martes 1 de septiembre de 2009

¿Por qué en la oración pedimos y no recibimos?

Un buen amigo me contaba desconcertado cómo, en una comunidad religiosa que él frecuentaba, era habitual un “sobrenaturalismo” falso, en grado patológico.
Si se les averiaba un coche o se les estropeaba la cocina, sencillamente se hincaban de rodillas a rezar fervorosa e intensamente para que el buen Dios desficiese aquellos entuertos. Nada de echar una ojeada por si uno mismo era capaz de reparar la avería y si no, irse inmediatamente en busca de ayuda competente. No hace falta decir cuál era el resultado de aquellas súplicas.
En el fondo, tras la apariencia de mayor devoción, una actitud semejante enmascara la renuncia al sacrificio de cumplir con los propios deberes naturales, bajo la excusa de confiarlo todo a Dios.
El apóstol Santiago lo zanjó lapidariamente: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para satisfacer vuestras concupiscencias”. Igualmente deberíamos reflexionar sobre la oración dominical, norma y síntesis de toda oración: “Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Dice Santo Tomás que en esta petición se pone de manifiesto el don de ciencia, por el que pedimos que la voluntad de Dios se cumpla en nosotros. “Pero, ¿qué sentido tiene esta petición? –se pregunta el santo– ¿No está escrito: ‘Hizo todo cuanto quiso’? Si hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, ¿qué puede significar la súplica: ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’?” La respuesta de Santo Tomás es que Dios quiere de nosotros tres cosas, la segunda de las cuales es que guardemos sus mandamientos. “Cuando alguien desea una cosa, no sólo quiere la cosa deseada sino también los medios necesarios para conseguirla”. De modo que “cuando decimos ‘Hágase tu voluntad’ estamos pidiendo cumplir los mandamientos de Dios”.
¿Cuántas veces rezamos el Padrenuestro –y nuestras demás plegarias y oraciones– pasando por alto esa exigencia esencial de toda oración? Se ha difundido una forma de pseudo-oración desencarnada, desconectada de la necesidad de pedir el don de ciencia para conocer y poner por obra todos nuestros deberes. Una oración así es “sustitutiva” de nuestras obligaciones y en el fondo nos sirve para exonerarnos de muchos sacrificios prácticos que conlleva la vida.
Espabilémonos y démonos cuenta de que una oración que “sustituya” el cumplimiento de nuestras obligaciones, naturales y sobrenaturales, es un engaño y es ineficaz. Sólo sirve para apaciguar la conciencia, si la tenemos suficientemente deformada, pero ni es agradable a Dios ni útil para nosotros.
Nos parece ridículo el ejemplo de los religiosos que he mencionado, pero ¿acaso lo es menos el de los padres católicos que ignoran las necesidades y peligros de la vida moral y espiritual de sus hijos y los envían a estudiar a centros “educativos” donde con toda seguridad van a ser escandalizados, mientras –eso sí– siguen rezando todos los días por ellos? ¡Cuántas veces hemos escuchado: “No sé qué he podido hacer mal para que mis hijos no hayan conservado la fe”. La falta del don de ciencia nos impide comprender la verdadera voluntad de Dios, que conlleva decisiones también en el orden temporal.
Igualmente, los católicos en su mayoría desconocen la doctrina política y social de la Iglesia, como si se tratase de un aditamento para especialistas del que se puede tranquilamente prescindir, porque una intensa vida familiar de piedad parece lo verdaderamente importante. El resultado es que una fe reducida a la dimensión privada es una fe falsificada y necesariamente incapaz de aquietar la inteligencia y la voluntad de los hombres, lo que en gran parte explica la incapacidad crónica que tenemos de transmitir la fe a las generaciones siguientes. En esas familias se puede “rezar” mucho, pero…
Quiero insistir en que debemos pedir a Dios el don de ciencia para conocer cuáles son nuestras obligaciones. De otro modo nuestra religión se alejará de la fe cristiana y se convertirá en una superstición privada, en una compensación de nuestras infidelidades. En un sarcasmo.
Por eso en El Brigante queremos aventurarnos por unas sendas que para muchos resultan incomprensibles y que, sin embargo, son necesarias si queremos despejar el camino para una vida plenamente católica: la racionalidad en el acto de fe, la doctrina política de la Iglesia, los obstáculos concretos a la vida católica, por ejemplo. Como dice el viejo refrán español: "A Dios rogando y con el mazo dando".

El brigante