jueves, 30 de junio de 2011

La primacía del bien común, raíz de la dignidad humana


Hemos dado las razones por las que la primacía del bien común es la raíz de la dignidad personal y, además, por qué en la persona creada esta dignidad está principalmente constituida por el correcto orden del amor (…) En todo esto hemos querido seguir a Santo Tomás de Aquino, pero también ser fieles a la experiencia común y a las lecciones de la naturaleza.

En su gran sabiduría, Santo Tomás percibió en la realidad creada un cierto tipo de orden inverso del ser y de la bondad. Las más altas perfecciones del bien se encuentran en los modos menos perfectos de existencia, de modo que el ser sustancial posee la más ínfima noción de perfección, al tiempo que la relación con el fin último posee la más alta noción de perfección, a pesar de que, entre todas las cosas, la relación parece tener la menor participación en el ser
En la persona creada esta perfección última se halla en una relación que se establece por un acto de razón. 
Como consecuencia, la persona creada alcanza su perfección última por vía de estratos sucesivos de perfecciones ascendentes: comenzando por la estable aunque encogida brizna de la existencia sustancial del individuo y ascendiendo a través de perfecciones cada vez más delicadas pero de mayor amplitud hasta alcanzar ese último bien que abraza todas las cosas actuales o posibles. 
Santo Tomás también comprendió la fundamental primacía causal del bien en relación con el ser, de manera que ubica la raíz de la dignidad personal en este último bien común y no en el terreno del acto sustancial de la existencia. 
La dignidad, para la persona creada, implica la participación en un orden más perfecto que el de su propio ser. 
 
[Tomado de la conclusión de la "Dissertatio ad lauream" presentada en 2006 por Fr. Sebastian Walshe O. Præm., en la facultad de filosofía del Angelicum. La obra lleva el expresivo título de "La primacía del bien común como raíz de la dignidad personal en la doctrina de Santo Tomás de Aquino".
Probablemente, la fundamental raíz intelectual del equívoco mortal en que nos encontramos hoy los católicos, de la incomprensión entre nosotros mismos y la incomprensión de nuestros auténticos "hermanos mayores", los católicos del pasado, yace en el punto que señala el norbertino californiano (¿de los USA puede salir algo bueno? Helo aquí). Se ha incrustado en nosotros hasta el tuétano la idea personalista de la dignidad sustancial como dignidad última del hombre. En tal caso, ya no se colige el sentido de un bien común, ni de la unidad católica, ni de un derecho público cristiano ni de la obedicencia social. Según esa doctrina, como todos tenemos la misma dignidad sustancial, con independencia de nuestra inserción o no en un orden de perfección política, con independencia de lo acertado o erróneo de nuestras ideas y de nuestros actos, la tolerancia no sólo se convierte en una virtud, sino en LA virtud. Pero de este modo, la demanda natural del hombre de alcanzar el bien natural más alto por el único modo asequible, su inserción en un orden social, se hace imposible, puesto que hemos destruido la legitimidad del orden social. El personalismo es hoy el enemigo número uno de la fe, pero también de la mera razón natural. D.m. seguiremos insistiendo sobre este asunto. El brigante].

1 comentario:

Coronel Kurtz dijo...

Excelente. Felicitaciones al autor. No pudo ser más claro.