sábado 12 de diciembre de 2009

In Memoriam: Fray Antonio de Lugo, monje jerónimo

Conocí a Fray Antonio de Lugo en la década de los ochenta, cuando yo era un joven estudiante de Derecho y el un viejo monje retirado en el Monasterio de Yuste, ya liberado de todos sus cargos y responsabilidades en la Orden de San Jerónimo. Este hecho me permitió frecuentar con cierta asiduidad su compañía, tanto en el Monasterio de Yuste como en los Monasterios de las Salesas o de las Jerónimas de Madrid donde el celebraba la Santa Misa en sus frecuentes visitas al médico.

Cuando me llamaron las Monjas Jerónimas –a las que siempre estuvo tan unido- para comunicarme su fallecimiento –que no por esperado ha dejado de ser un duro golpe- vinieron a mi memoria tantos recuerdos de este monje ejemplar, santo sacerdote y español de bien, a quien tanto debo en mi vida espiritual. No en vano el fue quien ofició en mi boda y bautizó al primero de mis hijos en otro memorable Monasterio madrileño: el de San Ildefonso de las Monjas Trinitarias. Escribimos, pues, con sobrecogimiento y gratitud filial.

Hijo de un oficial de Infantería, vino al mundo nuestro monje en Lugo el 13 de junio de 1918. Siguiendo los destinos de su padre, la familia pasa de Galicia a África y de allí a Madrid en 1931, donde Antonio Manuel Rio Vilas –que ese era su nombre “en el mundo”- realiza su carrera en la Escuela de Periodismo de El Debate.

En 1936 el Alzamiento le sorprende en la Capital, siendo forzado a enrolarse en las filas del ejército republicano, pero –espantado de luchar con quienes profanaban y destruían templos, asesinando a los ministros de Dios- consigue zafarse y se incorpora a la Falange clandestina donde, con riesgo de su vida, trabaja por la victoria de las armas cristianas y logra evadirse de una checa cuando le iban a asesinar.

Llegada la paz y restablecida la libertad para la Iglesia en España, Antonio Vila siente la llamada de Cristo al sacerdocio e ingresa en el Seminario de Madrid en 1939, pero deseando llevar una vida de más íntima amistad con Dios en el silencio y la oración ingresa en 1941 como Monje en el Monasterio de Santa María del Parral de Segovia, donde la restauración iniciada por Fray Manuel de la Sagrada Familia unos años antes estaba a punto de fracasar tras el martirio de este sacerdote en Paracuellos del Jarama.

Cuando, en el lenguaje de los monjes, “deja el siglo” para retirarse “al silencio” del claustro, siguiendo la costumbre jerónima pasa a llamarse Fray Antonio de Lugo. El junio de 1946 recibe la Ordenación sacerdotal y meses después una grave crisis sacude la Orden y Fray Antonio es nombrado Prior. Debe expulsar a un grupo de monjes disolutos que vivían en el Monasterio y hacer frente a una delicada situación financiera. Son tiempos difíciles de mucho sufrimiento y penuria económica en los que el Padre Lugo no puede siquiera comprarse las medicinas que le receta el medico, pues ha de hacer frente con esos recursos a otros gastos de la Comunidad monacal.

Como Prior de El Parral debe retomar la refundación de la Orden, empapándose en las fuentes de la tradición jerónima. En esta labor conoce y cuenta con la ayuda de prelados como Herrera Oria, Casimiro Morcillo, García Lahiguera, Marcelo González, Bueno Monreal, Guerra Campos, Laureano Castán…

Como Prior de diversos monasterios primero y como General de la Orden después, obtiene la ayuda de las autoridades para restaurar y abrir nuevos cenobios según se van consolidando las comunidades de monjes. Para tal fin despacha con Franco, Carrero Blanco y otros dignatarios de los que obtiene siempre favorable respuesta y generosa ayuda.

Poco a poca la Orden se va afianzando: abre en Salamanca el Colegio Mayor de Nuestra Señora de Guadalupe para que los monjes que estudian en la Universidad Pontificia puedan llevar vida monacal, funda San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla), restaura San Jerónimo de Yuste y en 1964 es la fundación de Santa María de los Ángeles en Jávea (Alicante). En 1965 restaura la vida jerónima en el monumental monasterio de San Jerónimo de Granada, que posteriormente fue ocupado por las monjas de la Orden.

Llega el Concilio Vaticano II y el Padre Lugo entiende, como no puede ser de otro modo, que la renovación de la vida religiosa ha de realizarse desde la fidelidad a la Tradición y al Magisterio. Pero soplan malos tiempos para los sacerdotes fieles y Fray Antonio comienza otro nuevo calvario de incomprensiones al negarse a aceptar reformas ajenas al espíritu de la Orden de San Jerónimo y a la Tradición de la Iglesia. Solicita permiso para retirarse a un Monasterio con los monjes que deseen vivir el espíritu tradicional jerónimo, pero no lo obtiene.

En el noble combate por defender la sana Doctrina frente al modernismo, surge la Hermandad Sacerdotal Española, que llegó a contar con cerca de 7000 sacerdotes y religiosos en nuestra Patria, con los que Fray Antonio colabora estrechamente mediante artículos y conferencias.

Así, finalizando los años setenta, como dijimos antes, Fray Antonio de Lugo pasó a un segundo plano y fue quedando sin cargos en la rama masculina, trasladándose del Monasterio de El Parral –del que era capitular- al de Yuste para evitar participar en ciertas decisiones que no podía compartir.

En esta época, a la crisis general que padece la Iglesia en posconcilio se une la de la Orden Jerónima: comienzan las defecciones, los monjes que quieren mantener el espíritu de siempre y ya no lo encuentran en esos Monasterios salen a buscarlo fuera, cierran Santiponce y Jávea … pero la sangría no para hasta nuestros días, donde apenas un puñado de heroicos monjes visten el hábito de San Jerónimo, de modo que no me parece descabellada la opinión de un correligionario que me decía estos días que con el Padre Lugo, si Dios nuestro Padre no lo remedia, se enterraba la Orden de San Jerónimo.

Un accidente de coche, el hundimiento sobre su cama del techo de un monasterio (le rescataron ensangrentado de los escombros), una operación de columna y diversas dolencias le obligan a trasladarse con frecuencia de Yuste a Madrid. Para ser atendido por los médicos, lo que aprovecha para hacer un fructífero apostolado: conferencias, retiros, dirección espiritual, artículos en Iglesia-Mundo, Roca Viva, Vida Espiritual, Altar Mayor, El Alcázar etc.

De su prolífica literatura espiritual cabe destacar “María Teresa. Fisonomía de un alma grande” “Martirologio español”, escrito en 1974 cuando muchos se avergonzaban de nuestros mártires, “El santo propósito” donde expone la verdadera vida religiosa frente a interpretaciones secularistas y filoprotestantes, “El precio de una victoria” sobre la Cruzada del 36, “En tierra firme”, “Estirpe de Dios” o “Sexualidad y madurez personal”.

Con Fray Antonio de Lugo se nos va uno de los últimos sacerdotes de esa generación ejemplar y prolífica que tanto bien ha hecho a la Iglesia y que tantas cosas buenas han salvado del huracán. Una de los periodistas religiosos más conocido de la actualidad, Francisco J. Fernández de la Cigoña decía de el que “era de esos frailes que parecían, como San Pedro de Alcántara, hechos de raíces de los árboles. Él, Fray Valentín de San José OCD, a quien también tuve la suerte de conocer, y algún otro, irradiaban austeridad y santidad. Verdaderamente imponían con su endeble presencia.”

Que desde el cielo –pues escribo esto con la esperanza cierta de que esté ya gozando de la paz del buen Dios a quien consagró su vida- interceda por nosotros, por la Iglesia, por la Orden Jerónima y por España, a la que tanto amó.

Santiago Barco
Abogado del S. Tribunal de la Rota. Profesor de Historia
(publicado en Desde mi campanario)

Santa María de Guadalupe, Nuestra Madre

“¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (San Mateo 11, 25).

1.- Aquel Domingo de Diciembre de 1531, cuando todavía estaba oscuro, salió Juan Diego de su casa, se vino derecho a Tlatelolco, vino a saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista, luego para ver al señor Obispo. – y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se habrá oído misa y se había nombrado lista y se había dispersado la multitud.

Y Juan Diego luego fue al Palacio del Señor Obispo. Y en cuanto llego hizo la lucha para verlo, y con mucho trabajo lo vio; a sus pies se hincó, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle las palabras…de la Reina del Cielo
. Que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la perfecta Virgen de hacerle, de erigirle una casita sagrada…y el Obispo muchísimas cosas le pregunto, le investigo para poder cerciorarse, donde le había visto, cómo era ella; todo, absolutamente todo se lo contó al Señor Obispo.

El Obispo, dijo que no solo por su palabra, su petición se haría o se realizaría lo que pedía. – Que era muy necesaria alguna otra señal para poder ser creído como a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona. – Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo: “Señor Obispo, considera cuál sería la señal que pedís porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió”.

Y habiendo visto el Obispo que en nada vacilaba ni dudaba, lo despachó …pero mandó a algunos servidores suyos para que siguieran a Juan Diego y observaran detrás de él a donde iba, a quien veía y con quien hablaba…pero los que lo siguieron lo perdieron y al volver con el Obispo le dijeron que no le creyera,…que nomas decía mentiras, que nada más inventaba, o que soñaba o imaginaba lo que decía…y determinaron que si otra vez venia…lo castigaron fuertemente para que no volviera a decir mentiras, ni alborotar a la gente.

Entre tanto Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que debía llevar al Señor Obispo, la señora le dijo: “bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido: con este te creerá y acerca de esto ya no dudarán de ti. Y sábete hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mi has emprendido. Ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”

2.- Con que términos, con que palabras bellas habla María a Juan Diego, le llama hijito, porque ella es verdadera Madre. En el Evangelio de San Lucas se nos cuenta que una mujer de entre la gente al oír a Jesús y al verlo hacer maravillas exclamó: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron” (-), estas palabras constituyen una alabanza para María, como Madre de Jesús según la carne.

Podemos pensar en el tiempo de la infancia de Jesús. En ese tiempo está presente María como la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y lo amamanta maternalmente. Gracias a esta maternidad, Jesús Hijo del Altísimo es un verdadero Hijo del Hombre: Es carne y sangre de María.

Pero Jesús a la bendición proclamada por aquella mujer respecto a su Madre según la carne, responde de manera significativa: “dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (-). Así nos enseña la otra grandeza de María que es mayor porque a ella la debemos alabar no únicamente por haber dado a luz a Cristo sino porque María es la primera entre aquellas que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

3.- Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne, pero sobre todo es digna de bendición porque desde la Anunciación (-) ha acogido la Palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque guardaba la palabra de Dios y la conservaba cuidadosamente en su corazón y la cumplía totalmente en su vida.

Podemos afirmar por lo tanto que el elogio pronunciado por Jesús, no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado por la mujer desconocida sino que viene a coincidir con ella en la persona de esta Madre-Virgen que se ha llamado solamente “Esclava del Señor”(-)

Si es cierto que “todas las generaciones la llamarán Bienaventurada”(-) se puede decir que aquella mujer anónima ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquél versículo profético del Magníficat de María y dar comienzo al Magníficat de los siglos.

4.- Si por medio de la fe María se ha convertido en la Madre del Hijo que le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu Santo, conservando íntegra su virginidad, en la misma fe ha descubierto y acogido la otra dimensión de la maternidad revelada por Jesús durante su misión mesiánica.

Se puede afirmar que esta dimensión de la maternidad pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el momento de la concepción y del nacimiento del Hijo. Desde entonces era “la que ha creído” (-).

A medida que se esclarecía ante sus ojos y ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma como Madre se abría cada vez más a aquella “novedad” de la maternidad que debía constituir su “papel” junto al Hijo.

¿No había dicho Ella desde el comienzo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (cf. San Lucas 1,38). Por medio de la fe maría seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que se hacía cada vez más trasparente la auto revelación del Dios viviente.

María Madre se convertía así, en cierto sentido en la primera “discípula” de su Hijo, la primera a la cual parecía decir: “sígueme” antes de dirigir esa llamada a los apóstoles o a cualquier otra persona.

Oh María de Guadalupe, te imploramos de corazón, que aumentes en nosotros la FE, que seamos siempre verdaderos hijos tuyos que imitándote en oír y guardar en el corazón la palabra de Dios merezcamos ser sus discípulos, seguidores, llenos de amor a Jesús.

S.E.R. don Carlos Quintero Arce
Arzobispo