Dice Romano Amerio:“Hemos de actuar como si todo dependiera sólo de nosotros y debemos orar como si todo dependiese sólo de Dios”: es falso. Es una de esas fórmulas que tanto agradan hoy por el gusto de lo mordaz. Ninguna regla moral es válida si se funda en un supuesto falso. He aquí que es falso que todo dependa de nosotros, porque Dios existe y obra en nuestro destino. Además es falso porque, además de Dios, existimos nosotros y existen los demás.
(Zibaldone. Pensiero 52)
Añade el brigante:
No creo que el erudito Amerio ignorase la general atribución de la frase que impugna. Comunmente es tenida por obra de San Ignacio. No lo es. A cada uno, lo suyo. El santo, condiocesano mío, decía cosas diferentes, como por ejemplo “Dios nuestro Señor me ha enseñado que en las cosas de su servicio tengo de tomar todos los medios honestos y posibles, pero de tal manera que no ha de estribar mi esperança en los medios que tomare, sino en el Señor por quien se toman” (Rivadeneira, Vita Ignatii Loiolae). Digamos que no se metía en los berenjenales en los que se empantanan algunos de sus discípulos, aunque hacía unos deslindes un tanto peligrosos.
Otros jesuitas, como el español Gracián y el húngaro Hevenesi, agudizaron las deficiencias en la expresión del santo. El primero, en su Oráculo manual y arte de prudencia es ya bien jesuítico:
“Hanse de procurar los medios humanos como si no hubiese divinos y los divinos, como si no hubiese humanos”.
Tal viene a ser la sentencia de fustiga Amerio y con toda razón. Henevesi S.I. dirá lo mismo, aunque al revés (“Sic Deo fide quasi rerum succesus omnis a te, nihil a Deo penderet…).
La intuición ameriana es fulgurante, preñada de enjundia: no se puede establecer una regla recta de conducta fundada en una falsedad. En ninguna falsedad, pero menos todavía en la más impía de las patrañas: etsi Deus non daretur (en castizo: “pongamos que Dios no existe”). No, no podemos hacer el bien tomando como hipótesis una mentira. No vamos a suponer que Dios no pone los medios suyos, ni que no se anticipa incluso a nuestros buenos deseos, ni vamos a prescindir de que existe Dios a la hora de actuar. Ni tampoco vamos a “recuperar” nuestra condición de cristianos en un segundo momento, después de habernos batido el cuero como si todo dependiera de nosotros dejando en las manos de Dios –entonces sí– el resultado de nuestros esfuerzos. No es la visión católica del concurso entre la libertad humana y la omnipotencia de Dios y las más audaces hazañas del cristianismo son ajenas a tales alambiques.
No estamos, como muchos desearían, ante una paradoja, una de tantas como encierra el cristianismo. Estamos ante una falacia. Emparentada con el piadoso intento de Grocio de buscar una ley natural y un ius gentium, “como si Dios no existiese”, vamos, como forma práctica de salir al paso de algunos problemillas bastante engallados ya para entonces.
El etsi Deus non daretur, ya sea en Grocio, en Bonhoeffer, o en Gracián (en derecho, en teología o en la vida espiritual y moral) es una respuesta voluntarista y nerviosa que no evita delatar su origen: un miedo inicial a no poder sustentar la necesaria acción sobre las convicciones de uno.
Por muy pías que sean las intenciones, esta formulación huele a muerto, a cosa agnóstica y sin vida. Huele al cadáver que quiere encubrir, sin lograrlo: la flojera de la fe.
Volviendo a la sentencia que Amerio critica: ha sido y es popularísima entre piadosos predicadores y devota gente, por lo demás nada criticables. Tiene algo típico de la modernidad: la preocupación por la receta. Es una receta práctica. Es como si nos estuvieran diciendo: “Vale, es pésima Teología, pero funciona y de lo que se trata es de que funcione. De cosas sencillitas y que funcionen. La Teología… ¡hay tantas opiniones en Teología! Mientras tanto, vamos haciendo”.
Esa primacía de lo práctico ha hecho opaca la fe para tantos…
Y cuando, como ahora, faltan los andamiajes sociales y espirituales que permitían, mal que bien, una cierta vigencia a esa lastimera devaluación del “mucha receta y poca doctrina”, se demuestra aún más a las claras que el primado de lo práctico es muy poco práctico.
***
[Estribo brigante: De aquel piadoso voluntarismo gracianesco al tan extendido hoy de “condúcete en tu vida religiosa como si no hubiera crisis en la Iglesia” –etsi crisis non daretur –, no hay mucho trecho. Ni aquel voluntarismo valió, ni vale ahora este. Resultan muy poco prácticos. Además.]
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