sábado, 12 de octubre de 2013

Menospreciar en exceso, no amar lo suficiente



El nombre es reciente, pero la cosa no. Me refiero a la “ideologización”. Una de sus manifestaciones es reducir verdades descomunales a esquemas rígidos y manejables que vuelven opaca la propia verdad. Es por eso que en las afirmaciones grandilocuentes conviene, antes que posicionarse –a favor o en contra– distinguir un ímpetu inicial y una plasmación del pensamiento. Muchas veces podremos salvar la intención, hasta identificarnos con ella, sin que por ello tengamos que sentirnos obligados a mantener discursos insostenibles. ¡Cuántos duelos y quebrantos nos hubiéramos ahorrado de haber tenido esa constatación más a mano!

En la historia cristiana aflora recurrentemente un esquema simplicísimo que pretende sintetizar la compleja relación entre lo creado y la gracia: el menosprecio del mundo, por contraposición al amor de Dios. El monje Bernardo de Morlaix se ganó fama con su poema “De contemptu mundi”, pero la idea es muy anterior, ni siquiera cristiana. Quizás más bien estoica, que los estoicos eran tipos muy dados a los esquemitas morales.

jueves, 13 de junio de 2013

El bien que Dios quiere sacar de la crisis actual


Un aspecto esencial y constante de la vocación cristiana es que, para avanzar en la intimidad divina, para avanzar por tanto en un amor de las criaturas que sea conforme al modo en que Dios las ama, esa vocación de hijos de Dios conlleva un llamamiento a un desapego de lo creado que puede llamarse un “éxodo” a un desierto espiritual.
Entonces, ¿por qué se da en nuestro tiempo un llamamiento especial a esta orientación hacia el desierto?
Que de la gran crisis actual Dios quiere sacar un bien inmenso es algo que está fuera de discusión. Es una certeza de fe. Lo que tenemos que preguntarnos es solamente qué bien inmenso quiere obtener Dios.
He aquí la respuesta: el bien que debe salir de la presente crisis es una gran unión de amor de los cristianos con Cristo y con su Madre en la pobreza, la soledad, la noche del Calvario.

jueves, 25 de abril de 2013

España y las Españas



En algunas ocasiones emerge la cuestión de si, cuando decimos “España”, estamos diciendo lo mismo que en esas pocas ocasiones en las que seguimos recurriendo al viejo plural de “las Españas”. En ocasiones una palabra, polisémica, representa diversos significados; y otras veces un solo significado es representado por distintos vocablos, sinónimos.
El asunto tiene su enjundia, por no decir su gran interés. Sin sombra de duda, históricamente se ha dado un uso indistinto u oscilante de “España” y de “las Españas” para referirse a una y la misma realidad: la comunidad política que en un primer momento se identifica con el reino visigodo y que, con el decurso del tiempo, llegará a integrar territorios en ambos hemisferios (y que hoy está en estado latente). En ese sentido, si las crónicas llaman a Alfonso III de Asturias “Adefonsus Hispaniae rex” o “Hispaniae imperator” (rey/emperador de España), también se refieren a Sancho el Mayor de Navarra como “Sancius, Hispaniarum rex” (rey de las Españas).
Pero llega un momento en el que el término España, a partir de la edad moderna y más intensamente en la contemporánea, se vuelve polisémico. De manera que a partir de ahora sólo uno de los sentidos de la palabra “España” sigue siendo sinónimo estricto de “las Españas”.

miércoles, 3 de abril de 2013

La imperfección del bien común temporal


Mejorable, pero existente

El bien común temporal es siempre contingente y, por lo mismo, imperfecto: siempre cabe imaginar formas más perfectas de su realización. Lo cual no es ningún óbice para efectuar un discernimiento prudencial sobre si es o no posible alcanzar el bien común en un determinado momento histórico, ni tampoco desdice en nada del bien común efectivamente realizado decir de él que es perfeccionable. La Castilla y el León de San Fernando o las Españas de Ysabel y Fernando son ejemplos de realización del bien común y, sin embargo, más allá de sus defectos en su aspecto de bien logrado, son esencialmente perfectibles. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Lo que escandaliza al discípulo al ladrón le hace encontrar la fe


Donde el ladrón encontró la fe, allí la perdió el discípulo

“Hagamos memoria de la fe del ladrón, fe que Cristo no encontró en sus discípulos después de la resurrección”, comenta San Agustín.

El escenario es catastrófico: “Colgaba Cristo de la cruz y colgaba también el ladrón”. No es precisamente lo que llamaríamos el mejor “preámbulo de la fe”, no es el ejemplo de una pedagogía fácil que predisponga dulcemente nuestra razón y nuestros sentidos a la aceptación del don de la fe. No es el tránsito imperceptible por el que de la delicada bondad natural que arropa y se recibe en una familia cristiana se pasa a la regeneración de la fe. En el último momento antes de su muerte, Jesús nos enseña el límite de nuestros razonamientos apologéticos, corrige divinamente nuestras rarefactas previsiones maquinales para producir la fe; nos recuerda la ambivalencia de un entorno favorable para el encuentro y el don de la fe, y nos trae la memoria que la fe es, siempre, un milagro. Y no más milagro en el madero que en la cuna de un cristiano viejo.

lunes, 4 de marzo de 2013

La crisis y el ejemplo de San Vicente



Ahora, la enseñanza que entreveo en aquella penitencial aventura de Ferrer durante el Gran Cisma. La Iglesia hoy está afligida por tempestades diferentes, pero tremendas también. El rebaño que se ha resistido a la dispersión está desorientado. Yo también apuro mi ración de desconcierto. Es duro admitir que uno no llega siquiera a formarse una imagen completa de una realidad, que no alcanza a incluir toda la información relevante sobre la situación de la Iglesia dentro de un solo razonamiento sustancial. Que no sabemos qué está pasando. Bueno, eso no es verdad del todo. No sabemos lo que está pasando en cuanto al desciframiento del cúmulo de sucesos individualmente considerados, uno a uno. Alcanzamos, sí, a aplicar principios dogmáticos a fragmentos del problema –algunos, más despabilados, a muchos problemas– pero no a su conjunto. Tampoco, por lo mismo, somos capaces de formarnos una idea sintética, de dar con una clave, todavía en el orden de las causas segundas, que explique el porqué de este escenario. Pero no son ésas las únicas verdades disponibles, ni la verdad más alta, sobre este asunto. Nuestra fe no es saldo en almoneda o, por decirlo a la moda, no es “falsable”. La fe tiene sus preámbulos razonables y tiene sus razonadas defensas púgiles. Es lo debido y es imprescindible. Pero el corazón de la fe se escurre de esos ruedos: es merced del cielo, es pacífica posesión de una verdad de la que no somos caporales y a la que no podemos acostumbrarnos. ¡Sabiduría de Péguy que alertaba contra las “almas acostumbradas”!

lunes, 18 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia (II)


"Timete Deum et date illi honorem..."


San Vicente murió el 5 de abril de 1419, un año y cinco meses después de la elección de Martín V. Es probable que el santo llegase a reconocer como tal al papa de la unidad recuperada. Si lo hizo no me consta cuándo. En todo caso, en esos meses finales prosiguió la misma línea de conducta de sus años últimos: parece que evitó hacer del asunto objeto de su predicación.
De la trepidante vida de San Vicente Ferrer me interesa ahora extraer una enseñanza. Entre el fogoso religioso treintañero y el desgastado y sereno fraile sesentón media un cambio de actitud radical en cuanto al problema de la autoridad. Sin embargo no parece que sufriera una evolución reseñable en cuanto a sus posicionamientos doctrinales. Es decir: la doctrina es la misma e inalterable en el santo joven y en el anciano. ¿Dónde está el cambio? A mi modo de ver el dominico, cribado por la dura experiencia, ha profundizado en su sabiduría y en su prudencia hasta advertir la importancia de factores contingentes que antes infravaloraba. Las cosas que él exponía en su tratado del cisma eran, prácticamente todas y desde luego las más importantes de ellas, verdaderas. Pero no eran todas las que estaban en juego, por lo cual, de premisas verdaderas (pero no completas) podía concluir una falsedad.

domingo, 17 de febrero de 2013

Añeja enseñanza para las crisis de autoridad en la Iglesia


"Soy el ángel del Apocalipsis..."

Corría el año de 1380 cuando fray Vicente Ferrer, de la Orden de los predicadores, compuso su célebre tratado sobre el “moderno cisma de la Iglesia”. Apenas se cumplían entonces dos años del arranque del angustioso período conocido como “Gran Cisma de Occidente”, momento en que sucedió la doble elección papal, primero la de Urbano VI y, poco después, la de Clemente VII.
Desde el comienzo de la escisión eclesiástica el fraile valenciano había militado resueltamente en las filas “clementistas”. Estaba firmemente persuadido de que las amenazas, violencias y presiones a las que se había sometido a los electores durante el cónclave de abril de 1378 viciaban de nulidad, por coacción, cualquier resolución adoptada por aquella asamblea. «Romano lo volemo, o almanco italiano», ululaban las turbas tiberinas enfervorecidas a los electores del sucesor de Gregorio XI. Aquella nulidad la fueron proclamando, al principio paulatinamente, la práctica totalidad de los cardenales partícipes en la elección de Urbano, del que se fueron apartando en precipitado goteo. Parece, además, que el agitador e inductor de los cardenales arrepentidos no fue otro que un paisano mío, el obispo de Pamplona Martín de Zalba, que principió por, a la vista de todos, regalarle un estruendoso desplante a Urbano, antiguo cofrade suyo en Aviñón. El 8 de agosto, cuando se cumplían cuatro meses de la designación como papa de Bartolomé Prignano (Urbano), la mayoría del colegio cardenalicio, reunida en Anagni, hizo pública la declaración de nulidad de aquella elección y la consiguiente situación de sede vacante. El intrépido Zalba se encargó de notificar en persona aquella peliaguda resolución al propio Urbano (que al punto mandó apresarlo). El 20 de septiembre aquellos cardenales eligieron como sucesor de San Pedro a Clemente VII.

jueves, 7 de febrero de 2013

La educación hace maravillas, pero no puede crear un cristiano


La ventana abierta para el Espíritu Santo

Sigo con la educación. También en esta materia se trata de obrar siempre con prudencia (por favor, ¡no cobardemente!) La falta de prudencia da razón del fracaso educativo que protagonizamos como sociedad. En particular, de la perplejidad de quienes contemplan cómo una sociedad mayoritariamente cristiana engendró en dos o tres decenios una sociedad hegemónicamente secularista. Es despreciable el papanatismo de los que leen la historia ventajistamente a toro pasado y nos dicen que antes vivíamos un catolicismo sociológico e hipócrita, y que la caída de esa máscara de cristiandad es una purificación. Tonterías. Eso es un masivo juicio de intenciones, una generalización falsa, una mentira conveniente y, para algunos, tranquilizadora. Sin embargo, sí que tenemos indicios para pensar que nuestro catolicismo estaba fuertemente aquejado de fideísmo y, por ende, también de inmadurez moral. Era socialmente imprudente.
Ese fracaso puede originar hoy en algunos un miedo excesivo e injusto que empuje a una cautela exagerada y contraproducente, que ponga un énfasis inadecuado y reactivo en la separación frente a las bacterias contagiosas de la inmoralidad y de la incredulidad. El miedo no es buen consejero y mientras nos hace huir de un peligro con facilidad nos entrega a otro inadvertido.
Una excesiva precaución es síntoma de dos desconfianzas: frente al vigor de la naturaleza y frente al poder de la gracia. Error típicamente moderno que está en la matriz de tantos “sueños de sistemas tan perfectos que nadie necesite ser bueno”, que diría Eliot, también los sistemas excogitados desde el mundo católico.
Para obrar la verdad práctica hay que estar dentro de la realidad moral de nuestro tiempo y si ante todo antepongo la evitación del error puedo asfixiar mi inclinación a la verdad y al bien. Los derechos que otorga la paternidad no incluyen ciertamente la pretensión despótica de usurpar la libertad de los hijos que, al igual que sus padres, tienen la obligación de convertirse en protagonistas del combate por su virtud y por su fe.
Como todo esto lo explica mucho mejor y más profundamente el P. Tonneau, a continuación copio algunos fragmentos suyos. Y si alguien cree ver en estos textos una invitación a la incuria y a la indolencia educativa, que los relea detenidamente. El brigante

martes, 5 de febrero de 2013

Si lo sostengo demasiado, ya no es libre y si no lo sostengo lo suficiente, se cae




La preservación, la profilaxis o la protección no son el criterio decisivo de la educación. En tiempos tan revueltos como los nuestros, junto a la tentación masiva y borreguil de dejarse llevar por la corriente, coexiste la tentación selecta: la de educar a la contra y en el apartamiento de la realidad social. Durante mucho tiempo yo he caído en esa segunda tentación. Es el error de querer, ante todo, preservar a los niños del contagio del mundo, de su mentalidad, de sus depravaciones. Con esto no justifico en absoluto a los que repiten la torpe cantilena de la reconvención fácil y gregaria: “No es sensato oponerse a los tiempos”, “no es posible conservar en una campana de cristal a los niños”, palinodia falsa e irritante que no nace de un juicio racional, del amor a la verdad, sino de la constatación de la derrota, de la pereza, del miedo y la desesperanza. Pero lo infundado de esa objeción no legitima el error inverso, el del que espera de una segregación de la polvorienta realidad más de lo que esa abstención puede dar.
Es cierto que a los niños no hay que mantenerlos encerrados, ni evitarles a cualquier precio el contacto con los gérmenes del mundo. Pero ello por una razón positiva, por una verdad y no por un miedo o por una cobardía. Además, también es cierto que entre los deberes del educador está la vigilancia proporcionada contra los enemigos de la maduración de la personalidad. Dos verdades que hay que conjugar en el caso concreto, sin eludir ninguna.
Como en toda dinámica humana, el aprendizaje moral e intelectual tiene como objeto el amor del bien y de la verdad, lo que conlleva el rechazo del mal y del error. El espejismo es pensar que la mera remoción de ciertas ocasiones del mal produce el crecimiento en el amor a la verdad y al bien. 

Lo primordial y más difícil en la educación es estimular y rectificar el deseo de aprender, hasta convertirlo en genuino amor por la verdad y por el bien. Para lograrlo, ciertamente, vigilamos que las inclinaciones morales, estéticas e intelectuales del educando no se estraguen por el contacto con ambientes viciosos. Pero esa evitación no puede significar radical abstención, puesto que toda facultad o inclinación humana, separada del medio en que debe ejercerse, se anquilosa y marchita. Un desarraigo radical del ambiente social conlleva no adquirir las virtudes sociales, imprescindibles no sólo para la inserción y participación activa del sujeto en la vida común, sino hasta para la mera dirección de sí mismo. Un precio demasiado alto.

viernes, 25 de enero de 2013

La señal de la cruz


En mi infancia, selva de luz intensa, para mí la religión era la señal de la cruz. Y el ángel de la guarda omnipresente. Y mi mamá del cielo. Y las restallantes jaculatorias de mi abuela materna, engarzadas de bárbaros juramentos barrocos que me deslumbraban. Recuerdo aquellos rosarios de antaño en Moncayo, rudos, sin atildamiento ni melindre, casi sin pronunciación: sagrado barullo, avemarías en metralla. El beneficiado don José Luis, menudo, pardusco y arrugado como una pasa de Corinto, ensotanado pugnaba por abreviar, solapándolos, los Diostesalves de las mujeres que le daban réplica con sus ininteligibles roncos latigazos: Samaíamaedio, ¡Santa María, madre de Dios...! Yo, acompañando a mi madre, entre el banco y el reclinatorio jugando, niñamente meditabundo, ante un ritual asombroso que daba calor celestial al tiempo. Dios y la cruz eran tan obvios como el pan de la merienda. Uno se subía al autobús de línea o al tren o al auto y veía cómo, al arrancar el vehículo, la gente se signaba naturalmente y musitaba una plegaria. Al salir de casa, la señal de la cruz, y también, todavía entonces, muchos al pasar ante una iglesia que escondía el tabernáculo.
En la infancia no había impostación y tampoco en la señal de la cruz, que acompañaba las gradas del día, como los cordones a mis zapatos. En cualquier peldaño podía pegar signarse. El mundo andaba bien descompuesto, desgoznado y a la deriva, pero yo no tenía ni remota idea de eso, porque en mi alma todo estaba en su sitio. Mis padres, mi hermana, el universo todo venía transparente de las manos de Dios y mi universo no era ni piadoso ni meapilas: tenía un orden natural, claro e indiscutido.

sábado, 12 de enero de 2013

Ideal y alabanza de la familia numerosa


Ocho niñas y un niño. Ella sonríe, el tipo está serio.

La familia numerosa es y será siempre el ideal de los matrimonios, supremamente de los matrimonios cristianos. Esto ya no se puede dar por descontado en la mente de nuestros contemporáneos. Como es lógico, la mentalidad anticonceptiva se manifiesta antes que en la ejecución en la intención: antes que en el impedimento de la venida de más hijos en el abandono y el desprecio del ideal de la familia numerosa. Ya no se entiende que es algo mejor y por ende no se aspira a ello.
Luego abordaré ese abandono, que es una prevaricación en sí mismo, pero antes es necesario introducir una aclaración en cuanto a la recta comprensión de ese ideal. La idealidad de la familia numerosa es de tipo objetivo, es decir, de un plano que nada tiene que ver con las posibilidades concretas de su ejecución. Si un matrimonio es estéril y no puede procrear, la familia numerosa seguirá siendo su ideal con independencia de sus aptitudes. Eso significa que junto con el ideal objetivo existe otro ideal subjetivo, para cada familia. No es que uno sea más verdadero que el otro. Ambos son verdaderos, uno en el orden universal y otro en el particular. El uno no neutraliza al otro y ambos tienen su propia vigencia. Podríamos distinguirlos así: el ideal de la familia numerosa es un ideal psicológico-social invariable y el ideal de la familia concreta, fundado en la prudencia, es un ideal moral y se ajusta a cada caso. Desarrollemos esta idea.

martes, 8 de enero de 2013

Un error sobre los métodos naturales

Famiglia-numerosa
La cuestión, en el fondo, sigue siendo la misma, con o sin métodos naturales
 

“Los métodos naturales de la regulación de nacimientos son morales. La diferencia entre métodos artificiales y naturales en la planificación familiar es que en aquellos se utilizan medios físicos (el preservativo, el abortivo DIU), químicos (espermicidas), u hormonales (píldoras) para frustrar la concepción. En cambio los métodos naturales se limitan a elegir los días infecundos, en lo cual no hay nada inmoral”.

P. Jorge Loring, S.J.


Los “métodos naturales” de regulación de los nacimientos –en tanto que medios, plenamente lícitos– han contribuido, de facto, a generar una ramificación “católica” de la mentalidad anticonceptiva. No sin culpa de los especialistas, que se han dedicado a presentarlos como una alternativa a los métodos artificiales. Como decía Santo Tomás, “los contrarios pertenecen al mismo género”.
Esa contraposición con los métodos artificiales (la difusión del más famoso de los métodos naturales, el Billings, coincidió con la de “la píldora” y de la Humanae vitae) ha influido de forma muy negativa en la comprensión del valor de esos métodos y de su significación moral: se ha puesto un énfasis tan desproporcionado en el mismo método que en muchas ocasiones ha terminado por hacer perder su sentido de medio y se han convertido en criterio de conducta. En el fondo, al leerse dentro de esa contraposición, se han entendido muchas veces como una forma católica de alcanzar fines semejantes a los anticonceptivos artificiales.
La cita del P. Loring que encabeza este artículo es representativa de esa distorsión y en última instancia de la falta de comprensión del verdadero y limitado sentido de estas metodologías. En ese galimatías se hace una valoración moral absoluta de los métodos naturales: “son morales”, e inmediatamente se los contrapone a los “artificiales”, para acabar concluyendo: “en cambio, los métodos naturales se limitan a elegir los días infecundos, en lo cual no hay nada inmoral”. Mejor sería decir que no hay nada inmoral en esa elección… si la decisión a cuyo servicio se ponen esos medios es moralmente recta, aspecto que ha quedado completamente implícito en toda la exposición del jesuita. Se advierte el aroma de los sistemas de moralidad y de las clericales recetas morales. Lo cierto es que esta extrema simplificación es entendida por muchos, no sin razón, como una radical modificación del criterio moral para los actos conyugales.

miércoles, 2 de enero de 2013

La fe no elimina la necedad



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Lejos de mí impugnar la copla de Álvarez Gato (“En esta vida prestada /do bien obrar es la llave / aquel que se salva sabe / que el otro no sabe nada”), ni desconocer la más elemental distinción de órdenes o la absoluta superioridad del de la gracia.
No, nada de eso. Todo por Jesús, que diría el Padre Faber. Sí, así es. Y encantadoramente misteriosa es la última jugada del tahúr, entonces ya divino, que hasta el postrero instante siguió siendo San Dimas. Birlador de faltriqueras, supo arrebatarse el cielo y lo pidió y aguanto el tipo fijo al madero hasta escuchar de los labios del Maestro la invitación celeste: “Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso”. Con el aquinate pido también yo quod petivit latro penitens, lo que mendigó el penitenciado descuidero, y también con él aspiro al laurel definitivo, ése ante el que nadie es Napoleón y que sólo otras manos, las dulces del Redentor, pueden ceñir en mis sienes.
Quede hecho el descargo de cristiano viejo, pues.
Pero si eso es lo principal y el fin que debemos tener presente en todas nuestras acciones, no por ello podemos olvidar que la paciencia de Dios, el tiempo que nos queda por vivir, está tramado de acciones que hemos de elegir y llevar adelante con acierto y por lo mismo de otras acciones que descartamos por inconvenientes. Acciones y hábitos que nos van enderezando hacia un lado o hacia otro, que nos predisponen a comprender mejor y a amar más o por el contrario a fascinarnos y obsesionarnos, amándonos sólo a nosotros mismos, incapaces de verdadera amistad.