viernes, 25 de enero de 2013

La señal de la cruz


En mi infancia, selva de luz intensa, para mí la religión era la señal de la cruz. Y el ángel de la guarda omnipresente. Y mi mamá del cielo. Y las restallantes jaculatorias de mi abuela materna, engarzadas de bárbaros juramentos barrocos que me deslumbraban. Recuerdo aquellos rosarios de antaño en Moncayo, rudos, sin atildamiento ni melindre, casi sin pronunciación: sagrado barullo, avemarías en metralla. El beneficiado don José Luis, menudo, pardusco y arrugado como una pasa de Corinto, ensotanado pugnaba por abreviar, solapándolos, los Diostesalves de las mujeres que le daban réplica con sus ininteligibles roncos latigazos: Samaíamaedio, ¡Santa María, madre de Dios...! Yo, acompañando a mi madre, entre el banco y el reclinatorio jugando, niñamente meditabundo, ante un ritual asombroso que daba calor celestial al tiempo. Dios y la cruz eran tan obvios como el pan de la merienda. Uno se subía al autobús de línea o al tren o al auto y veía cómo, al arrancar el vehículo, la gente se signaba naturalmente y musitaba una plegaria. Al salir de casa, la señal de la cruz, y también, todavía entonces, muchos al pasar ante una iglesia que escondía el tabernáculo.
En la infancia no había impostación y tampoco en la señal de la cruz, que acompañaba las gradas del día, como los cordones a mis zapatos. En cualquier peldaño podía pegar signarse. El mundo andaba bien descompuesto, desgoznado y a la deriva, pero yo no tenía ni remota idea de eso, porque en mi alma todo estaba en su sitio. Mis padres, mi hermana, el universo todo venía transparente de las manos de Dios y mi universo no era ni piadoso ni meapilas: tenía un orden natural, claro e indiscutido.

sábado, 12 de enero de 2013

Ideal y alabanza de la familia numerosa


Ocho niñas y un niño. Ella sonríe, el tipo está serio.

La familia numerosa es y será siempre el ideal de los matrimonios, supremamente de los matrimonios cristianos. Esto ya no se puede dar por descontado en la mente de nuestros contemporáneos. Como es lógico, la mentalidad anticonceptiva se manifiesta antes que en la ejecución en la intención: antes que en el impedimento de la venida de más hijos en el abandono y el desprecio del ideal de la familia numerosa. Ya no se entiende que es algo mejor y por ende no se aspira a ello.
Luego abordaré ese abandono, que es una prevaricación en sí mismo, pero antes es necesario introducir una aclaración en cuanto a la recta comprensión de ese ideal. La idealidad de la familia numerosa es de tipo objetivo, es decir, de un plano que nada tiene que ver con las posibilidades concretas de su ejecución. Si un matrimonio es estéril y no puede procrear, la familia numerosa seguirá siendo su ideal con independencia de sus aptitudes. Eso significa que junto con el ideal objetivo existe otro ideal subjetivo, para cada familia. No es que uno sea más verdadero que el otro. Ambos son verdaderos, uno en el orden universal y otro en el particular. El uno no neutraliza al otro y ambos tienen su propia vigencia. Podríamos distinguirlos así: el ideal de la familia numerosa es un ideal psicológico-social invariable y el ideal de la familia concreta, fundado en la prudencia, es un ideal moral y se ajusta a cada caso. Desarrollemos esta idea.

martes, 8 de enero de 2013

Un error sobre los métodos naturales

Famiglia-numerosa
La cuestión, en el fondo, sigue siendo la misma, con o sin métodos naturales
 

“Los métodos naturales de la regulación de nacimientos son morales. La diferencia entre métodos artificiales y naturales en la planificación familiar es que en aquellos se utilizan medios físicos (el preservativo, el abortivo DIU), químicos (espermicidas), u hormonales (píldoras) para frustrar la concepción. En cambio los métodos naturales se limitan a elegir los días infecundos, en lo cual no hay nada inmoral”.

P. Jorge Loring, S.J.


Los “métodos naturales” de regulación de los nacimientos –en tanto que medios, plenamente lícitos– han contribuido, de facto, a generar una ramificación “católica” de la mentalidad anticonceptiva. No sin culpa de los especialistas, que se han dedicado a presentarlos como una alternativa a los métodos artificiales. Como decía Santo Tomás, “los contrarios pertenecen al mismo género”.
Esa contraposición con los métodos artificiales (la difusión del más famoso de los métodos naturales, el Billings, coincidió con la de “la píldora” y de la Humanae vitae) ha influido de forma muy negativa en la comprensión del valor de esos métodos y de su significación moral: se ha puesto un énfasis tan desproporcionado en el mismo método que en muchas ocasiones ha terminado por hacer perder su sentido de medio y se han convertido en criterio de conducta. En el fondo, al leerse dentro de esa contraposición, se han entendido muchas veces como una forma católica de alcanzar fines semejantes a los anticonceptivos artificiales.
La cita del P. Loring que encabeza este artículo es representativa de esa distorsión y en última instancia de la falta de comprensión del verdadero y limitado sentido de estas metodologías. En ese galimatías se hace una valoración moral absoluta de los métodos naturales: “son morales”, e inmediatamente se los contrapone a los “artificiales”, para acabar concluyendo: “en cambio, los métodos naturales se limitan a elegir los días infecundos, en lo cual no hay nada inmoral”. Mejor sería decir que no hay nada inmoral en esa elección… si la decisión a cuyo servicio se ponen esos medios es moralmente recta, aspecto que ha quedado completamente implícito en toda la exposición del jesuita. Se advierte el aroma de los sistemas de moralidad y de las clericales recetas morales. Lo cierto es que esta extrema simplificación es entendida por muchos, no sin razón, como una radical modificación del criterio moral para los actos conyugales.

miércoles, 2 de enero de 2013

La fe no elimina la necedad



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Lejos de mí impugnar la copla de Álvarez Gato (“En esta vida prestada /do bien obrar es la llave / aquel que se salva sabe / que el otro no sabe nada”), ni desconocer la más elemental distinción de órdenes o la absoluta superioridad del de la gracia.
No, nada de eso. Todo por Jesús, que diría el Padre Faber. Sí, así es. Y encantadoramente misteriosa es la última jugada del tahúr, entonces ya divino, que hasta el postrero instante siguió siendo San Dimas. Birlador de faltriqueras, supo arrebatarse el cielo y lo pidió y aguanto el tipo fijo al madero hasta escuchar de los labios del Maestro la invitación celeste: “Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso”. Con el aquinate pido también yo quod petivit latro penitens, lo que mendigó el penitenciado descuidero, y también con él aspiro al laurel definitivo, ése ante el que nadie es Napoleón y que sólo otras manos, las dulces del Redentor, pueden ceñir en mis sienes.
Quede hecho el descargo de cristiano viejo, pues.
Pero si eso es lo principal y el fin que debemos tener presente en todas nuestras acciones, no por ello podemos olvidar que la paciencia de Dios, el tiempo que nos queda por vivir, está tramado de acciones que hemos de elegir y llevar adelante con acierto y por lo mismo de otras acciones que descartamos por inconvenientes. Acciones y hábitos que nos van enderezando hacia un lado o hacia otro, que nos predisponen a comprender mejor y a amar más o por el contrario a fascinarnos y obsesionarnos, amándonos sólo a nosotros mismos, incapaces de verdadera amistad.