domingo, 8 de agosto de 2010

Pon arriba tus ojos, siempre arriba

Mi paisano Ángel María Pascual glosó viril y genialmente el “amor de disgusto”. Ensartado de caridad celeste, quizás resulte ahora el único amor creíble, humano, en esta edad de esperpento y de eclipse.
Amor de disgusto y gozos de destierro es la colación que nos toca. Bendito sea el divino racionero. ¿Quién en su sano juicio no estará reconocido y obligado? El que no quiera eso, a mano tiene la distracción imbécil y culpable. También, cómo no, se pueden soñar paraísos ficticios, meapilas y pastoriles, abriendo los ojos sin ver nada de la que está cayendo.
Los versos del Envío sobreviven hoy mejor, libres ya de la ganga de ideologías confusas y de circunstancias olvidadas.Soy carlista, aunque en mi juventud no lo fui. Hoy, sin embargo, lo mismo que en mi fugitiva mocedad –cuando compartía hechizos con el poeta conciudadano–, leer su poema me sigue encogiendo las tripas y aclarando la intención. Es lo que tiene el carlismo, que no es ideología, sino la continuidad precaria de una amistad política capaz de integrar la verdad de otras trincheras, pero ésa es otra historia.
Consentidme, pues, este prologuillo y leed estos versos de Pascual, pamplonés doliente. Leedlos con esperanza y libres de presunción. No somos estoicos ni paganos que se engrían en su aislada superioridad, al modo de Gómez Dávila o de Évola. Somos, como diría Milosz, sólo hombres y por eso necesitamos signos visibles, porque nos fatigamos pronto construyendo escaleras de abstracciones.
Si dejamos que el Envío se libere de algunas estrechas ataduras coyunturales y que respire con toda su capacidad contenida, veremos cómo evoca en nosotros –tan próximos a la entraña del caballero que fue su autor, tan lejanos de algunas de sus ilusiones– claridades de hierro, impulsos transparentes y aéreos de la voluntad.
Contra spem, in spe speravi. Contra toda esperanza esperé en la esperanza.

B.

Envío

A ti, fiel camarada, que padeces
el cerco del olvido atormentado;
a ti que gimes sin oír al lado
aquella voz segura de otras veces:
te envío mi dolor. Si desfalleces
del acoso de todos, y cansado
ves tu afán como un verso malogrado:
bebamos juntos en las mismas heces.
En tu propio solar, quedaste fuera,
del orbe de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.
El cielo es limpio y en sus bordes liba
claros vinos del alba, primavera.
Pon arriba tus ojos, siempre arriba.

Ángel María Pascual (1911-1947)












4 comentarios:

Pelayo dijo...

Gracias apreciado Brigante por traer estos magníficos versos de A. M. Pascual. Me encanta el universo estético y lo sentido de sus letras, que por ello no se reducen a un puro gusto esteticista.

el brigante dijo...

+
Gracias a ti, Pelayo. Gran tipo, A.M., que se fue tan temprano...
Un abrazo

brigante dijo...

Ya son varios los casos que conozco, pero no deja de asombrarme que usted también tenga un pasado azul. Parece que las mejores cabezas de ese sector político han acabado recalando en el tradicionalismo. En parte lo entiendo.

Anónimo dijo...

Caro Brigante:
Emociona volver a leer el Envio. Yo hace años aprendí tambien a leerlo desprovisto de sus factores coyunturales y es una obra maestra de tu paisano.
Abrazo.
SB