“…San Agustín y la tradición occidental dicen algo más. Esta tradición, formada de espadas que descienden en escala de relámpagos por los siglos, engarzándose en un entramado de camaradería, nos dice que el decurso final de nuestra amada civilización yace escondido en la Sabiduría y en la Voluntad divinas. Él no nos ha confiado el destino de la historia, sino que sólo nos ha impuesto el deber de hacerla. Nuestros padres forjaron la Ciudad del Hombre con materiales sacados del catalizador del tiempo: amurallaron la ciudad toda alrededor, establecieron centinelas y les dieron a cada uno una espada. Nos ordenaron defenderla diciéndonos que sería preferible que todo el cosmos se encendiera en llamas hasta la última estrella y la luna más remota, que sería mejor que toda vida fuera agostada y reducida a un ascua perdida entre las terribles vastedades de la nada, antes de que la deshonra desplegara el estandarte infernal dentro de nuestros muros”.
Federico D. Wilhelmsen
[La ortodoxia pública y los poderes de la irracionalidad]
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