miércoles, 2 de enero de 2013

La fe no elimina la necedad



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Lejos de mí impugnar la copla de Álvarez Gato (“En esta vida prestada /do bien obrar es la llave / aquel que se salva sabe / que el otro no sabe nada”), ni desconocer la más elemental distinción de órdenes o la absoluta superioridad del de la gracia.
No, nada de eso. Todo por Jesús, que diría el Padre Faber. Sí, así es. Y encantadoramente misteriosa es la última jugada del tahúr, entonces ya divino, que hasta el postrero instante siguió siendo San Dimas. Birlador de faltriqueras, supo arrebatarse el cielo y lo pidió y aguanto el tipo fijo al madero hasta escuchar de los labios del Maestro la invitación celeste: “Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso”. Con el aquinate pido también yo quod petivit latro penitens, lo que mendigó el penitenciado descuidero, y también con él aspiro al laurel definitivo, ése ante el que nadie es Napoleón y que sólo otras manos, las dulces del Redentor, pueden ceñir en mis sienes.
Quede hecho el descargo de cristiano viejo, pues.
Pero si eso es lo principal y el fin que debemos tener presente en todas nuestras acciones, no por ello podemos olvidar que la paciencia de Dios, el tiempo que nos queda por vivir, está tramado de acciones que hemos de elegir y llevar adelante con acierto y por lo mismo de otras acciones que descartamos por inconvenientes. Acciones y hábitos que nos van enderezando hacia un lado o hacia otro, que nos predisponen a comprender mejor y a amar más o por el contrario a fascinarnos y obsesionarnos, amándonos sólo a nosotros mismos, incapaces de verdadera amistad.
Es cierto que la gracia y los dones del Espíritu Santo están ahí para recomponer nuestros yerros, para remediar nuestras equivocadas acciones y para llevarnos del ronzal hasta el buen camino cuando nos perdemos. Bien que lo sé. Pero no están ahí para absolvernos de nuestra inclinación a la verdad cotidiana.
No quiero recomendar a nadie una especie de pelagianismo trágico. Lo único que quiero recordar ahora, al lado de lo principal, del gratuito unum necessarium, es la premura por adquirir la virtud, también natural, de la prudencia. Virtud que no sirve, ante todo, para evitarnos disgustos, sino para dirigir nuestra elección de la rectitud práctica, para penetrar a fondo en la verdad de los bienes singulares de esta vida, para lograrlos razonablemente y compartirlos. Para hacer de nuestra vida un eco inteligente de la acción de Dios.
Decía el P. Tonneau que en muchas ocasiones preferimos el trato de personas educadas, aunque mundanas, al del recién convertido que ha recibido la fe y la caridad pero todavía no ha avanzado en las virtudes naturales de la vida en común, lo cual es un lamentable desorden. Sin embargo, esa reacción encierra una verdad que tampoco conviene desdeñar. Dios nos creó seres racionales y sociales. Es muy razonable, pues, que aspiremos a modular nuestra vida con las virtudes que nos inserten más en la vida en común, lo mismo que nos hagan poseer más la vida libando su verdad. Y hoy vemos que muchos, hablando de la fe, corren el riesgo de hacer un cántico tal de la gracia tumbativa que, implícitamente, suponga el desaliño de la naturaleza. Como si el actuar con temor y temblor la salvación no conllevara una observante estima de la naturaleza que nos regaló Dios al crearnos y tan sólo significara una especie de “sanación” espiritual. En una ocasión, don Juan Navarrete, primer arzobispo que fue de Hermosillo advirtió a sus seminaristas: “Es verdad que el sacerdocio imprime carácter al hombre, pero no le quita lo bruto. Así que tengan mucho cuidado, hijitos”[1]. Lo mismo puede decirse de la efusión de la gracia de la conversión. “El don de la fe –explica Henri Charlier– no elimina la necedad. El Espíritu Santo puede dar la sabiduría a un tonto y el tonto que, aunque se haya convertido ya en sabio y esté esclarecido para las cosas de Dios, sigue siendo tonto para las cosas de este mundo, se convertirá en dueño de sus pasiones pero se abstendrá de querer regular lo que no conoce[2]. El kerigma es necesario, pero no reinventa la naturaleza humana ni nos exime de sus leyes. Ignorar esta realidad produce –entre otras calamidades– el extravagante fenómeno de la privatización de la fe, de la confusión de los órdenes y de la pretensión de que los súbitamente “iluminados” pueden gobernar –por esa sublime condición– hasta las decisiones prudenciales de los tibios. Ese olvido también explica la inutilidad de las perezosas y patéticas llamadas a la presencia pública de unos cristianos que, en buena lógica fideísta, ni siquiera ven la necesidad de establecer conexiones entre su fe y la crianza de su prole y contemplan con desdén lo que nuestros antiguos consideraban las ramificaciones de la personalidad cristiana.
Les deseo un venturoso año de gracia de 2013 a todos ustedes, lleno de corajuda, arriscada y razonable prudencia, no menos que de los dones del Espíritu Santo.

El brigante



[1] Juan, obispo de Sonora. Pag. 48.
[2] Le martyre de l’art. Pag. 115.

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