jueves 30 de julio de 2009

La religión reducida a una cierta moral para la vida privada

En 1517, el surgimiento del protestantismo inicio una crisis religiosa y social que se convirtió en permanente tras la firma de los pactos de Westfalia en 1648. En aquellos tratados se aceptó como un hecho fatal e inalterable el que los antiguos habitantes de la Cristiandad (a partir de entonces, “los europeos”) ya no podían ponerse de acuerdo sobre el contenido de la religión cristiana. A partir de ese momento se instaurará una primacía de la moral sobre las diferencias dogmáticas. [En realidad, no era "la moral", sino ciertos aspectos -relativos principalmente a la esfera más privada- de la moral. En particular, de la moral sexual y de la profesional]. Esta corriente no sólo afectó al mundo protestante, sino también, de forma muy intensa, a la parte católica de Europa. La enseñanza que se derivaba de aquellos tratados de paz era que cada país debía conservar la forma de religión que había abrazado y que en adelante el lenguaje común para entenderse entre ellos no sería ya el dogma, sino una “moral común” [La moral ya reducida a una parte]. En la práctica la moral adquiría una preeminencia sobre la fe: se convertía en el único terreno firme y compartido, que no era fuente de conflictos y divisiones.
Téngase en cuenta que en los acuerdos de Westfalia daban carta de naturaleza a algunos hechos muy significativos:

a) Se aceptaba como hecho inalterable la diferencia de religiones;
b) Se aceptaba que los diferentes reinos tienen, de suyo, distintas religiones. Se fija un criterio historicista: al momento de la firma de los acuerdos determina que unos países o principados seguirán una religión y los otros, otra. La religión de los súbditos deberá ser la de la nación. Aunque este principio también estaba recogido en la paz augsbúrguica de 1555, en los acuerdos de Westfalia se pretende darle una fijeza inalterable;
c) Algo muy significativo y novedoso: se excluye a la Santa Sede de la firma del acuerdo. El Papa Inocencio X, promulgó el Breve Zelo domus Dei (1648), con el que denunciaba los acuerdos y los declaraba nulos en lo que tocase los derechos de la Iglesia católica. El emperador, supuestamente el monarca católico por antonomasia, impidió que el Breve se publicara en sus reinos y el rey de Francia, a través del Cardenal Mazzarino, hizo lo propio.

Estos tres factores sellan la convicción de muchos de que no nos es posible conocer realmente cuál es la voluntad de Dios, ni qué medios nos proporciona para alcanzarla. Este es el escándalo fundamental del que se derivan muchos otros.
A partir de entonces la moral se va a convertir en la lengua franca de la civilización europea. Ya no parece legítimo hablar de diferencias de religión, que deben quedar para lo íntimo de cada conciencia. Lo único razonable es exigir el cumplimiento de las normas morales generales que se deducen del Evangelio.
El ex dirigente del Comité Central del Partido Comunista británico Douglas Hyde, escribió que durante algunos siglos se había dicho a los hombres que no importaba lo que creyesen: con tal de que fueran ‘hombres buenos’ podían creer en cualquier cosa. Esto ha conseguido que la mayoría de los hombres no crean en nada. Realmente ha sido así: en una gran cantidad de casos, los cristianos de Europa, aunque siguieran profesando la religión católica, habían sido escandalizados en su interior, y aun conservando el nombre de cristianos, se habían ido apartando de la sencilla esperanza en Jesucristo, su premio en el Cielo y viático en la tierra, para confiar cada vez más en el empeño de lograr una vida recta y exitosa [como hemos visto, reducida a moral de la vida privada y profesional]. Esa aspiración, prescindiendo de la [doctrina dogmática y de la] gracia, significó la indiferencia generalizada de las almas hacia Jesucristo.

José Antonio Ullate Fabo

[De "El secreto masónico desvelado". Añadidos los textos en corchetes]