martes, 16 de noviembre de 2010

La utopía odia el orden natural y odia la vida humana

La utopía, en todas sus formas y variantes, es siempre enemiga de la vida moral humana y, al final, hasta de la mera vida humana, a secas. El utópico es el insatisfecho peligroso que, so capa de reformar el mundo, lucubra deducciones infinitas sin nexo alguno con la realidad y la experiencia. ¿Que la verdad, la naturaleza y la inducción más elementales nos señalan la dirección contraria? Peor para todas ellas. La violencia y la saña a la que pueden llegar los filántropos no conoce igual en los anales de la delincuencia común. Acostumbran estos benefactores de la humanidad a dejar tras de sí un reguero de sangre, espeso como su soberbia.
La bestia negra de los utópicos es el “sentido común”. Hace ya mucho tiempo que los utópicos más delirantes están al timón de nuestros gobiernos. Pero, piénsese que la clase dirigente de las revoluciones y de los regímenes utópicos está formada por los “ofendidos” imaginarios, por marginales y asociales, incapaces de ceñirse a la regla común de la obediencia moral. No es infrecuente que en tiempos de revolución sean los pervertidos, los lunáticos, los ineptos, las meretrices o los contrahechos los que vean en esos falsos ideales utópicos la ocasión -que creían definitivamente perdida- de redimirse socialmente. Y así las depuraciones más feroces las dirigen los incapaces más palmarios, encendidos por un celo febril. Y así, también, las ideologías más odiosas ofrecen la oportunidad al cornudo y al tímido patológico de convertir su rencor en motor de una catarsis social diabólica. Sea el feminismo, la alianza de civilizaciones, la eugenesia luciferina, los derechos polisexuales, el animalismo o la llamada violencia de género, nos ofrecen el espectáculo de la iracundia cuasi sagrada aureolando los rostros más ramplones, marcados por la frustración, pero que parecen elevarse hasta el séptimo cielo de la indignación utópica mientras pontifican desde su ignorancia.
Pero guardémonos de menospreciar a esta morralla, pues de esa sentina surgen las levas que están acabando con los últimos vestigios de la vida tradicional, racional y conforme a la naturaleza. Bueno, de ahí y de la tibia connivencia de los católicos liberales, siempre tan preocupados por dar la perfecta inclinación cervical ante el poder constituido, venga de donde venga.
La furia utópica no descansa y, lo que es peor, cada vez encuentra menos resistencia para alcanzar sus objetivos de refundar la realidad al margen de la ley natural.
Disipemos rápidamente el conjuro brujeril de quienes piensan obrar conforme a su deber humano y cristiano desgañitándose para defender como última Thule moral la oposición al aborto provocado y a lo que vagamente denominan “familia” (incluyendo una relativa libertad de iniciativa educativa y el matrimonio). No es que esos bastiones no formen parte irrenunciable de la ley natural, en cuya defensa, por cierto, cabe un mayor recurso a la fuerza del que se estaría dispuesto a admitir desde esa trinchera (la violencia es mala, venga de donde venga, nos amonestarían, repudiándonos). El problema es que la moralidad natural es un todo coherente e irrenunciable en sí mismo. No sólo en sus expresiones normativas (haz esto y evita aquello), sino, y esto se olvida frecuentemente, en sus condiciones de ejecución. La exigencia de la moral natural –la moral normal en el sentido natural– ni se ciñe a esos dos ejes de “familia” y “vida” (ni menos al esquelético mínimum con que se presentan), ni se limita a las obligaciones mismas, sino que abarca todas las condiciones previas que permitan ese cumplimiento. Ése es el fundamento de la doctrina política católica y no ningún capricho autoritario.
No se trata de confundirse sobre la viabilidad social de estos reclamos. Hace demasiado tiempo que cruzamos todos los límites y toda futura y eventual reconstrucción, salvo milagro, será dolorosa, dura, combatida y lenta.
Se trata de no confundirse sobre la naturaleza de nuestra moralidad ni sobre el alcance de nuestra doctrina. Como diría Madiran, se impone un gran esfuerzo de clarificación. Antes de nada.

El Brigante

12 comentarios:

Jose dijo...

No sé qué tendrá que ver defender también los derechos de los animales y los derechos de minorías sexuales con las utopías del XIX y el XX. Creo que nada, ya que no pretenden transformar a la sociedad para llevarla a un imaginado y no comprobado paraíso terrenal, sino modificar algunas normas jurídicas para mejorar el trato con algunos individuos.

Su crítica se basa en eso que llama la 'moral natural'. Yo le digo que creo que gran parte de sus creencias morales son erróneas.

el brigante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
el brigante dijo...

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Las utopías no lo son porque aspiren a paraísos soñados, sino porque sueñan la realidad. Ese aparentemente banal juego es trágico y acaba en lucha encarnizada contra los defensores de la "moral natural".
Las utopías no son del s. XIX o del XX. Un poco antes se escribieron la Nueva Atlántida, La Ciudad del Sol, o la arquetípica Utopía de Moro.
Lo que usted llama "derechos" de los animales o de las "minorías sexuales", nada tiene que ver con la virtud de la justicia (ius suum cuique tribuere) sino con las agendas de esas funestas ensoñaciones que, lamentablemente, hoy vemos triunfantes.
Dice usted que "gran parte" de mis creencias morales son erróneas. ¿Erróneas porque contradicen la naturaleza? ¿o más bien, porque afirman que existe una naturaleza de las cosas, en cuyo caso, "erróneo" sólo significa "contrario al sentido de la Historia", tal como usted la concibe.
Una cosa está clara: no es posible que sus convicciones (que no creencias) y los míos sean verdaderos al mismo tiempo.

Jose dijo...

En efecto, como Ud. dice la moral es obejctiva, por lo que dadas dos creencias morales incompatibles, una de ellas es encesariamente falsa. Es decir, como Ud., yo rechazo el relativismo moral.

Creo que hay creencias morales que están más justificadas que otras. Por ejemplo, creo está moralmente injustificado causar daño a un perro por diversión. Esto es así porque creo que el hecho de que una acción cause daño a otro ser, humano o no, nos da una razón moral para no hacerla. Y que, por tanto, no la debemos hacer a nos er que haya razones morales de más peso que apunten en la dirección contraria. Por ejemplo, para este caso, que a no ser que matemos al perro, éste matará a un niño de 8 años. Creo que la diversión que me peuda causar el dolor del perro no me da una razón moral para causarle dolor. Así, está injustificado causarle dolor. No debo hacerlo. El perro tiene un derecho moral a que no le cause dolor aunque, desde luego, jamás podría reporcharme el no respetarlo.

Si me presenta un razonamiento moral mejor que éste que muestre cómo está justificado hacer daño por diversión a un animal, concederé que estaba equivocado.

Así, no creo que la verdad de las creencias morales dependa de cuestiones metafísicas profundas como 'el sentido de la Historia' o 'la naturaleza de las cosas'. Puedo estar equivocado, claro, pero entonces le pido que me explique cómo puedo conocer la naturaleza de las cosas, entendiendo que por naturaleza no se refiere al conjunto de los hechos del universo y las leyes físicas en que se ordenan.

el brigante dijo...

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Todo implica una metafísica. Usted afirma:“Creo está moralmente injustificado causar daño a un perro por diversión”. Yo respondo: “Yo también lo creo”. Pero esa verdad moral (obtenida por la más elemental de las inducciones) usted –que como yo quiere argumentar, hacerse entender– la justifica: “el perro tiene un derecho moral a que no le cause dolor”. Eso ya no es una inducción, sino –discúlpeme– una deducción de una premisa implícita basada en un presupuesto ideológico y utópico (“los animales son sujetos de derecho” “el derecho es un mecanismo de protección de los seres más débiles”, o lo que se quiera).
Yo hago otro razonamiento para concluir eso mismo: el hombre es el único ser de la naturaleza que tiene obligaciones y derechos, que se fundan en última instancia en su misma condición de persona.
Por lo tanto, el hombre, único ser libre en la naturaleza, es responsable de toda la creación, que no es libre. Las cosas están al servicio de los fines del hombre y por lo tanto, la libertad humana en relación a las cosas y animales puede estar a la altura de su naturaleza (uso) o pervertirse abusando de ellos a su capricho.
Por lo tanto, está moralmente injustificado dañar a un perro por diversión, porque contradice la naturaleza humana, en concreto las obligaciones morales del hombre hacia las cosas y seres vivos. Es, pues, un acto inmoral, pero no porque el perro tenga una dignidad personal, sino una cierta “dignidad” material (es una “cosa” más valiosa que una piedra) y por lo tanto, el hombre se envilece con un acto de abuso.
(sigue)

Jose dijo...

Hola,

En primer lugar, creo que estamos de acuerdo en todo. Digo esto porque cuando yo decía que le perro tenía un derecho a no ser dañado por diversión no quería decir nada más ni nada menos que 'todos tienen el deber de no dañar al perro por diversión'. Así, no pretendía sostener que los perros tienen una dignidad como nosotros, tal y como esto se suele entender, ni que son sujetos de derechos tal y como esto se entiende con los seres humanos.

En segundo lugar, fíjese que llegamos a la misma conclusión moral partiendo de concepciones del mundo muy diferentes. Es en este sentido que digo que no hace falta comprometerse con una metafísica para poder dirimir entre creencias morales verdaderas y falsas.

Por otra parte, déjeme apuntarle que también es posible discutir entre creencias metafísicas y mostrar que unas están más justificadas que otras. Por ejemplo, Ud. sostiene que el ser humano es libre y que eso lo diferencia del resto de animales. Sin embargo, puede que la creencia en el determinismo esté más justificada que la creencia en el libre albedrío dado el resto de nuestras creencias sobre cómo es le mundo. O que, dado el resto de nuestras creencias sobre cómo es el mundo, sea más coherente no creer en la divinidad que sí creer en ella.

Un saludo y gracias.

el brigante dijo...

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José, un matiz importante, creo: en realidad no llegamos a la misma conclusión moral desde concepciones del mundo muy diferentes. Es más bien al contrario: realizamos una inducción natural idéntica y a partir de ahí, nuestras explicaciones difieren. En mi caso la instrucción moral revelada que recibí como cristiano concuerda perfectamente con las generalizaciones de esas inducciones elementales (ley natural). En el suyo, ignoro cómo encajan su experiencia más elemental con su concepción del mundo, ni de dónde proviene ésta. Sencillamente, no lo sé. Pero sé que todo lo que no sea conforme con esa experiencia colectiva de inducciones elementales que nos lleva a descubrir la naturaleza de las cosas, es ideología y en última instancia, utopismo.
Claro que hay que discutir y descubrir la metafísica más conforme con lo real. No todos los juicios morales son tan sencillos y tan elementales como el que usted ha presentado. Por eso, una correcta prueba inductiva conduce a premisas seguras para deducciones morales complejas. En otras palabras: de una mala metafísica y de una mala teología se derivan no pequeños desastres, también morales.
Como decía el abad Vonier, en realidad sólo existen dos formas de concebir la realidad: el monismo y el dualismo (paradigmáticamente: el panteísmo y el catolicismo). Todo lo demás son gradaciones que se encuentran entre medias de estos dos polos. El monismo es determinista y en el fondo ateo (tal como usted sugiere) y para afirmar eso tiene que prescindir de la experiencia común, de la inducción elemental, y decir que todo es “maya” (apariencia): la individualidad, la libertad, la causalidad no serían más que apariencias. Detrás del velo de maya estaría la realidad: todo hombre sería un dios que se ignora…
Prefiero no despegarme de mi razón, aplicada a lo contingente tanto como a lo necesario, y por supuesto de mi fe, católica. La única religión verdadera y que lleva al cielo.
Cordial saludo.

Anónimo dijo...

El querido Brigante nos dio una lección de caridad.

Al menos yo, luego de leer "el perro tiene un derecho moral"... hubiese contestado de forma mucho más brutal que virtuosa, casi como un par del can.

Un abrazo,

El Carlista.

Anónimo dijo...

El señor Jose lleva la discusion para otro lado.

El Orden Natural de manera alguna implica "dañar un perro por diversion", solo quiere decir que en el caso en que deba optarse por la vida de un hombre o la de un perro, siempre se elige la primera.

Yendo a la famosa frase "minoria sexual", tampoco ello implica que deban ser golpeados los maricones cuando se los ve por la calle. Pero el Orden Natural implica tolerar esa aberracion, pero de modo alguno su apologia o el intento de conseguir mas adeptos, en especial entre los niños, como se viene haciendo desde los propios gobiernos.

el brigante dijo...

+

Correligionario, eres un amigo. Gracias.

Al anónimo: la frase "minoría sexual" no obedece a ninguna realidad jurídica, sino a diferentes desórdenes y a una agenda ideológica, utópica y antihumana.
De ninguna manera el "orden natural" implica que debamos "tolerar esa aberración". Más bien implica, como principio, lo contrario.
Si algo es una aberración moral la ley natural no puede imperar su tolerancia. El tema de la tolerancia, apasionante, sólo indirectamente tiene que ver con la ley natural, pues de lo que se trata con la tolerancia es siempre de evitar males mayores en el caso concreto, no de tolerar por principio ningún mal y menos uno de la dimensión del que usted habla.
Saludos.

Anónimo dijo...

"la tibia connivencia de los católicos liberales, siempre tan preocupados por dar la perfecta inclinación cervical ante el poder constituido, venga de donde venga."

Tienes más razón que un santo, brigante

Anónimo dijo...

Muy buena nota, mi amigo. Comparto en su totalidad.
Nano