Proseguimos con nuestras razones en contra de un uso habitual (aun “controlado”) de la televisión. Las palabras que siguen las pronunció S.S. Pío XII en su último mensaje de Navidad. Poco antes había saludado con esperanza el invento de la televisión (Miranda prorsus) y rápidamente advirtió el grave peligro que supone para la vida cristiana y meramente humana la aparentemente inocua saturación de imágenes que realiza la televisión. La televisión produce hombres "omnividentes", que lo han visto todo y, paradójicamente, se vuelven ciegos para penetrar en el sentido de las cosas y de sus vidas:“Al hombre, nacido y educado en un clima de riguroso tecnicismo, necesariamente le ha de faltar una parte –y no la menos importante– de su todo, atrofiada, en cierto modo, por condiciones contrarias a su natural desarrollo. Como una planta, cultivada en un terreno al que se han quitado sustancias vitales, presenta tal o cuál carácter, pero no reproduce ya el tipo entero y armónico, así la civilización “progresista”, es decir, únicamente materialista, al eliminar ciertos valores y elementos necesarios en la vida de las familias y de los pueblos, acaba por privar al hombre de la forma genuina de pensar, de juzgar y de obrar. Porque ésta, para poder alcanzar la verdad, la justicia y la honradez, en una palabra, para ser “humana”, exige la mayor
amplitud, y ello en todos los sentidos. Por el contrario, cuando el progreso técnico aprisiona al hombre dentro de sus espirales, segregándole del resto del universo, especialmente del espiritual e interior, le comunica sus propios caracteres, siendo los más notorios la superficialidad y la inestabilidad. No es un secreto el proceso de semejante transformación, si se tiene en cuenta la tendencia del hombre a aceptar el equívoco y el error, si éstos le ofrecen la vida más fácil.…Un error semejante se deriva del crecimiento, en sí admirable, de la eficiencia de los sentidos, a los que los modernos y prodigiosos instrumentos de investigación dan el poder de ver, escuchar, medir cuanto existe, se mueve y se transforma casi en todos los rincones del universo. El hombre “omnividente”, complaciéndose en este poder tan aumentado, y engolfado casi totalmente en el ejercicio de los sentidos, se deja llevar, sin darse cuenta, a reducir la aplicación de la facultad plenamente espiritual de leer en el interior de las cosas, es decir, de la inteligencia, y a tornarse cada día menos apto para madurar las verdaderas ideas que constituyen la sustancia de la vida. De igual manera, la multiformes aplicaciones de la energía externa, maravillosamente aumentada, tienden cada día más a encerrar la vida humana en un sistema mecánico, que lo hace todo por sí mismo y con sus propios recursos, mermando así los estímulos que antes determinaban al hombre a desarrollar la energía propia y personal.”
S. S. Pío XII,
[“Cristo, armonía del mundo. Mensaje de Navidad, 1957]
