miércoles, 8 de diciembre de 2010

El voto de sangre por la Inmaculada


Gloriosa dicta sunt de te, Maria; 
quia fecit tibi magna qui potens est
(Cosas gloriosas se han publicado de ti, María, 
porque el Todopoderoso ha hecho en ti cosas grandes).

La Virgen, María Santísima, ha sido, desde los albores de la vieja España, el objeto de nuestros amores más delicados y más guerreros. Desde los versos del calagurritano Aurelio Prudencio (“Porque habiendo merecido ser Madre de Dios, la Virgen triunfa de toda ponzoña, mientras la serpiente yace innoble y a sus plantas enroscada, verde como el césped sobre el que arroja inútilmente su veneno…”) a la bárbara ortografía del labriego catalán que sobre la fachada de su masía trazó la enamorada rima:
                        Ningú pace aquest portal
                        Que no juri per sa vida
                        Cer concebuda María.
                        Cens pecat original
España ha amado mucho a la Inmaculada Concepción de Santa María y ahora que ya no la ama, naturalmente se desdibuja, se deshace, por haber desertado del amor primero, del afecto que principalmente la ha sostenido siempre.
En este día de gozo transparente en el cielo y de gozo olvidado en la tierra, quiero recordar aquellos otros en los que nuestra patria hervía de celo amante por los privilegios de María. Recordar para nuestra vergüenza de hoy, para avivar en algunos corazones la sanguínea pasión hispana por la Reina sin mancha. Así se lo pedimos hoy, ante el altar de su Hijo.
España, si ha de pervivir, será mariana, concepcionista e intransigente en punto a las glorias de la celestial doncella. Si no, qué podrá ser España.
Entre los rasgos típicamente hispanos del celo inmaculista, en nuestra patria se hizo popular la piadosa práctica del voto de sangre por la Inmaculada. Dice el Padre Ferreres que era tal el entusiasmo de los antañones españoles en su creencia del singular privilegio mariano que no se contentaban con cualquier obligación, sino que se ofrecían al voto de sangre, llamado sanguinario por sus adversarios. Esto es, se obligaban a dar su vida y a derramar su sangre, si fuera necesario, por defender este admirable misterio. La gloria de este voto débese a la Universidad de Granada, que fue la primera en hacerlo por estas palabras: Et pro hac piissima veritate, sanguinem, si oportuerit, profundere, et mortem subiré non recusabo (Y en defensa de esta píisima verdad no rehusaré derramar mi sangre y dar mi vida, si necesario fuere). Este mismo voto hizo el 15 de agosto de 1624 la ciudad de Palermo con sus cabildos eclesiástico y secular. También el 25 de marzo de 1646, Juan IV de Portugal y las Cortes Generales del Reino se obligaron con voto a defender la Concepción Inmaculada de María hasta derramar la propia sangre si necesario fuera. Voto al que se adhirieron todas las catedrales portuguesas, comenzando por la metropolitana de Lisboa. Con el voto de sangre se obligaron también las ciudades de Madrid y de Tudela, la de Catania, la órden militar de Montesa (también la de Santiago y parece que además las de Calatrava y de Alcántara), la Cofradía de Jesús Nazareno de Palencia, la de la Inmaculada Concepción de Sevilla y tantas otras.
“Con el mismo voto y juramento –continúa el Padre Ferreres– se obligó la ciudad de Manresa en 1618, fins a perdre la vida i la hasienda. Este mismo voto y juramento hicieron las Cortes de Castilla con el Rey Felipe IV en Madrid, año 1621, obligándose todos a defender el misterio hasta donde alcanzaran sus fuerzas; voto y juramento que volvieron a hacer las cortes españolas en 1760, con Carlos III, las cuales expusieron a Su Santidad Clemente XIII que siendo muy pocos los vasallos del Rey católico que no estén incorporados a alguna órden militar, Universidad, Ayuntamiento, Colegio, Cofradía u otro cuerpo establecido legítimamente, se observa en todos ellos con el mayor cuidado que al entrar haga cada uno juramento solemne de sostener y defender con todo celo, hasta donde alcancen sus fuerzas, el misterio de la Inmaculada Concepción.”
Le pido a María Santísima, en el misterio de su Inmaculada Concepción, que no permita que se apague este nuestro mejor amor y que haga brotar en nuestros pechos una pasión igual a la de nuestros antepasados, para reavivar nuestra fe y también nuestra moribunda patria.

El brigante

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tampoco quedaron atrás los Colegios de Abogados, como el de Madrid, que exigían a los abogados para poder ejercer en su jurisdicción que jurasen la Inmaculada Concepción de María Santísima.

"Alabado sea el Santísimo
Sacramento del Altar
Y María concebida
Sin pecado original.

Démosle al contrario guerra
Cantando con alegría,
¡Viva en los cielos y tierra
La Concepción de María!"

Felicidades y fuerte abrazo
José B.