martes, 29 de junio de 2010

Tirando a perplejos

“Vuelve el integrismo", titula hoy un columnista, a modo de voz de alerta. Que Santa Lucía le conserve la vista al caballero. Tras ensartar unos lindos sofismas, concluye nuestro autor con aquello de que atacar el liberalismo es atacar la democracia –“monda y lironda”–, así que mucho ojito, que con las cosas de comer no se juega.
El vetusto periodista no hace sino dar voz a un sentir, más que común, mayoritario entre los católicos de hogaño.
La idea es la de la neta separación entre lo espiritual y lo temporal, lo de Dios y lo del César, y de cómo, en asuntos rupestres, nada viene a resultar verdad ni mentira, sino practicable o no practicable.
Dice nuestro liberal de guardia que “el gran problema, o error, del integrismo, fue mezclar y confundir dos planos de la actividad humana: el superior o religioso, y el inferior o pedestre de la política. Ya lo expresó Jesús a una pregunta capciosa de los fariseos: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Deslindemos, pues, los campos de actuación, proporcionando a cada cual las razones o medios que en cada caso se estimen más pertinentes, sin olvidar nunca que no existe ningún partido perfecto. Ello no significa que el político que se tiene por católico queda exento de actuar en coherencia de su fe, pero dentro de las posibilidades personales en cada lugar y en cada época”.
O sea, que el gran error de los que él llama integristas es repetir lo que los Papas han enseñado constantemente: por ejemplo, que la “separación de la Iglesia y del Estado es una tesis absolutamente falsa, un error gravemente pernicioso”. Debe de ser que la dinámica de la historia logra transmutar las tesis absolutamente falsas en otras absolutamente ciertas. Cosas veredes.
El desafortunado artículo da pie, sin embargo, para reflexionar sobre un particular mucho más relevante y para hacerlo sin ánimo polémico.
Me refiero a la desamparada situación doctrinal en la que nos hallamos los católicos de hoy. Estamos a la intemperie doctrinal en aspectos importantísimos. Si al menos fuéramos capaces de admitir esta situación, no poco habríamos avanzado, aunque la realidad de nuestra vulnerable condición siguiera siendo la misma. Si conviniéramos en llamar confusión a este desconcierto, sería más sencillo ponerse en el pellejo del otro. Y entre hermanos no es lo de menos. Al mal objetivo de la confusión doctrinal, que ocasiona que aquí cada cual haga más o menos lo que le parece, se sobreañade, como pérfida propina, la cuasi-imposibilidad de comprendernos entre los católicos, incluso de ponernos de acuerdo sobre si estamos en plena tormenta o si el sol campea sobre nuestras perplejas testas. El caso es que no faltan quienes nos quieren hacer creer que todo está en perfecto orden y que los altercados, aun graves, son meras infidelidades de los creyentes. De los otros creyentes, claro.
Junto a las ternes y fieras condenas pontificias de las “libertades modernas” o “de perdición”, de la separación de la Iglesia y del Estado o de la democracia positivista, nos encontramos que, desde 1965, el fiel se enfrenta con proclamas sobre el derecho civil a la libertad religiosa, doctrina ésta que sería, para más inri, verdad fundada en la Revelación y en la misma dignidad humana. Así hasta llegar a la “pía enseñanza” de la sana laicidad (no en el sentido en que la sugirió Pío XII, sino como auténtica, aun respetuosa, separación de Iglesia y del Estado) o de la laicidad positiva.
Si dejamos a un lado otros legítimos intereses, no resulta fácil reconciliar en una sola cabeza –en cada una de nuestras cabezas– las enseñanzas de antes y las de ahora sobre estos particulares. La inteligencia rechaza de sí las contradicciones, está claro, y los que conservamos el don precioso de la fe tenemos que eliminar uno de los binarios enfrentados, lo cual se hace de muchos modos. Algunos dicen que las tesis de antes y las de ahora son lo mismo, como si semejante ensalmo bastase para disipar la mostrenca contradicción. Otros apelan a ejercicios no infalibles del Magisterio (con la obvia intención de desechar las novedades). Otros hablan de evolución –transmutación la llamo yo– de una doctrina en… su contraria, para quedarse, claro está con la evolucionada versión. Y los más, sencillamente, no hablan del asunto, esperando que el tiempo lo cure todo, también esta repelencia entre doctrinas, y albergando la esperanza de que la verdad de antes y la de ahora misteriosamente sean la misma, es decir, la de antes. Sea como sea, eliminar la contradicción lo hacemos todos, y eso por un impulso irresistible que escapa a nuestra deliberación. Obviamente, si la contradicción está en la realidad de las cosas, buscar ante todo una fórmula aceptable para pacificar la conciencia es hacer un ejercicio de un raro idealismo con el resultado de mandar al cuerno a la realidad.
No estoy defendiendo aquí la forma en que yo resuelvo esta contradicción. Estoy, como desde hace mucho tiempo, recordando que el problema existe y existe para todos, no sólo para los que lo admitimos.
He aquí uno de los dramas de nuestra condición actual: que los católicos no seamos capaces de mirar a la cara un obstáculo, aun cuando lo “resolvamos” de distinto modo. Un obstáculo que causa y ha causado tanto sufrimiento.

El Brigante

[No me olvido de mi silencio de seis meses. Mañana, mañana hablaremos]

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Mire a ver, que ahora dice que la Escuela de Salamanca fue precursora del liberalismo.

el brigante dijo...

+
Estimado anónimo,

El inefable liberalillo vuelve a la carga y amenaza con más entregas de su alegato. El pobre es un incomprendido.
Se entusiasma con el agnosticismo lockeano y ni se le pasa por las mientes explicarnos cuál es el fundamento de la doctrina política católica tal como la expusieron los Papas. Tan evidente le resulta el liberalismo político.
Apela al lugar común de que la Escuela de Salamanca (así, sin distingos) fue precursora del liberalismo, sin explicarnos por qué (son tantos y tan “respetables” los que así lo afirman…)
Aparte de informarnos erróneamente de que mi paisano, el Doctor Navarro, fue dominico (falso dato que se repite en abundantes páginas webs… ¡No hay que fiarse tanto de Internet!), se dedica a cantar la loa del nefasto Locke. ¿Habrá leído su carta sobre la tolerancia? Según él, los puritanos Orange desvirtuaron la sublime doctrina del inglés, al excluir de la tolerancia a los católicos. La realidad es que en la Carta famosa se lee (en particular referida a la Iglesia católica, pues de los moros no hablaba más que hipotéticamente, no habiendo tenido contacto con ellos): “That Church can have no right to be tolerated by the magistrate which is constituted upon such a bottom that all those who enter into it do thereby ipso facto deliver themselves up to the protection and service of another prince. For by this means the magistrate would give way to the settling of a foreign jurisdiction in his own country and suffer his own people to be listed, as it were, for soldiers against his own Government”. Locke quiere una sociedad en que quepan todos menos los católicos (y los ateos, pero eso no abarca a los deístas, que son la gran mayoría de ellos).
Pero, inconsistencias aparte, la cuestión de fondo, la interesante, sigue siendo la misma: que los que se dicen católicos hoy no seamos capaces de hallar terrenos de comprensión mutua. Así, este caballero se inclina ante el altar del liberalismo, y otros hacia el que les parece ofrece más seguridad. Nos falta la autoridad. Falta la palabra firme, “aquella voz segura de otras veces”, que reza el poema de Ángel María Pascual (y que he de transcribir glosado, un día de estos).
Un abrazo,

el brigante dijo...
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