sábado 5 de septiembre de 2009

Sin lo cual no podrá salvar su alma

Para nuestra meditación.

Recogidas por el Padre Félix García O.S.A., he aquí dos perlas de la Venerable Madre María de Ágreda, que dan muestra del temple de aquella mujer.
Están extraídas de la correspondencia de la abadesa con el rey de las Españas, Felipe IV.

La primera, trata sobre la importancia de los deberes de estado, en particular en cuanto a la justicia general, y más todavía cuanto mayor sea la responsabilidad a que hemos sido llamados:

Tiene que cumplir con su oficio de Rey, pagando de su persona ante el ejército y gobernando por sí, sin lo cual no podrá salvar su alma, aun cuando fuera muy piadoso y creyente”. El reinar tanto tiene de peso como de grandeza".

La segunda, lapidaria, resume una de nuestras preocupaciones (que la imprescindible devoción no sirva para compensar la infidelidad hacia las propias obligaciones):

No ampara la creencia a los que desamparan sus propias acciones”.

Nuestro Purgatorio: por el fuego del amor paciente aquí, o por el fuego consumidor de allá

El dolor expía, o satisface. ¡Y tanta necesidad como tenemos de satisfacer, o expiar nuestras faltas!
Por todo desorden que cometemos en la codicia, o satisfacción de cualquiera de nuestros gustos, o placeres, contraemos una verdadera deuda ante la Justicia Divina. Y está claro que esa deuda ha de ser tanto más grande cuanto mayor fue el desorden en el placer. Que por esto se dice del culpable en el Apocalipsis: Dadle tanto de tormento cuanto se glorificó y en delicias se complació (XVIII, 7).
Y esto debe entenderse no sólo de los desórdenes que son gravemente pecaminosos, sino también de toda esa multitud incontable de faltas, al parecer insignificantes, que tan fácilmente se cometen en la vida ordinaria, y esto hasta en la ejecución de nuestras obras buenas.
Muchísimas veces faltamos a nuestros pequeños deberes, y esto ya omitiéndolos, ya no haciéndolos de la manera que deberíamos hacerlos; lo cual casi siempre es para proporcionarnos alguna pequeña satisfacción que entonces no nos es lícita, o para evitarnos alguna molestia; y, por consiguiente, faltamos ordinariamente a causa de alguna afición excesiva o inconveniente que tenemos a nuestras propias satisfacciones.
Y es indudable que por cada afición a estos desórdenes, por pequeños que ellos parezcan, contraemos la deuda de una pena, o de un dolor expiatorio que sea proporcionado al placer, o satisfacción desordenada que nos quisimos permitir.
Por esto ya nos advierte Nuestro Señor Jesucristo que en el gran día de nuestro saldo final de cuentas, que será en la hora de nuestra muerte, habremos de rendir cuenta de todo, hasta del placer mínimo que pudimos tener en proferir una palabra ociosa (Mt, XII, 36).
De esas pequeñas responsabilidades está llena la vida ordinaria de cada hombre por muy ordenada que parezca. Que por esto decía David: Mis faltas me rodearon, y no pude ni ver. Se multiplicaron sobre los cabellos de mi cabeza y desfalleció mi corazón (Ps. XXXIX, 13).
De ninguna de estas faltas nos hará gracia la Divina Justicia. "Cada uno dará razón de sí a Dios" (Rom., XIV, 12). Y "el fuego probará lo que sean sus obras", nos dice el Apóstol (I Cor., III, 13).
Por cada desordenado placer, por pequeño que sea, hemos de pasar por el fuego del amor paciente aquí, o por el fuego consumidor de allá. Si el hombre no se purifica voluntariamente en esta vida por la penitencia, esto es, aceptando y soportando con resignación un dolor proporcionado al placer desordenado que se tomó, lo purificará la tremenda justicia de Dios en la otra, mediante el fuego abrasador.
Por esto nos dice el Eclesiástico: Si no hiciéramos penitencia, caeremos en la mano del Señor (Eccl., II, 22).
Y las expiaciones son incomparablemente más fáciles en esta vida que en la otra. Porque aquí son voluntarias y libres, y el Señor, que es infinitamente bueno, con un poco de sincera penitencia, disimula los pecados de los hombres (Sab., XI, 24).
Por esto nos dice también Nuestro Divino Redentor: Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el Príncipe, procura durante el camino librarte de él, no sea que te entregue al juez, y el juez te entregue al guardián, y el guardián te meta, en la cárcel; porque te digo que no saldrás de allá, mientras no pagues hasta el último maravedí (Luc, XII, 58 y 69).
El dolor unido al amor es, pues, el único que posee una gran virtud expiatoria, o satisfactoria; lo único con que podemos pagar a la Justicia Divina por nuestros desórdenes.
Es verdad que Nuestro Señor Jesucristo por su inmenso dolor satisfizo por los pecados del mundo. Pero también lo es que San Pablo decía: Me complazco en mis sufrimientos por vosotros para suplir en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo (Col., I, 24).
Y está claro que a los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo no les falta sino nuestra cooperación para que nos sean aplicados. Así el dolor puede ser querido en cuanto, soportado con amor, contiene una gran virtud expiatoria. Por esto lo buscan con interés, y lo abrazan con cariño las almas que conocen su valor y ansían aplacar pronta y fácilmente a la Justicia Divina.

Padre Lucas de San José, Carmelita Descalzo
[La Santidad en el claustro. Barcelona, 1945. pp. 337-9]