viernes, 3 de diciembre de 2010

La fe reducida a obediencia, la inteligencia que renuncia a ver

El segundo carácter típico del modo de funcionar de la inteligencia contemporánea deriva naturalmente del primero; lo he llamado primado de la verificación en la verdad. Estamos más interesados en verificar la validez de los signos y símbolos que hemos fabricado que en nutrirnos de la verdad que nos muestran. ¿No se ha hecho sospechosa, para muchos filósofos contemporáneos, la misma palabra verdad? De hecho, nuestra inteligencia apenas se preocupa de las delicias y de las seducciones de la verdad, al igual que hace con las del ente; más bien se asusta de ellas, se detiene en la verificación, como se detiene en el signo.

¿Qué consecuencias acarrea, con respecto a la creencia, esta disposición de espíritu? La creencia descansa en el testimonio. Pues bien, creer no será para nosotros estar seguros de una cosa como si la hubiésemos visto, por la afirma­ción de un testigo digno de fe. Creer será para nosotros haber verificado que un testigo digno de fe refiere una cosa de la cual le dejamos la responsabilidad, y que aceptamos, es cierto, pero sin comprometernos personalmente en cuanto a su verdad. He aquí lo que conviene a la historia. Pero no a la fe. Pues en la fe me comprometo yo mismo acerca de la verdad de lo que se me ha dicho, estoy de ello más seguro que de mí mismo, porque es la propia Verdad Primera quien me lo ha dicho, por mediación de la Iglesia, que no es en esto más que una causa instrumental, un instrumento de transmisión de lo revelado, y que ella misma es objeto de fe: «id quod et quo creditur». 
«Hay tres cosas —ha escrito Santo Tomás— que nos conducen a la fe de Cristo: la razón natural, los testimonios de la Ley y de los profetas y la predicación de los Apóstoles y de sus sucesores. Pero cuando un hombre ha sido conducido así, como de la mano, hasta la fe, puede decirse entonces que no cree por ninguno de los motivos precedentes: ni a causa de la razón natural, ni a causa de los testimonios de la Ley, ni a causa de la predicación de los hombres, sino solamente a causa de la misma Verdad Primera... De la luz que Dios infunde procede la certeza que posee la fe» (In Joann, IV, lect. 5, a. 2).
Así es como quien recibe la gracia de la fe oye en su corazón la voz del Padre, es sobrenaturalmente iluminado por el lumen fidei, se adhiere con un solo y mismo movimiento a las verdades objetivas propuestas por la Iglesia, y en una relación inefable de persona a persona se confía totalmente a Dios, Verdad Primera, y se refugia en Cristo Salvador. Sin embargo, hay creyentes cuya fe consiste sólo en aceptar lo que la Iglesia les enseña, dejando a la Iglesia la responsabilidad y sin comprometerse ellos mismos en la aventura. Si inquieren lo que la Iglesia tiene por cierto, es con el fin de estar informados acerca de las fórmulas debidamente verificadas que se les pide que acepten, no con objeto de ser instruidos en las realidades que les dan a conocer. Dios ha dicho ciertas cosas a la Iglesia; ésta, a su vez, me las comunica; es asunto de ella, a mí no me incumbe en absoluto; yo suscribo lo que se me dice, y cuanto menos pienso más tranquilo estoy. Poseo la fe del carbonero, y me envanezco de ello. Al final, una fe semejante ya no sería en modo alguno conocimiento, sino solamente obediencia, como quería Spinoza. Y yo no creo en el testimonio de la Verdad Primera instruyéndome en lo interior por medio de las verdades universalmente propuestas por la Iglesia. Creo en el testimonio de la Iglesia como agente separado, en el testimonio de los Apóstoles tomado separadamente del testimonio de la Verdad Primera, que ellos escucharon, pero que a mí nada me dice; creo en el testimonio de los hombres. ¿Dónde está, entonces, la fe teologal? También aquí la manera en que funciona la inteligencia en la fe tiende prácticamente a evacuar la fe. Tam­bién en esto tenemos que habérnoslas con una inteligencia que en su manera general de operar ha renunciado a ver, y que, por ello mismo, falsea las condiciones de ejercicio de la fe. Pues la fe que cree y no ve, reside —en dependencia de la voluntad movida por la gracia— en la inteligencia, cuya ley es ver. A eso se debe que sea esencial para la fe no estar tranquila, sino sufrir una tensión, una inquietud y un movimiento a los que únicamente la visión pondrá fin. Credo ut intelligam. La fe es, por esencia, un movimiento impetuoso hacia la visión, razón por la cual pide abrirse aquí abajo en contemplación, convertirse por el amor y los dones en fides oculata, pasar a la experiencia de lo que conoce «por enigma» y «en un espejo». A decir verdad, la fe nunca tiene los ojos cerrados. Los abre en la noche sagrada; y si no ve, es que la claridad que llena esta noche es demasiado pura para una mirada que no está todavía divinizada.

Jacques Maritain

[Segunda parte. Aquí, la primera. D.m. el próximo día 7, la tercera y última].

6 comentarios:

Anónimo dijo...

En definitiva, siguiendo al brillante Maritain (porque a pesar de su personalismo y consecuente democratismo siguió teniendo destellos luminosos, como es el caso de su librito sobre filosofía de la educación, donde su deriva no llega a opacar aquellas ajustadas reflexiones), te has metido en el tema de la idolatría más difícil de descubrir. La idolatría del ortodoxo.

Me trataré de explicar: la situación de la Iglesia de las últimas décadas hizo brotar grupos "de derecha". Los que se adentraron en ellos (no me refiero a todos los grupos ni a todos sus adeptos) se consideraron salvados por "pertenecer", tan solo porque estaban en un lugar más prolijo y ortodoxo que la infectada iglesia diocesana donde el párroco a todas luces era un poroto comparado con Arrio.

Este "sentarse" plácidamente sobre la estructura los convirtió en seres absolutamente irresponsables ante Dios. Ya no había una relación estrecha con él, ni dimensión mistérica de Dios, sino un pertenecer a una congregación donde porque aun se usaba sotana (como corresponde) "estamos salvados", y el árbol les tapó el bosque.

Lógicamente, como reflexiona Maritain, esto termina es un remedo de obediencia que no es precisamente la que enseña Castellani es su genial Ruiseñor Fusilado.

Llegaron así a adherir sin chistar a lo que aseguraba el fundador de una orden, y si esa orden había conseguido la regularización canónica con el Papa X, a considerar de fe lo que éste delire... "porque la primer virtud es la obediencia" (?)
¿Obediencia a quién?
¿Por qué?

Así mezclaron las cosas de Dios con los inventos humanos … y esta mezcla, se conoce con el nombre de idolatría.

El seguir las reglas sin una fe auténtica, vivida, pensada, una fe seca, deriva en idolatría aunque se repita como loro un catecismo seguro (que no son todos).

Grupúsculos de otro matiz que los antes mencionados, como los híper duros …, hoy caen también en esto. Al punto que han llegado a alzar banderas porque la Misa de Siempre es llamada Extraordinaria, lo que, según ellos, hace de suyo malo al M.P., cuando, conozco parroquias llenas con estas misas de gente auténticamente piadosa e inteligente. De gente "independiente", que "no está salvada" por el solo hecho de haber seguido a un cura de seso dudoso y emocionalmente desordenado, y lo "nominal" les tapo la gracia.

En fin, para terminar, y sé que me meto en camisa de once varas, recomiendo al momento en que nos abramos a la responsabilidad personal ante Dios -que no nos salvaremos en masa-, cuando intentemos la intimidad con Dios que va más allá de formulas dogmáticas que se repiten como robot, a la buena filosofía existencialista: Marcel, Kierkegaard, Thibon...

"Sentir" sin sensiblerías, pero sentir. No solo "decir que adhiero" o "pertenezco".

Pienso ahora en El Silencio de Dios, del inmortal Rafael Gambra.

Un abrazo,

El Carlista.

Anónimo dijo...

Hay también una cuota de pelagianismo en el "pertenecer". Se olvida la gracia para darle preminencia a la congregación como camino de salvación.

Conozco gente que asegura que "los auténticos fieles son los que escuchamos misa con algún sacerdote sedevacantista en tal o cual apartamento adaptado a tales efectos".

El rito podrá ser válido, pero la liturgia y la alabanza como objeto convocante queda en segundo plano, pasando al primero el hecho del apartamento! Allí hay alabanza a sí mismos. He allí la idolatría disfrazada de ortodoxia. El orgullo de pertenecer...

Eso es inmadurez en la fe, como se mencionó más abajo, y cobradía. La cobardía de necesitar un refugio salvador que evita el salto.

Una fe sin espiritualidad y solo con gestos. Sin interioridad.

el brigante dijo...

+Querido correligionario,

No nos apresuremos. El texto de Maritain, pronunciado, antes que escrito, en 1948, se sitúa en un plano mucho más básico: detecta una enfermedad de la inteligencia moderna y analiza la influencia que tiene en el acto de fe.
Antes de ir rápidamente a encontrar aplicaciones "en los otros", me parece muy importante que reflexionemos sobre la difusión de este defecto de la inteligencia, sobre el modo en que nos afecta a nosotros.
Lo cual me llena de silencio.
Luego, claro que servirá para comprender mejor la crisis en la que nos hallamos.
No te trata de que este morbo afecte más a los "duros" (muchos piensan que yo lo sea) o a los "blandos" (no faltan quienes también lo piensan de mí...). Ni es cuestión de grupos de "derecha" o de "izquierda" o de "centro" eclesiástico.
La fijación en el signo y la primacía de la verificación en la verdad se detectan por todos los lados, aunque quizás no en el mismo grado...
Por otro lado, querido amigo, no puedo unirme a usted en la admiración a lo que llama "buena filosofía existencialista" (que para mi es un oxímoron, como el fuego helado), sin que por eso deje de admirar las bondades en los autores que menciona.

Anónimo dijo...

Bueno, es que por eso mismo advertí tener claro que me metía en camisa de once varas.

Es que por aquí hemos canalizado el existencialismo, en particular a Kierkegaard, vía sus obras y las del P. Castellani, particularmente, de su de Kirkegor a Tomás de Aquino (el escribía "Kirkegor" a quien llamó "hermano en la fe").
Insisto en que esto es normal por estos lares, pero no me extraña la perplejidad que pueda causar por otros.

Creo que no es necesario aclarar que del existencialismo cristiano no pretendo una ontología, que no la tiene, sino otras cuestiones donde solo éste se introduce, que yo sepa.

Un abrazo,

El Carlista.

el brigante dijo...

+
Querido cofrade,

Probablemente no debí aludir al existencialismo en mi comentario.

Lo que me interesa con esta entrada es reflexionar sobre lo que dice Santo Tomás de que, cuando un hombre (sano) ha sido conducido así, "como de la mano, hasta la fe, puede decirse entonces que no cree por ninguno de los motivos" que le condujeron a la fe, incluida la predicación de los sucesores de los Apóstoles, "sino sólamente a causa de la misma Verdad Primera". La lumen fidei llega de varias formas, pero establece una auténtica posesión personal de la verdad, que ya no depende del modo en que nos llegó. Eso permite comprender mejor la frase de San Pablo a los Gálatas (1,8): "aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciásemos otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema".
Ahí radica la diferencia entre el "Credo in Unum Deum" y el credo "Ecclesiam": creo en Dios y creo a la Iglesia. Diferencia que hoy se hace difícilmente perceptible y comprensible para nuestras inteligencias, incluso para las de quienes nos resistimos al mal que señala Maritain.
Mucho antes del concilio ese problema existía. Esa especie de desentendimiento estremecedor: yo creo en lo que diga la Iglesia y lo que diga es cosa suya. No digo que moralmente tal actitud no tenga un fundamento, pues, por ejemplo, la voz del Magisterio supremo es la regla próxima de la fe. El problema es la inercia a que puede dar lugar: al no tomarnos seriamente el papel de la autoridad como conductora del acto de fe personal, el resultado es la pérdida de criterio personal, el exceso de celo clerical...
Todo esto, que Maritain vio hace 60 años, yo lo he visto agudizado, a "izquierda" y a "derecha".
Perdón por la extensión. Pero creo interesante desgranar este asunto...

In Domina

Anónimo dijo...

Amigo, estoy totalmente de acuerdo con estos extractos de Maritain y contigo.

Es cierto que la entrada no se refería a un análisis de la situación actual de la Iglesia, pero es una deformación mía el no poder evitar darle aplicación práctica a la reflexión filosófica. De todos modos, tienes también razón en que más que suficiente hubiera sido darle una aplicación reducida a nosotros mismos.

También es cierto que lancé algunas reflexiones al voleo que, si bien las mantengo, hubiese podido ser más claro procurando una explicación más meditada. Por ejemplo, no hubiese dejado de lado a “la izquierda”. Aunque creo que la izquierda es tan a todas luces réproba, que es casi en vano tratar de ver de qué lado les viene el error. Les viene de todos lados sin liturgia, sin dogmas, antropocéntrica, inmanentista… ¡Es que hay tantos modernismos como modernistas!, ni entre ellos se alinean.

En cambio, analizar los errores de la derecha es más fructífero, pues: 1º tiene solución, la izquierda no. 2º es más difícil notar sus errores (son menos palmarios) y sus causas. 3º hay en el fondo una nobleza, una actitud lúcida tendiente a despegarse del error que luego pudo derivar en otros. Es que aquí todos somos víctimas. El maremoto vino de arriba y nos inundó a todos. 4º me consta que es útil decirle a un tipo de Misa Tradicional: “cuidado amigo, que el árbol no te tape el bosque, que la elección de la misa no te tape la alabanza, que no evitas la impiedad por tus propios gustos, sino porque entiendes que a Dios se le rinde alabanza con el culto debido, Él es el centro. No lo eres tu, ni la misa que con buen criterio eliges, ni la congregación que hace posible esto y que tuviste que defender con uñas y dientes. Que esta defensa –humana- de la Tradición no te eclipse la gracia –divina- Que si te gusta afirmar con Sta. Teresita y Bernanos que “todo es gracia”, debes ser consecuente con ello teniendo claro que el humanismo idólatra no es exclusividad zurda“.

Un abrazo y perdón por esta vuelta a la crisis de la Iglesia.

El Carlista.