domingo 8 de noviembre de 2009

El hombre emancipado

Leo con atención las argumentaciones de Nicolás Martín Bayliss en esta bitácora, acerca de la razón y la fe, esas dos hermanas que para algunos, no para él, siempre andan a la greña.
Toda la disquisición, en la humilde opinión de quien escribe estas líneas, tiene que ver con un fenómeno del pensamiento de la Ilustración, que, al aproximar la Filosofía a la Antropología dejó “huérfano” de su entorno al ser humano. Así, al decir que el hombre sólo ha de guiarse por su razón, se cae en el relativismo, apartándolo de la fe, que luego fue además entendida como alienación (lógico, pues, que si se disocia al hombre de la fe, ésta acabe por aparecer ajena al mismo y hasta invasiva de su libertad, entendida según el modo que hemos indicado).
Desde ese punto de vista no es de extrañar que los errores dieciochescos determinaran que muchos católicos vieran con recelo la idea de la razón, cuando Santo Tomás de Aquino (como también cuenta Bayliss, mejor que yo), es uno de uno de sus grandes valedores a la par que adalid de la fe. Si las potencias del alma son entendimiento, voluntad y memoria, debemos considerar que la razón (parte del entendimiento) es uno de los vehículos para llegar a Dios, sin perjuicio de que dicha facultad se haya usado desde el positivismo para cargar contra la Religión.
Pero es que el Racionalismo ha pretendido ir hasta contra la naturaleza, afirmando que los hombres son libres e iguales en virtud de aquella, cosa que ya hemos visto para bien o para mal, que no es cierta en absoluto. De aquí se desemboca en el Relativismo: todo vale, todo es discutible, nada permanece. Ahora bien, si nada permanece, ¿por qué ha de permanecer la Razón, ya con mayúsculas, y devenida en diosa del Modernismo?
Claro que existe una razón natural que se da en los hombres, con mayor o menor prodigalidad, y claro que esa razón nos puede llevar a Dios, o al menos a conocer lo que el Magisterio propone. Luego, la fe hará el resto.
Lo que no es muy lógico es la segregación que pretende emancipar al hombre, sea de sí mismo (el total desprecio a la razón que nos corresponde como seres “racionales”), sea de la fe (el nihilismo esterilizante en el que cada uno hace de sí, un dios). Es ilustrativa la frase “seréis como dioses” (Génesis, 3,5), diabólica tentación que, pasado el efecto inicial, hace sentir al hombre el frío del abandono y la vergüenza de su desnudez. Bien está la razón, que se proyecta en las ideologías y en la técnica, pero cuando se cae en el total vaciamiento del alma en estas, ¿Pueden esas ideologías ampararnos y darnos esperanza? ¿Pueden explicarlo todo? Acaso ese vacío no ha sido sino presupuesto de la autodestrucción del hombre poco después de su divinización. El rayo de la técnica, vivificante y maravilloso, pero también amenazador, es como aquel que fulminó al Maligno y lo echó al abismo. Por eso, el hombre, cuando verdaderamente está emancipado, no es cuando se desliga de todo esquizofrénicamente, sino cuando se “religa”, cuando se ampara bajo fe y razón, para descubrir su origen y destino.

Francisco Ángel López Cabello

Don Carlos Quintero: El sacerdote, hombre indispensable

1.- Cuando el Papa habla a los sacerdotes les dice con cariño las palabras de San Pablo: Os llevo en el corazón, partícipes como sois de mi gracia (cf. Filipenses 1,7).
En este año sacerdotal se celebró en Ars un Retiro Sacerdotal Internacional sobre el tema: La alegría del sacerdote consagrado para la salvación del mundo y precisamente San Juan María Vianney subrayaba el papel indispensable del sacerdote cuando decía: “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.
En este año sacerdotal, todos estamos llamados a explotar y redescubrir la grandeza del sacramento que ha configurado al Sacerdote, para siempre a Cristo sumo sacerdote y lo ha santificado en la verdad. El Sacerdote, elegido O entre los hombres, sigue siendo uno de ellos y está llamando a servirles entregándoles la vida de Dios. Respetamos al Sacerdote porque es él quien continúa la obra de la redención en la tierra.
Sin embargo, la vocación sacerdotal es un tesoro que se lleva en vasijas de barro, por eso también hemos oído debilidades en algunos sacerdotes.
2.- San Pablo expresó felizmente la infinita distancia que existe entre la vocación Sacerdotal y la pobreza de las respuestas que los Sacerdotes podemos dar a Dios. Yo quiero aquí recordar, desde lo más intimo de mi corazón, la exclamación conmovedora y confiada del Apóstol, que dice: ‹‹cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte›› (cf. 2Colosenses 12,10).
Sin duda la conciencia de esta debilidad me debe abrir a la intimidad con Dios para conseguir la fuerza y la alegría. Recuerdo especialmente a todos los sacerdotes, que cuanto más perseveremos en la amistad de Dios más continuaremos la obra del Redentor en la tierra. Es cierto que el Sacerdote ya no vive para sí mismo, sino para todos.
Si queremos señalar cuál es el mayor desafío de nuestro tiempo, me atrevería a decir que el Sacerdote siendo el hombre de la palabra divina y de lo sagrado debe ser hoy más que nunca un hombre de alegría y de esperanza.
3.- A los hombres de hoy que ya no pueden concebir que Dios sea Amor puro, el Sacerdote les dirá siempre que la vida vale la pena vivirla, y que Cristo le da sentido a la vida porque ama a los hombres. A todos los hombres.
Juan Pablo II, en una predicación decía: “Su servicio no es el del médico, del asistente social, del político o sindicalista. En ciertos casos, tal vez, el sacerdote podrá prestar, quizá de manera supletoria, esos servicios, y en el pasado los prestó de forma muy notable. Pero hoy, esos servicios son realizados adecuadamente por otros miembros de la sociedad, mientras que nuestro servicio se especifica cada vez más claramente como un servicio espiritual. Es en el campo de las almas, de sus relaciones con Dios y de su relación interior con sus semejantes, donde el sacerdote tiene una función especial que desempeñar. Es ahí donde debe realizar su asistencia a los hombres de nuestro tiempo (...) ayudar a las almas a descubrir al Padre, abrirse a EL y amarlo sobre todas las cosas” (cf. Homilía del 2 de Julio de 1980).
Digamos bien convencidos, que nuestra felicidad futura en el cielo es demasiado grande y nunca podremos comprenderla, así debemos esperarla.
Finalmente estamos convencidos que el Sacerdote es el hombre del futuro: es aquel que ha tomado en serio las palabras de San Pablo: ‹‹Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba›› (cf. Colosenses 3,1). Hagamos todo lo que se ordena al fin último.

S.E.R. Don Carlos Quintero Arce
Arzobispo emérito de Hermosillo, Sonora