Un buen amigo me recrimina que no hagamos “política”. Me dice que necesitamos acción política. Estoy de acuerdo, es necesaria la acción política. Pero ¿qué política? Hay gran confusión sobre qué sea la “politica”. Si por política entendemos la mera disputa entre partidos por el control de la administración en función unos u otros intereses de grupo y de unas u otras ideologías, no nos estaremos refiriendo a la misma cosa que cuando hablamos de la ordenación de todas nuestras acciones al bien común de la sociedad política. Me refiero a nuestra participación en ese bien común, mediante el cumplimiento de nuestros deberes de justicia general.Llevo toda mi vida viendo “hacer política” a los católicos, en el primer sentido. Los resultados no son precisamente para despertar entusiasmo.
Pero aparte de los escasos o nulos resultados “prácticos”, existe otro drama: el progresivo desamparo doctrinal de los católicos también en materia política.
En ese sentido, el mejor empleo político de nuestro tiempo es la formación de las inteligencias y de las voluntades cristianas en los principios de la verdadera doctrina política católica.
Todo comienza en las cabezas y hoy las cabezas católicas están desorientadas. Nada se desarrolla sin una voluntad resuelta y militante, y hoy las voluntades de los católicos están debilitadas por la mundanidad.
Los enemigos políticos del cristianismo brindan ante la inoperancia de los católicos… ¿o más bien ante la desintegración y confusión doctrinal de los católicos y ante su mundanización?
Es necesaria la acción política de los católicos, pero el nerviosismo no nos va a ayudar a avanzar. Desde que tengo uso de razón, los planteamientos más o menos católicos en política han llamado a aunar esfuerzos, a dejar a un lado maximalismos doctrinales, “por que no es el momento de eso”.
Si hemos de contribuir de un modo efectivo a la instauración del reinado social y político de Jesucristo, lo primero que tendremos que hacer es humilde y decididamente ponernos en la escuela de las enseñanzas políticas de Jesucristo, enseñanzas doctrinales y prácticas.
El Brigante