domingo, 9 de agosto de 2009

Retablillo de Bram perplejo y su inesperada conversión

Primera tabla

Había alcanzado ya los setenta años y medio bien cumplidos. Echó cuentas y habían pasado ya cuarenta y cinco largos años y seis meses desde su ordenación sacerdotal; casi 24 años de su designación como obispo auxiliar de Los Ángeles; desde su nombramiento como arzobispo de Pórtland habían transcurrido más de veinte años; y ya hacía veinte meses que tenía en su poder el nombramiento de Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, de la Comisión Bíblica Internacional, y de la Pontificia Comisión Bíblica. Miró el calendario y, efectivamente, iba a cumplirse un año desde su elevación al cardenalato: apenas faltaba un mes. William Joseph Levada pensó que era oportuno dar una entrevista. Era la primera que concedía desde que se había convertido en “Guardián de la ortodoxia”. Le satisfacía releer el artículo 48 de la constitución Pastor Bonus: Es función propia de la Congregación de la Doctrina de la Fe promover y tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres en todo el orbe católico; por lo tanto, es competencia suya lo que de cualquier modo se refiere a esa materia. Se sentía el tutor de la fe y de las costumbres de todo el orbe católico. ¿Quién mejor que él para puntualizar algunos asuntos?...

Segunda tabla

El periodista flamenco no podía dar crédito a sus oídos, pero puso cara de esperar al autobús, mientras sostenía la grabadora. “Nosotros –le explicaba Levada– creemos que los apóstoles y sus sucesores recibieron la misión de interpretar la revelación dentro de nuevas circunstancias y a la luz de nuevos retos. Eso crea una tradición viva que es mucho más extensa que la pura y simple transmisión de respuestas, modos de comprender y convicciones ya dadas, de una generación a la otra”. Por si sus precedentes palabras habían resultado algo atrevidas, continuó, tranquilizador: “Pero a fin de cuentas tiene que haber una instancia capaz de decidir si una determinada forma de vivir (“lifestyle”) es o no coherente con los principios y valores de nuestra fe; que pueda juzgar si nuestras acciones son o no conformes con el mandamiento de amar a nuestros semejantes. La misión de la Iglesia no es la de prohibir que la gente piense, investigue diferentes hipótesis o adquiera conocimientos. Su misión es la de dar orientación a esos procesos”.
Levada proseguía con su facundia. Ahora hablaba del fundamentalismo, del marxismo, del neoliberalismo… pero nada de eso importaba ya.

Tercera tabla

El profesor Bram Astublieft hacía más de treinta años que no se acercaba a una iglesia. Sin embargo, la lectura de las palabras del cardenal Levada le hicieron levantarse de su asiento. Se fue a la cocina y se dirigió a su señora, Amelberga, piadosa y activa integrante de la parroquia, que a la sazón estaba preparando unas estupendas Galettes Liegeoises. “¿Qué te parece lo que dice el cardenal?”. La señora Amelberga dejó de batir la pasta por unos instantes, pensativa. “Hay que creer que es negro lo que vemos blanco si nos lo dice la Iglesia jerárquica”, le dijo de repente, recordando los consejos del capellán jesuita de su colegio, y volvió a agitar briosa la espátula sobre el cuenco. De nuevo interrumpió de pronto su meneo para decir: “¿Y a ti que más te da, Bram, viejo descreído? “Ah”, farfulló Bram Astublieft, y se dio media vuelta en absoluto convencido con las palabras de su cónyuge. ¿Qué tenían que ver sus dificultades con la Iglesia con entender todo aquello? Después de todo, qué diablos, también él había estudiado a conciencia su catecismo con el canónigo Waranderen y no recordaba nada parecido a aquella respuesta de su mujer. “Yo seré un mal católico, pero lo que dice este cardenal me huele mal”.

Cuarta tabla

El Padre Poinctuelijck era un dominico que vivía extra conventum desde hacía cincuenta años, cum permissu superiorum. A sus lúcidos 97 años vivía en una ermita con un teléfono cuyo número conocían sólo un puñado de almas a las que permitía llamar en caso de extrema necesidad espiritual. Probablemente los actuales superiores de su convento no sabían siquiera de su existencia y él no hacía nada por refrescarles la memoria. Bram Astublieft había heredado el derecho a llamar a fray Poinctuelijck de su padre, íntimo amigo de aquél. Le vino a la mente el viejo eremita y hurgó en su agenda hasta localizar el número. Echó un vistazó y comprobó que su costilla seguía preparando su postre favorito, absorta. Tecleó los números y esperó. Finalmente, una voz pausada y musical le tranquilizó. "Benedicamus Domino". Era el fraile. Intentó una disculpa por no haber llamado en los últimos diez años, pero el recluso le respondió que qué quería. Bram le preguntó lo mismo que a la buena de Amelberga. Pero la respuesta no fue la misma. Para empezar, fue más larga.

Quinta tabla

“Discúlpeme un instante, tengo siempre mi Denzinger a mano”. Pocos instantes después, el viejo ermitaño retomó el auricular y sin más preámbulo dijo: “Veamos”, y empezó a leer en voz alta. “Estos errores se están difundiendo cada vez más entre los fieles; para que no arraiguen en ellos corrompiendo la pureza de su fe, nuestro Santísimo Padre el Papa Pío X ha encomendado a este Tribunal de la Santa Inquisición Romana y Universal que señale y condene los principales de esos errores. En consecuencia, después de un detenido examen, y con el voto de los Consultores, los Eminentísimos Cardenales, Inquisidores Generales en cuestiones de fe y de costumbres, creyeron conveniente condenar y proscribir las proposiciones siguientes, tal y como se reprueban y proscriben en este Decreto”. El venerable anciano añadió: “Entre los errores condenados están los siguientes”. Y leyó: “54. Los dogmas, los Sacramentos la Jerarquía –tanto en lo que se refiere a su concepto como a su realidad– no son más que interpretaciones y evoluciones de la mente cristiana, que hicieron crecer y perfeccionaron con añadiduras exteriores, el germen diminuto latente en el Evangelio; 58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, y que con él, en él y por él evoluciona; 59. Cristo no enseñó un determinado cuerpo de doctrina aplicable en todo tiempo y a todos los hombres, sino que más bien inició un movimiento religioso adaptado o adaptable a los diversos tiempos y lugares; 62. Los principales artículos del Símbolo de los Apóstoles no tenían para los primeros cristianos la misma significación que tienen para los cristianos de hoy. Esto se declaró por orden de San Pío X en el Decreto Lamentabili”. En el cerebro de Bram comenzaba a hacerse algo de luz. “Gracias, Padre”, le dijo. Pero el fraile le interrumpió: “Nada de gracias, no he terminado”.

Sexta tabla


El dominicano hablaba pausadamente. Continuó: “En la encíclica Pascendi Domini Gregis, S.S. San Pío X nos advierte también de que para los modernistas, las fórmulas del magisterio ‘son intermedias entre el creyente y su fe’. ¿Se da usted cuenta? Las fórmulas son mediaciones imperfectas entre un depósito de la revelación incognoscible y el creyente que, no pudiendo conocerlo, necesitaría de estas, ¿cómo las llama el cardenal? ¡ah, sí!, ‘interpretaciones de la revelación dentro de las nuevas circunstancias y a la luz de nuevos retos’. Dios mío. Pero escuche, escuche lo que dice ‘la pascendi’: ‘con relación a la fe, [las fórmulas] son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma’ San Pío X estaba espantado de estas estratagemas y decía: ‘¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!’”
Bram empezaba a impacientarse. Ya lo tenía claro. “Gracias, Padre, gracias”. “Nada de gracias, hijo. ¿No estará cansado, no? Tengo por aquí algo más…”

Séptima tabla

Sin más explicaciones, el viejo sacerdote siguió: “Antes de ser admitido al sacerdocio, el cardenal tuvo que prestar un juramento, mandado por San Pío X, en el que entre otras cosas se obligaba a aceptar ‘sinceramente la doctrina de la fe transmitida hasta nosotros desde los Apóstoles por medio de los Padres ortodoxos siempre en el mismo sentido y en la misma sentencia; y por tanto, de todo punto rechazo la invención herética de la evolución de los dogmas, que pasarían de un sentido a otro diverso del que primero mantuvo la Iglesia'”. Aquel lenguaje inequívoco, sin ambigüedades, hacía despertar inquietantes recuerdos en el alma del pobre Bram, que evocaba el tono firme y suave a la vez del respetado canónigo Waranderen, a quien recordaba haber visto reclinado ante el tabernáculo en la capilla oscura de Linkebeek. Bram ya no se atrevía a interrumpir al religioso. Esperó. “Esto me recuerda el tirón de orejas que tuvo que darle S.S. León XIII a otro prelado norteamericano. El Papa dijo claramente: ‘El significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos’. Nunca es nunca. ¿Está claro?” Sin esperar respuesta, apostilló: “Esto es lo que pasa: que la gente ya no sabe lo que quiere decir nunca. Sin tener claro el adverbio nunca, la fe no dura”.

Octava tabla

A estas alturas, a Bram le empezaban a doler sus pecados como garfios. Su curiosidad le había conducido a aquella consulta que estaba siendo más eficaz que la misión de un redentorista. Escuchaba, presintiendo que aquella lección le iba a costar una confesión general y volver a mandamiento poniéndose en regla con Dios. “Querido hijo, he dejado para el final la enseñanza más solemne que ilumina el asunto que me ha preguntado. Como ve, no le he respondido con mis palabras. Hay que volver a gustar de la doctrina de la Iglesia. Escuche la sentencia de condenación de la Constitución Dei Filius, del Concilio Vaticano: ‘Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema’. Ahora, brevemente, oiga lo que tengo que decir: lo que el cardenal Levada ha dicho es una horrible herejía, un terrible atentado contra la fe católica, doblemente insidioso, por negar un artículo de la fe y por negar la capacidad de la razón humana de asentir a la fe. Pero también le diré otra cosa: no me sorprende en absoluto. S.S Pío IX nos impuso una obligación añadida ante estos errores. Escuche, preste atención: ‘Cumpliendo nuestro oficio pastoral supremo, suplicamos por el amor de Jesucristo y mandamos, por la autoridad de aquél que es nuestro Dios y Salvador, a todos los fieles cristianos, especialmente a las autoridades y a los que tienen el deber de enseñar, que pongan todo su celo y empeño en apartar y eliminar de la Iglesia estos errores y en difundir la luz de la fe purísima’. Ya sabe, nunca es nunca. Y si no es capaz de distinguir la verdad del error que se le opone, no será capaz de conservar la fe. Ahora tengo que dejarle. Rezaré por usted en el Oficio de Completas ahora mismo. Y mañana, si está de Dios, le espero aquí para escucharle en confesión, sin la cual nada de lo que le he dicho le aprovechará demasiado. Hasta mañana si Dios quiere”.
Bram no podía contestarle. Se rehizo como pudo y graznó entre sollozos un gracias, Padre y un allí estaré.

La novena y última tabla de este retablillo está por escribir. Quizás sea el siguiente artículo.

José Antonio Ullate Fabo