martes 3 de noviembre de 2009

La guerra contra el crucifijo y la esperanza cristiana

Los poderes de la irracionalidad han dado un nuevo paso hacia delante con la sentencia del tribunal de los “derechos humanos” de Estrasburgo que ha declarado que la exhibición del crucifijo en las aulas ofende y “vulnera los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones”.
Antes de ninguna otra reacción, como católico, invito a ofrecer actos de reparación y de desagravio al Rey de reyes, a Cristo Rey de todas las almas, de todas las familias y de todas las sociedades ante esta impiedad. Una nueva ofensa a la realeza de Cristo, un nuevo desprecio, un nuevo salivazo en el rostro del Amor coronado. El Amor no es amado, no hay duda.
Los poderes de la irracionalidad se han erigido en ortodoxia pública, travistiendo la esencia misma de la comunidad política. De la comunidad política no queda apenas ya más que lo que no pueden eliminar estos energúmenos: lo que inevitablemente se deriva de nuestra naturaleza social.
Federico Wilhelmsen nos enseñó con San Agustín que la retribución de la virtud política siempre es el triunfo, pero en el orden eterno y trascendente. Sigue siendo misteriosamente posible que en el orden temporal una civilización gloriosa, lo mismo que un individuo virtuoso, naufrague ante la barbarie. No por eso Dios falla a su justicia: pero hace falta la esperanza para esperar en esa justicia cuando todo conspira contra nuestra virtud.
Lo que no acaban de entender muchos católicos hoy es que resulta posible el fracaso en el orden temporal sin que haya ofensa para Dios ni para nuestra dignidad cristiana; pero que lo que no es aceptable es negociar con la verdad, ni con nuestros deberes hacia ella. No podemos razonar como si ignorásemos que el orden natural ha sido rematado y rebasado por el sobrenatural. No podemos obcecarnos a todo trance en una realización temporal, como si fuéramos saduceos hodiernos y obsesionarnos con “poder” o con “el poder”. Es una tentación. Igual que es una tentación la contraria: desentendernos de las exigencias de nuestra naturaleza creada: de la instauración de todo en Cristo. ¿Cómo se evitan ambos escollos a un tiempo? Aceptando que la cuerda se rompa por nosotros; aceptando ser el punto más débil. Sin sacrificar la verdad, sin sacrificar la esperanza sobrenatural, aceptar que Dios nos imponga un combate natural y sobrenatural, político y ascético, pero no nos imponga un resultado temporal. No digamos que si no triunfamos hacemos un feo a Dios, porque estaremos faltando a la verdad: lo que nos resulta insoportable es nuestra propia sensación de fracaso. Pero dentro de los planes de Dios está la utilización de nuestros fracasos temporales para fines más altos. Entonces es cuando es necesaria la fortaleza de abrazar el fracaso no elegido, por amor de los designios de la Providencia. Pero a condición de que sea un fracaso no elegido, a condición de haber caído en el combate legítimo. Hoy, igual que en la corte de San Fernando, se trata de luchar el buen combate y dejar a Dios que decida los resultados temporales, sabiendo por la fe que todo coopera al bien de los que aman la Verdad, que la promesa es aquí del ciento por uno trufado de dificultades y persecuciones, mientras resplandece el horizonte de la vida eterna.
Hoy, pues, no es la derrota lo que nos humilla, sino la falta de fe, esperanza y caridad, de fortaleza y de templanza ante la voluntad de Dios que misteriosamente saca un fruto dulce de nuestra hecatombe.
Al pan, pan y al vino, vino. La cosa está negra. No se trata de decir que como creemos en la vida eterna la cosa está primorosa. No: está rematadamente oscura, con las fuerzas del enemigo desatadas, sentando sus reales en la plaza mayor. Pero habiéndolo perdido todo nada pueden los bárbaros para impedir que lo poseamos todo en Aquél que nos conforta. Que se vayan al carajo los que me llamen derrotista, siéndolo ellos. Yo estoy dispuesto a luchar todavía mucho. Lo que no estoy dispuesto es a emborracharme hablando de unas victorias temporales que sólo corresponden a Dios y por las que no se hace nada más que hablar. Mi preocupación está en luchar como debo, en no desertar de mi puesto, vea o no el triunfo, y aunque me fastidia no ganar aquí abajo, me regocijo por la victoria definitiva.



Ejemplo práctico: La guerra contra el crucifijo viene de lejos. Más grima, sin embargo, que las hordas que se sulfuran ante la sagrada imagen me producen los hipócritas que pretenden conjurar el peligro diciendo que el Santo Cristo es un símbolo de nuestra cultura, igual que las Églogas de Virgilio o El Quijote… Igual que los luciferinos demuestran más fe en su odio que muchos cristianos en su tibieza, los lúgubres perseguidores del Crucifijo manifiestan mayor conciencia de las pretensiones divinas que éstos cobardes que pretenden salvarlo poniendo en sordina el escándalo de la Cruz. El crucifijo no es un símbolo de nuestra cultura, es el escandaloso y loco símbolo de un Dios-hombre, rey por derecho propio, muerto en el madero por los hombres. Fuera de ese escándalo y de esa locura no hay salvación para ningún alma, tampoco para los que la quieren expulsar de la vida pública. No, señores moderadamente cristianos, ahórrense una defensa del Crucifijo que significaría su negación más blasfema. El crucifijo debe estar en las escuelas, como en los hospitales, en las fábricas y en los hogares. Luchemos y pidamos que así sea. Y si perdemos, Dios sabe que será una derrota efímera y temporal. Pero si pensamos conservar el crucifijo a cualquier precio, habremos olvidado que Dios nos pide el buen combate, no el triunfo temporal. O sea, no será sólo un olvido, será una apostasía.

José Antonio Ullate Fabo


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