
La inmensa mayoría de los católicos desconoce hoy la existencia de una doctrina social de la Iglesia, pero la inmensa mayoría de los que están familiarizados con su existencia, desconoce el verdadero alcance de ésta. La realidad no es nueva, sino más bien rancia. De un modo progresivo, gran parte de los católicos dejó de reconocer el corazón mismo de la doctrina social de la Iglesia: la doctrina política. Primero se hizo ver que se trataba de genéricas aspiraciones ideales, pero no realmente de una doctrina política vinculante; después, sencillamente, se dejó de enseñar y de hablar de ello. No todo el mundo, claro. Pero hasta en los mismos seminarios se circunscribió la doctrina social a la llamada cuestión social: el salario justo, el derecho a la propiedad…
El corazón de la doctrina social, la doctrina sobre el bien común temporal, es decir, sobre la política, quedó eclipsado para la mayoría y así sigue. Con lo que hasta la misma cuestión social se vuelve incomprensible y pura mojiganga mojigata. Para que esto pudiera pasar fue necesaria una torsión de la doctrina cristiana, sometida a un proceso –llamémoslo así– de progresiva “privatización”, lo cual no era posible sin el abandono previo de la sana filosofía, del realismo tomista y su celo por lo real. Una piedad voluntarista y no pocas veces sincera e intensa, se desentendía del orden natural y temporal, volcada –supuestamente más pura– sobre lo divino, sin ataduras carnales ni filosóficas. No se advertía que incluso el orden sobrenatural quedaba no sólo comprometido en su viabilidad, sino radicalmente alterado. El cristianismo espiritual, desasido de ataduras temporales, libérrimo y cátaro es, sencillamente, una doctrina inhumana y, por ende, doblemente falsa: niega la naturaleza y niega el dogma (como no podía ser de otro modo). Volveremos una y otra vez a este tema, arrinconado en nuestra catequesis, y más urgente que nunca. Estamos convencidos de que en él reside parte de la clave de nuestra situación claudicante. Una parte decisiva. A continuación, traemos a cuento un párrafo de La herejía del siglo XX, de Jean Madiran, como testimonio de ese fatal extrañamiento de la doctrina social y política de la Iglesia. Aunque tenga más de cuarenta años, tiene plena vigencia.
El Brigante.
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… las encíclicas sociales no han sido ni comprendidas ni vividas por el episcopado, por mucho que hayan hablado abundantemente de ellas, con mucho respeto, incluso con entusiasmo, hasta en torno al año 1950. Hoy, el episcopado ya no habla más del tema, ya no habla, por el momento y probablemente no hablará durante mucho tiempo más que de Pacem in terris, de Populorum progressio y de la Constitución conciliar Gaudium et Spes, y únicamente en la medida en la que creen que estos documentos recientes anulan los documentos anteriores: y hablan de tal manera que de hecho los documentos anteriores se encuentran anulados.
Pero antes de eso la situación no era mucho mejor, y ese respeto o aquel entusiasmo con los que el episcopado hablaba de las encíclicas sociales eran irrisorios: porque no las conocían en absoluto. Estaban encantados de enseñar, en los tiempos en los que los obispos todavía hablaban del comunismo con severidad, que la encíclica Divini Redemptoris es «la que condena el comunismo», lo que resulta doblemente inexacto y contrario al mismo texto, al texto explícito de la encíclica. Los obispos hablaban de las encíclicas sociales diciendo que eran dos, entre las cuales Divini Redemptoris no se contaba: estaban Rerum novarum y Quadragesimo anno. Cuando se les hacía notar que León XIII solo ya había publicado doce encíclicas sociales, y que a la muerte de Pío XI, el número de las encíclicas sociales posteriores a León XIII alcanzaba la veintena, los obispos abrían los ojos como platos, incrédulos. Ya no entendían nada. Ignorándolas, evidentemente no podían enseñarlas. Cuando, por casualidad, ponían sus ojos personalmente sobre una de sus «dos» encíclicas sociales, Rerum novarum o Quadragesimo anno, tenían la seguridad (salvo un milagro) de no comprender nada, incapaces de interpretarlas dentro del espíritu y del contexto del conjunto de ese magisterio social, de cuya existencia ni siquiera sospechaban. Así pues, en Francia no había la más mínima transmisión auténtica de la doctrina social de la Iglesia, y menos que en ninguna otra parte, en los seminarios.
Jean Madiran
[L’hérésie du XXe siécle. Paris, 1968. Traducción : El brigante]
