martes, 7 de diciembre de 2010

La crisis profunda: la inteligencia que perdió el hábito de conocer lo real

Precisamente porque es una virtud sobrenatural infusa en la inteligencia, no es sorprendente que los modos accidentales según los cuales funciona ésta, en tal o cual momento del devenir humano, tengan tendencia a afectar a la misma fe en sus condiciones de ejercicio. Y como acabo de decir, antes resulta afectada para mal que para bien por la manera de funcionar de la inteligencia contemporánea. Un sacerdote amigo me decía que, según su experiencia del confesionario, muchos de los casos de dudas y vacilaciones en la fe, no tienen nada que ver con las auténticas pruebas de la fe; tienen su origen en los hábitos de la inteligencia moderna que he tratado de caracterizar hace un momento.
Y se preguntaba si las almas a las cuales hacía alusión habían tenido jamás fe de un modo verdadero. Sea como fuere, está claro que hoy día el espíritu de fe debe remontar las pendientes de una inteligencia que ha perdido el hábito del conocimiento del ente. Y, sin duda, es posible que una fe heroica sea tanto más pura y sublime cuanto más contrario le sea el régimen general de la inteligencia en que reside. Por lo demás, la fe pide, de suyo, para encontrarse en condiciones de ejercicio normales, residir en una inteligencia que, a su vez, haya vuelto a encontrar su clima normal. Una inteligencia exclusivamente formada en los hábitos mentales de la tecnología y de las ciencias de los fenómenos no es un medio normal para la fe. La inteligencia natural, la que trabaja en el sentido común, se centra espontáneamente en el ente, como lo hace la filosofía de un modo sistemático y reflexivo. Jamás han tenido los hombres mayor necesidad del clima intelectual de la filosofía, de la metafísica y de la teología especulativa; por esto es, sin duda, por lo que parecen tenerles tanto miedo y por lo que se pone tanto cuidado en no espantarles con ellas. Sin embargo, son el único medio de restituir la inteligencia a su funcionamiento más natural y más profundo, y con ello orientarles de nuevo por el ca­mino propio de la fe.

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[…] si tuviésemos el espíritu de fe; si nuestra fe no fuese anémica y miserable; si encontrara en nosotros las plenas condiciones de ejercicio que reclama de suyo; si informada por la caridad para ser virtud perfecta, informara ella misma toda nuestra vida intelectual y moral, la unidad trascendente de la fe viva extendería entre nosotros la unidad a todos los grados de nuestras actividades huma­nas, pero de la manera misteriosa y oculta, libre e interna, y bajo la modalidad trascendente que es propia de la fe; no por un conformismo o una ordenación cualesquiera, no de un modo visible y formulable y que la mano puede asir, sino por los medios enteramente espirituales y bajo el soplo invisible de las operaciones de la gracia. Unidad causada por la fe en las cosas que no son de fe, y, por tanto, unidad de inspiración, más bien que de doctrina o de conducta objetivas. No hay código ni sistema capaz de explicar semejante unidad; nace en las fuentes del alma, como esa paz que Jesús da y que el mundo no puede dar.
La unidad de que hablo comporta cierta actitud con respecto a la verdad. Una actitud muy sencilla, evangélicamente sencilla, de simple espíritu. Tener el candor de preferir la verdad a todo oportunismo intelectual y a toda bellaquería, ya se trate de filosofía, de teología, de arte o de política, requiere purificaciones más radicales de lo que suele creerse.

Jacques Maritain
[Tercera y última entrega de la serie de Maritain sobre la crisis de la inteligencia de la fe. Aquí, la primera. Aquí, la segunda].

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