jueves, 23 de febrero de 2012

Dejar de robar por cuaresma


Cada año, cuando se presentaba la cuaresma, las monjas de todas las escuelas católicas de América animaban a sus alumnos a que hicieran sacrificios durante el tiempo cuaresmal. Normalmente eso significaba cosas como dejar de comer dulces o de ir al cine o hacer alguna limosna para la caja misional del despacho de la Hermana. Las Hermanas de la Caridad de la Escuela de Santo Domingo, en Baltimore, no eran ninguna excepción a esta regla. Sin embargo, a menudo los chicos tienen un sorprendente modo de interpretar cosas como aquéllas: muy distinto a lo que sus padres o sus profesores jamás se imaginarían. Sin duda, eso es lo que pasaba con mi hermano Joe.

Nuestra familia se había trasladado a la parroquia de Santo Domingo en el otoño de 1947. Para cuando llegó la cuaresma de 1948, Joe había descubierto que tenía un gran “talento” para robar golosinas. Y nosotros, los chicos más pequeños de la familia, nos beneficiábamos regularmente de sus incursiones matinales de los domingos en el mostrador de las chucherías en la tienda de ultramarinos de Reads, justo bajando la calle desde la iglesia de Santo Domingo. Se podría decir que era un “buen” ladrón, ¡aunque no en el sentido de San Dimas! Cada domingo, cuando volvíamos a casa después de misa, él se detenía en la tienda y se birlaba cualquier cosa que pudiera meterse fácilmente en sus bolsillos. Después, aquel mismo día dividía el botín entre nosotros cuatro. Sencillamente, era parte de la rutina de los domingos. Hasta que llegó la cuaresma, claro está.
Aquel año, como todos los años, las Hermanas hicieron su habitual invitación a los alumnos para que durante la cuaresma hicieran el sacrificio de las cosas que más les gustasen. Aquello provocó una respuesta en Joe. De manera que nos comunicó que iba a dejar de robar durante la cuaresma. Aunque sólo durante la cuaresma, sólo en cuaresma.
Cuando llegara el domingo de Pascua la cuaresma ya habría terminado y él podría retomar sus incursiones domingueras. El resto de nosotros estuvimos de acuerdo. Después de todo, también nosotros teníamos que privarnos de algo durante la cuaresma y aquello parecía una buena idea.
Llegó el domingo de Resurrección. Y pasó. Aquel día no hubo ningún robo, ni tampoco lo hubo el domingo siguiente, ni al otro tampoco. Joe se olvidó y nosotros tampoco nos acordamos. No fue hasta el siguiente otoño que Joe cayó en la cuenta de que no había vuelto a robar y decidió que ya no volvería a hacerlo.
Ahora echo la mirada atrás y recuerdo todo aquello no sin asombro, por cómo funciona a veces la gracia de Dios. Nuestro común hábito de los pequeños hurtos se rompió porque Dios respondió generosamente a nuestro distorsionado propósito infantil de privarnos de robar en cuaresma. Aquella idea nuestra hubiera espantado a nuestros padres y a las Hermanas de la Caridad de la escuela de Santo Domingo, pero fue una apertura suficiente para que la gracia de Dios obrara. O quizás es que San Dimas nos estaba protegiendo.

Fr. Charles Madden, ofm conv.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El artículo me trajo a la memoria el sermón de un joven sacerdote salesiano que en su homilía nos decía: "eso de abstenerse de cosas lícitas para ofrecerlo como sacrificio es una estupidez". O_O