George Weigel es un católico liberal. Para él el derecho público cristiano y el reinado social de Jesucristo son antiguallas. Sin embargo, en el error hay grados. Weigel no parece ser un personalista. Por eso denuncia la incongruente decisión de la conferencia episcopal de Inglaterra y Gales que, mientras rechaza el “matrimonio” entre sodomitas considera que ese tipo de convivencias contrarias a la naturaleza están “suficientemente” garantizadas mediante la figura jurídica de las “uniones civiles” o “uniones de hecho”. Con buen criterio, en este punto, Weigel recuerda que no hay nada en la esencia de ese tipo de contubernios que merezca la protección ni la regulación de la ley y que cualquier tipo de institucionalización y regulación jurídica de estas cohabitaciones significa su legitimación pública y su más o menos explícita equiparación “política” con el régimen natural de la institución matrimonial. Lo cual, digámoslo de paso, significa el vaciamiento del matrimonio como institución jurídica y legal.
Los personalistas –y hoy lo son gran parte de los católicos– se ven en un brete cuando quieren afirmar al mismo tiempo la universalidad de la norma moral (y de la política) y la autodeterminación absoluta de la persona. En realidad, ambas cosas no se pueden mantener a la vez y lo que sucede es que un personalista ya ha dejado de creer en la universalidad de la moral pública y privada. Como, por otras razones, se ve obligado a defender instituciones tan naturales y cristianas como el matrimonio (uno con una), la vía personalista para salir de ese atolladero es la de abundar todavía más en su nominalismo: el matrimonio y las uniones llamadas “homosexuales”, son cosas diferentes que merecen tratamientos jurídicos diferentes, sin que ello signifique discriminación ni favor para nadie. Tutti contenti. Todos no, aunque sí todos los personalistas, que no comprenden cómo puede haber católicos tan obtusos que no adviertan la genialidad de su solución: “Preservamos la identidad del matrimonio al tiempo que no dejamos de reconocer los derechos de los ‘homosexuales’”.
Mucho más allá de la objeción de Weigel es necesario recordar que el fundamento de toda ley política es la unicidad de la naturaleza humana, de la ley natural y de la condición política del ser humano. O sea: que sólo hay una naturaleza humana –la misma para todos–; que esa naturaleza una es el fundamento de la ley natural universal y que un aspecto constante de esa naturaleza y de esa ley es la condición política inevitable del comportamiento humano.
La ley divina positiva enseña que la sodomía es abominación (Lv 18, 22; Rm 1, 24-32), lo que confirma la ley divina natural. Ese tipo de conductas no sólo son dañinas para los que las realizan, sino que perjudican la vida común. Desde el punto de vista de la ley natural (también de la divina positiva) son, por lo tanto, comportamientos a proscribir de la ciudad, no a proteger.
Pero el personalista no sólo desconoce las exigencias racionales y morales de su naturaleza. Es, además, un pusilánime. “Si queremos que nos respeten tenemos que respetarles a ellos”, afirman cobardemente y en el pecado llevan (aunque no sólo ellos, lamentablemente) la penitencia. Pues la unción con la que respetan todo lo más despreciable se ve correspondida con un desprecio infinito por parte de los bujarrones.
El brigante

10 comentarios:
Perfecto. ¿Cómo, por otra parte, hacerles comprender la diferencia que hay entre un deseo y un derecho? Y todavía habría que hacerles ver que la abominación daña a la sociedad. Y, aún yendo más lejos, hacerle ver a un sodomita en particular que él, en particular, daña a la sociedad, aún cuando pudiese contra-argumentar una coyunda tan estable, tan discreta y tan privada como se quiera con uno de sus iguales. No es fácil discutir con ellos. Y cuando se refugian en el puro deseo de vivir así ¿qué puede hacer uno sino reafirmarse en la ley divina?
Brigante, muy de de acuerdo con todo lo que expone. Pero no se pierda la última moda de los neocoservadores católicos: por lo visto, hay que alegrarse de ser homosexual e incluso tomarlo como una bendición de Dios con tal de que no se practique, pues la tendencia en sí no es mala. Incluso argumentan que es positivo que los homosexuales católicos salgan del armario y lo proclamen con orgullo. Un ejemplo:
http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1112091109-homosexual-catolico-y-me-va-m
Buen día:
Estimado amigo, todo esto que usted comenta no es más que una fatal consecuencia de ese gran error que está a la base de la sociedad (disociedad diría Marcel de Corte)llamada moderna, y que consiste en haber erigido la libertad individual en nueva divinidad.
Hasta antes del triunfo del proceso revolucionario la libertad era una nota de la voluntad humana, nacida de la espiritualidad y universalidad del objeto de nuestra inteligencia, la cual nos permitía no estar necesariamente solicitados por ningún bien particular en cuanto tal.
La inteligencia abierta al ser, concebía el bien universal posibilitando así tender hacia él. Y ningún bien particular poseía la capacidad de aquietar, ni saciar, ni solicitar, ni doblegar de manera absoluta e inevitable nuestra voluntad, capaz del bien universal; y a eso se llamaba libertad.
El proceso revolucionario en su faz filosófica consistió ante todo en concebir en adelante la libertad humana como un poder espontáneo de autodeterminación absoluta, sin atender a realidades objetivas de ningún tipo. El hombre era ante todo Libertad, y ya no era la verdad la que nos hacía libres sino más bien la libertad (así concebida) la que nos hacía estar en "nuestra" verdad.
La vida pasó a ser proyecto. Y lo que cada cual hiciera con la suya se convirtió en un asunto eminentemente subjetivo, individual, privado, inmanente, etc.
Nada de extrañar que en una sociedad asentada sobre semejantes bases, aparezcan y se consoliden reclamaciones de todo tipo, incluso las más antinaturales que se puedan imaginar. El único papel del estado será garantizar el disfrute de cuanta reclamación se haga, olvidados ya del bien común.
Todo gira en torno de la definición de libertad.
Y es cierto que discutir con ellos es dificil. Porque es dificil discutir con alguien que se atrinchera en sus reclamaciones individuales, en medio de una sociedad organizada únicamente para satisfacer tales reclamaciones.
Laus Deo
¡Qué tema tan interesante!
Estoy muy de acuerdo con la tesis central del artículo, así que sobre ella no creo necesario reiterar ideas, pues Brigante las expone con una brillante mezcla entre claridad y concisión que la hace muy didáctica.
No obstante, eso mismo creo que inevitablemente supone renunciar en cierta medida a la precisión conceptual, como es lógico. Me refiero en concreto al concepto de "personalismo", ya que el mismo puede entenderse en un sentido estricto o en un sentido más amplio, puede hablarse de un personalismo humanista (que responde plenamente a la acertada descripción que hace Brigante en su artículo), de un personalismo vitalista (que va inccluso más allá de lo expuesto y que se basa en la ruptura total y el desarraigo del individuo como punto de partida hacia el superhombre) o incluso de un personalismo tomista (plenamente ortodoxo en la medida en que entiende que el proceso de "personalización" se corresponde con el de perfección cristiana, con la religación del hombre con Dios, etc.).
Y es que no es lo mismo el personalismo de Mounier o el de Nedoncelle, que el "humanismo integral" del Maritain maduro, que el personalismo de Ricoeur, el de Levinas o incluso, ya más cerca de nosotros, el de Zubiri o incluso el del personalismo neotomista -aunque esto sea matizable- del Maritain joven.
A mí me parece un tema realmente interesante y desde luego mucho más complejo de lo que, por necesidades de la brevedad perfectamente comprensibles, se muestra en el artículo (lo cual no quita para suscribir perfectamente su tesis central, por supuesto).
Yo precisamente por eso prefiero añadir -o utilizar exclusivamente, según los casos- la etiqueta de "humanismo" a ese personalismo negativo (y desde luego que yo creo que es el mayoritario) al que se refiere Brigante, mientras que entiendo que el "personalismo" correcto y ortodoxo también existe (aunque sea minoritario) y es el que entiende a la "persona" como un hombre en búsqueda de la perfección de la ley moral precisamente por su religación a Dios, un hombre que si elije el camino correcto se "personaliza" precisamente por usar la verdadera libertad -la orientada al bien y a la Verdad- para cumplir con su fin último, la salvación de su alma, y que se "despersonaliza" cuando usa mal de su libre albedrío.
Quizá si saco algo de tiempo (que lo que más me falta últimamente) un día de estos publique un artículo sobre el tema en mi blog.
Un saludo a Brigante y a los demáss comentaristas.
Caro amigo:
Me tomé el atrevimiento -de nuevo- de publicar su artículo.
No escaprá de Usted que en la Argentina el putimonio ya es un hecho, y aceptado por pseudo católicos.
En fin; que hay que seguir sacudiendo con el garrote.
Suyo en Cristo,
+
Hoy el listón me lo han puesto muy alto.
Querido Párvulo, en realidad, deseo y derecho pertenecen a planos tan diversos que lo difícil es confundirlos, aunque no estén inconexos del todo. Y además hay que distinguir entre deseos buenos y deseos malos (lo cual nos reenvía a los conceptos más rechazados por el sodomitismo: el de naturaleza y, derivadamente, el de ley –divina– natural). Los derechos políticos y privados se fundamentan en la naturaleza y por lo tanto, en principio su objeto suscita normalmente deseo. Esa concordancia constata la armonía de lo humano. El pecado original introdujo la concupiscencia y el desorden en la dinámica de nuestros deseos (que, naturalmente, codician lo ordenado). Pero insisto en que un correcto planteamiento del problema debe partir de la naturaleza y de la ley natural.
Usted pone el dedo en la llaga cuando señala que hay que hacer comprender que la abominación daña a quien la realiza pero el daño no se limita a él o ellos, sino que degrada la comunidad humana. También eso requiere de una profunda meditación sobre la condición social del hombre. No sólo existe una comunión de los santos, en el orden sobrenatural, sino que existe una cierta “comunión cívica” en el orden natural. Dado que el bien y el mal son más universales cuanto más espirituales (menos materiales), cuanto más abominable (orden espiritual) sea una falta más universal será su efecto envilecedor. Es cierto que yo no me hago culpable del acto depravado que comete otro, pero eso no quiere decir que la naturaleza humana (tan mía como suya) no sea humillada en su acto y que no se dificulte la comunicación del bien mediante la realización de actos malos. Ese nivel más profundo no es visible, pero no por eso es menos real.
Por supuesto que luego existen otros niveles (la conexión de una perversión con otra y la predisposición a comunicarla, depravando a otros) en los cuales también se manifiesta la malicia pública de un acto aparentemente privado, pero incluso eso, ciertísimo, está subordinado a la raíz del problema que es la espiritualidad y por lo tanto comunicabilidad sustancial del mal. Otra cosa muy distinta será la perseguibilidad de facto, la eventual colusión con otros bienes y hasta la consideración práctica de las dimensiones del mal a la hora de reprimirlo.
El último bastión argumental del sodomitismo es la pura afirmación de poder, pero eso propiamente no es un argumento, es una declaración de guerra a la inteligencia. No siempre, pues, hay que argumentar, sino cuando el otro está dispuesto a ello. También hay momentos en los que frente a la fuerza irracional sólo cabe el uso de la fuerza racional.
Abrazo enorme, amigo
+
Teodosio, el tema que planteas requiere –como casi todos en esta entrada– mucha precisión y matización. He leído el artículo que señalas. Hay una tesis suya que hay que compartir: quien padezca esa inclinación ha de vivir una castidad célibe. Hay sin embargo otros aspectos muy confusos, como por ejemplo una cierta equiparación de ésa con cualquier otra concupiscencia e, implícitamente, una banalización de la gravedad del mal moral al cual le hace propender esa inclinación. Con independencia de que el autor logre o no vivir esa abstención casta, que lo deseo, lo que no hace es afrontar en el artículo la gravedad del mal al que se siente inclinado ni la peculiaridad de ésa su inclinación. Las tendencias se miden por su objeto y es una peligrosa media verdad la de decir que los objetos que nos presentan todas las concupiscencias son malos (no en sí mismos sino en el modo de ser deseados ¡que lo son!) permitiendo implícitamente que pensemos que son malas en el mismo grado. Prefiero el viejo realismo que pone señales de peligro ante cualquier peligro, pero más grandes y más visibles cuanto más grave sea el peligro.
Una digresión: la inclinación desordenada, en cuanto no es secundada, es un mal relativo (secundum quid), no es un mal absoluto (simpliciter), como lo sería condescender en ella. Ese mal, visto en relación con el orden de la creación, es un bien en sí mismo (bonum simpliciter), pues la gradación que va desde las imperfecciones hasta lo más perfecto en la creación concurre al fin primario de ésta: dar gloria a Dios. Ese mismo mal relativo, visto en relación al sujeto concreto que lo padece, sigue sin ser un mal absoluto (mal moral), pero desde un punto de vista sólo natural no puede ser considerado como un bien, puesto que es una dificultad y un peligro (en este caso grave) para la consecución del bien propio. ¿Podría en absoluto llegar a verse como un bien? Sólo desde el punto de vista de la gracia habitual, que transfigura las condiciones naturales permitiéndonos ver en ellas la mano de Dios que nos salva. Eso, de todos modos, excluye toda frivolidad y toda jactancia en el tratamiento de una fragilidad tan peligrosa. Por lo demás estos y todos los demás cristianos, hemos de temer y temblar ante la consideración de nuestra salvación. Es lo que me parece,
Un abrazo y continúo cuando pueda,
+
Gracias, amigo Leonardo, por sus sabias palabras.
Abrazo de cofrade, desde la vieja Navarra
+Estimado Jorge,
Tienes razón en que el personalismo es tan heterogéneo que es irreducible, en sus bases metafísicas y en sus consideraciones antropológicas y prácticas, a la unidad. “Sin embargo –utilizo palabras más competentes que las mías, las del doctor Felipe Widow–, el personalismo como movimiento es más práctico que teórico, y es en la fundación de la praxis ético-política donde es posible encontrar una coincidencia esencial entre aquellas posturas teóricas divergentes (como ejemplos de esta coincidencia se pueden mencionar, entre otros, la afirmación de la primacía de la persona sobre el bien común, la proposición de los derechos fundamentales de la persona como fundante del orden político, o la centralidad, entre aquellos derechos fundamentales, del derecho a la libertad de conciencia). Y esta coincidencia en los principios prácticos obedece a un sustrato teórico común en la comprensión de la autonomía y la libertad humanas, actual o virtualmente presente en las explicaciones de cada una de las corrientes doctrinales personalistas. Ese sustrato teórico común corresponde a unas nociones de persona, autonomía y libertad que hunden sus raíces en el modo en que Kant explica la autonomía de la voluntad y en la subsiguiente afirmación kantiana de la persona como un fin en sí mismo”.
Y eso, añado yo, también se aplica al llamado “personalismo tomista”, todo él derivado del ideado por Maritain utilizando una errónea distinción formulada originalmente por el P. Schwalm y difundida por el P. Garrigou-Lagrange: la que establecen entre individuo y persona.
Los llamados “personalistas tomistas” no tienen menos dificultad que los demás personalistas para aceptar la primacía del bien común político sobre el bien particular de la persona. De ahí, por poner un ejemplo, sus piruetas para aceptar hipotéticamente la pena de muerte mientras de hecho la rechazan. De ahí también su dificultad para conciliar universalidad de la norma política con libertad individual.
Dicho sea con todo mi respeto intelectual y prevención ante un tipo como Maritain (por cierto, que las posteriores evoluciones de Maritain en nada desdicen sus postulados personalistas originales –de cuando ya no era tan joven–, tal como se deduce de su obra póstuma Approches sans entraves).
Gran abrazo,
+
Cofrade Esteban,
Alegría grande de saber de ti de nuevo. Sí conozco vuestros pesares, que son los nuesros.
Un fuerte abrazo,
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