¡Tssss! Silencio. Hagamos silencio, nosotros que sabemos que Dios nace esta noche. El misterio nos rodea y podemos despistarnos, con mil distracciones, sacando consecuencias, o hasta pensando grandes ideas.
Un niño nos ha nacido. Es nuestro Salvador. Oremos los unos por los otros ante el dueño de la vida, ante el pesebre.
Feliz, santa, pacífica y gozosa Navidad a todos los amigos de El brigante
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Los primeros cristianos concibieron el noble pensamiento de que, en el momento del nacimiento de Cristo, aquel preciso instante de aquella precisa noche, todas las estrellas del cielo se detuvieron admiradas y toda la creación contuvo la respiración en silencio. Ningún viento osó agitar los bosques, ningún río o arroyo se atrevió a desatar sus aguas. Hasta las olas del incansable océano no quisieron hacer ningún ruido ni continuar su movimiento cuando el Señor de la gloria se dignó entrar en forma humana en el mundo que había hecho.
Ojalá que el hombre, la mayor de las criaturas de Dios, se detenga un momento y aparte sus quehaceres y sus afanes para meditar sobre la cosa más grande que jamás haya sucedido, que Dios, eterno y sempiterno, nació hombre en Belén.
Los ángeles fueron los primeros en entregar al hombre la buena nueva del gran gozo, que Dios había venido a redimir a su pueblo. Pero es una lamentable debilidad del hombre la de que las grandes noticias frescas de hoy se le vuelven rancias al día siguiente. El hombre se enfanga hasta tal punto con tantos asuntos que, por mucho que se pasme por una noticia, la agitación de sus ocupaciones la saca de su atención y sólo presta atención a lo que se le va contando de hora en hora.
Los ángeles siguen maravillándose en el cielo con las mismas noticias que en su día les hicieron cantar Gloria in excelsis, pero al hombre, como un bebé, le basta con que le muestren un chispeante juguete, para rápidamente olvidar lo que había oído o incluso, si lo recuerda todavía, para perder su interés en ello.
J. P. Arendzen