástica el fraile valenciano había militado resueltamente en las filas “clementistas”. Estaba firmemente persuadido de que las amenazas, violencias y presiones a las que se había sometido a los electores durante el cónclave de abril de 1378 viciaban de nulidad, por coacción, cualquier resolución adoptada por aquella asamblea. «Romano lo volemo, o almanco italiano», ululaban las turbas tiberinas enfervorecidas a los electores del sucesor de Gregorio XI. Aquella nulidad la fueron proclamando, al principio paulatinamente, la práctica totalidad de los cardenales partícipes en la elección de Urbano, del que se fueron apartando en precipitado goteo. Parece, además, que el agitador e inductor de los cardenales arrepentidos no fue otro que un paisano mío, el obispo de Pamplona Martín de Zalba, que principió por, a la vista de todos, regalarle un estruendoso desplante a Urbano, antiguo cofrade suyo en Aviñón. El 8 de agosto, cuando se cumplían cuatro meses de la designación como papa de Bartolomé Prignano (Urbano), la mayoría del colegio cardenalicio, reunida en Anagni, hizo pública la declaración de nulidad de aquella elección y la consiguiente situación de sede vacante. El intrépido Zalba se encargó de notificar en persona aquella peliaguda resolución al propio Urbano (que al punto mandó apresarlo). El 20 de septiembre aquellos cardenales eligieron como sucesor de San Pedro a Clemente VII.

jueves, 7 de febrero de 2013

La educación hace maravillas, pero no puede crear un cristiano


La ventana abierta para el Espíritu Santo

Sigo con la educación. También en esta materia se trata de obrar siempre con prudencia (por favor, ¡no cobardemente!) La falta de prudencia da razón del fracaso educativo que protagonizamos como sociedad. En particular, de la perplejidad de quienes contemplan cómo una sociedad mayoritariamente cristiana engendró en dos o tres decenios una sociedad hegemónicamente secularista. Es despreciable el papanatismo de los que leen la historia ventajistamente a toro pasado y nos dicen que antes vivíamos un catolicismo sociológico e hipócrita, y que la caída de esa máscara de cristiandad es una purificación. Tonterías. Eso es un masivo juicio de intenciones, una generalización falsa, una mentira conveniente y, para algunos, tranquilizadora. Sin embargo, sí que tenemos indicios para pensar que nuestro catolicismo estaba fuertemente aquejado de fideísmo y, por ende, también de inmadurez moral. Era socialmente imprudente.
Ese fracaso puede originar hoy en algunos un miedo excesivo e injusto que empuje a una cautela exagerada y contraproducente, que ponga un énfasis inadecuado y reactivo en la separación frente a las bacterias contagiosas de la inmoralidad y de la incredulidad. El miedo no es buen consejero y mientras nos hace huir de un peligro con facilidad nos entrega a otro inadvertido.
Una excesiva precaución es síntoma de dos desconfianzas: frente al vigor de la naturaleza y frente al poder de la gracia. Error típicamente moderno que está en la matriz de tantos “sueños de sistemas tan perfectos que nadie necesite ser bueno”, que diría Eliot, también los sistemas excogitados desde el mundo católico.
Para obrar la verdad práctica hay que estar dentro de la realidad moral de nuestro tiempo y si ante todo antepongo la evitación del error puedo asfixiar mi inclinación a la verdad y al bien. Los derechos que otorga la paternidad no incluyen ciertamente la pretensión despótica de usurpar la libertad de los hijos que, al igual que sus padres, tienen la obligación de convertirse en protagonistas del combate por su virtud y por su fe.
Como todo esto lo explica mucho mejor y más profundamente el P. Tonneau, a continuación copio algunos fragmentos suyos. Y si alguien cree ver en estos textos una invitación a la incuria y a la indolencia educativa, que los relea detenidamente. El brigante

martes, 5 de febrero de 2013

Si lo sostengo demasiado, ya no es libre y si no lo sostengo lo suficiente, se cae




La preservación, la profilaxis o la protección no son el criterio decisivo de la educación. En tiempos tan revueltos como los nuestros, junto a la tentación masiva y borreguil de dejarse llevar por la corriente, coexiste la tentación selecta: la de educar a la contra y en el apartamiento de la realidad social. Durante mucho tiempo yo he caído en esa segunda tentación. Es el error de querer, ante todo, preservar a los niños del contagio del mundo, de su mentalidad, de sus depravaciones. Con esto no justifico en absoluto a los que repiten la torpe cantilena de la reconvención fácil y gregaria: “No es sensato oponerse a los tiempos”, “no es posible conservar en una campana de cristal a los niños”, palinodia falsa e irritante que no nace de un juicio racional, del amor a la verdad, sino de la constatación de la derrota, de la pereza, del miedo y la desesperanza. Pero lo infundado de esa objeción no legitima el error inverso, el del que espera de una segregación de la polvorienta realidad más de lo que esa abstención puede dar.
Es cierto que a los niños no hay que mantenerlos encerrados, ni evitarles a cualquier precio el contacto con los gérmenes del mundo. Pero ello por una razón positiva, por una verdad y no por un miedo o por una cobardía. Además, también es cierto que entre los deberes del educador está la vigilancia proporcionada contra los enemigos de la maduración de la personalidad. Dos verdades que hay que conjugar en el caso concreto, sin eludir ninguna.
Como en toda dinámica humana, el aprendizaje moral e intelectual tiene como objeto el amor del bien y de la verdad, lo que conlleva el rechazo del mal y del error. El espejismo es pensar que la mera remoción de ciertas ocasiones del mal produce el crecimiento en el amor a la verdad y al bien. 

Lo primordial y más difícil en la educación es estimular y rectificar el deseo de aprender, hasta convertirlo en genuino amor por la verdad y por el bien. Para lograrlo, ciertamente, vigilamos que las inclinaciones morales, estéticas e intelectuales del educando no se estraguen por el contacto con ambientes viciosos. Pero esa evitación no puede significar radical abstención, puesto que toda facultad o inclinación humana, separada del medio en que debe ejercerse, se anquilosa y marchita. Un desarraigo radical del ambiente social conlleva no adquirir las virtudes sociales, imprescindibles no sólo para la inserción y participación activa del sujeto en la vida común, sino hasta para la mera dirección de sí mismo. Un precio demasiado alto.