miércoles 28 de octubre de 2009

Internet, la crisis de inteligencia y el mal de la Iglesia

Llamemos efecto capillita al fenómeno por el cual un reducido grupo –aun mínimo: dos o tres personas–, convenientemente aisladas de su entorno, tienden a distorsionar su percepción de la realidad en función de un discurso compartido entre ellos, que les genera sensación de pertenencia y de seguridad. Nuestra naturaleza caída tiene esa propensión: la de elevar fácilmente a la universalidad nuestros pensamientos y hasta nuestras opiniones.
Antes de internet, para lograr este efecto era necesario al menos un lugar físico que determinara un espacio de pensamiento homogéneo: por ejemplo, los “locales parroquiales” o “la sede” de un partido. Aquellos espacios homogéneos permitían que discursos marginales, tendentes muchas veces a la irracionalidad de un visionario, establecieran vínculos fortísimos entre un pequeño grupo, completamente indiferente al terrible hecho de que esos discursos carecían de inteligibilidad fuera de esos “contextos” especializados.
Internet ha logrado que esos discursos irracionales, carentes de verdadera capacidad de explicación de la realidad, no necesiten ya de esos cubículos en los que un pequeño grupo se retroalimenta al margen de la realidad, puesto que ha convertido la pantalla del ordenador en una de esas guaridas que permiten enchufarse –desde el trabajo, en la intimidad del hogar, durante un viaje– a esa comunidad marginal. El efecto de “homogeneidad” del pensamiento se ve multiplicado, generando así el espejismo de la seguridad en el propio discurso y si el resto del planeta no lo comprende, “peor para la realidad”.
Es decir, cuando más falta nos hace a los católicos tener un discurso contundente, dogmático, razonable y veraz, capaz de dar razón de los verdaderos desafíos del mundo, las cavernas de internet multiplican el efecto capillita: es decir, proporcionan la tranquilidad, la seguridad de no cuestionar un discurso de consumo interno. Nada tiene que ver esto con lo grande o pequeño que sea el auditorio de esas cavernas internéticas, pues el déficit racional de los católicos tiene hoy dimensiones de pandemia. Una capillita no es tal por lo exiguo del número de sus miembros, sino por lo acrítico del discurso y por los modos de transmisión homogeneizadotes y voluntaristas.
Mi viejo amigo Alfonso se queja de que los blogs son como sacristías que paralizan la acción de los católicos. Le respondo que debemos ser más perspicaces todavía: blogs, foros, páginas webs son mayoritariamente capillitas en las que se hace un discurso circular y poco racional; un discurso tranquilizador y maniqueo; un discurso que sistemáticamente pasa por encima de los verdaderos problemas que asolan a los católicos. Como diría el pérfido Maritain –antes de perder la fe–: hay modos de usar la razón que son ateos en sí mismos, aunque se pongan al servicio de las fórmulas de fe. Sobrevolar esos vicios de la razón y otros análogos de la voluntad, a condición de que no se cuestionen algunos –algunos, nótese– puntos de la fe y algunas estrategias clericales es la forma de actuar de los peores enemigos internos de la Iglesia.
No todos los blogs, Alfonso, no todos.

El Brigante

4 comentarios:

Anónimo dijo...

No se si todos los blogs, pero comparto la inquietud de Alfonso. Alguien tendría que hacer el trabajo que hizo Neil Postman sobre la televisión, pero apuntado a Internet.
Me refiero al Libro "Amusing ourselves to death".
PL

el brigante dijo...

+

Totalmente de acuerdo en que hay que reflexionar a fondo sobre los peligros de internet (no sólo los relativos a los contenidos inmorales), sino sus efectos castrantes intelectual y moralmente.
[Sobre el libro de Postman: en las primeras páginas -no recuerdo si en la misma primera página- de su libro, Neil Postman recrimina a Jerry Mander haber sido un iluso en sus "Cuatro razones para la eliminación de la televisión". Postman hace una crítica ocurrente e interesante de la televisión, pero derrotista: no piensa en la eliminación (ni siquiera subjetiva) de la televisión.]

B.

Anónimo dijo...

Estimado Brigante,

A propósito de otra acertada entrada en este blog me lanzo por segunda vez a hacer un pequeño comentario, más que para cuestionar el “efecto capillita”, para compartir cómo en mi experiencia pudo ser algo positivo.

Desde mis primeros años de juventud (léase esto sin grandilocuencia, por favor, al fin y al cabo tengo veinte años) fui consciente de que la decadencia moral en la que nos vemos sumergidos como sociedad se debía no a algún hecho concreto, sino a una patología o desgaste del espíritu de lo que en aquel entonces seguramente hubiera llamado la “civilización occidental”. Pese a haber crecido en un entorno relativamente laxo en cuanto a práctica religiosa, no tardé en percatarme que ese problema y el maltrato histórico (más por la Historia que por sus libros) a la Iglesia es uno y el mismo. Al volver a España después de varios años en Estados Unidos, no encontré en la Iglesia (en los católicos, digo) una especial conciencia de este problema. Hasta en la arquitectura (comprendo que es una injusticia formar opinión de algo por su exterior, pero para el observador ajeno que poco conoce del Magisterio las impresiones sensoriales pueden ser una invitación, o lo contrario) se entreveía una cómoda sumisión a las ideologías de sus maltratadores. Resumiendo, todo ello apuntaba a una imagen de auto-complacencia, de ese “todo va bien, disfruta” que tanto se consume hoy.

Cuento todo esto para hacerse la idea del efecto que pudo tener el descubrir que existe toda una generación de sacerdotes, seminaristas y laicos jóvenes (¡sí, jóvenes!) que abrazan abiertamente la Iglesia y su Tradición en su plenitud, sin sincretismo ni matizaciones, sin ese acomodaticio “si no les vences, únete a ellos” al que antes me he referido, con todo lo que ello conlleva. Este tipo de gente difícilmente se encuentra por la calle, y si uno lo hace no se da cuenta. Sin embargo, en la comunidad de blogs abundan. Seguro que todos conocemos alguno, ya sea un grupillo de seminaristas o laicos que, horrorizados por ciertos espectáculos musicales que desgraciadamente a veces comparten una Misa, han creado en su parroquia un modesto taller-Schola para reavivar el interés por la Misa cantada, o bien grupos que con mayor dedicación contribuyen a la recuperación de la Misa Tridentina. Gente que ve en el culto a Dios un fin en sí mismo, y otorgan a la liturgia la importancia debida, entendiendo que en la belleza no se busca ornamentación sino oración.

Y muchos de estos blogs no son otra cosa que “capillitas” individuales donde cada cual, a veces para desahogarse más que para divulgar, crea un pequeño refugio de comodidad. No para estancarse y abandonar la realidad, sino para respirar un poco, estructurar y fortalecer ese “discurso contundente, dogmático” tan necesitado y enfrentarse de nuevo a la realidad. Pero para mí lo importante no son estas alegres “capillitas” (las buenas, digo) consideradas en sí mismas, sino el fenómeno de su reciente multiplicación y el entusiasmo con el que son recibidas. Creo que para los católicos esto es una gran fuente de esperanza.

Afectuosamente en Cristo,

Eduardo

Sirac dijo...

Brigante:

http://voxfidei.blogspot.com/

Es una de las capillitas buenas. Atención a la serie sobre el 'nuevo ateísmo'. En mi opinión no tiene desperdicio.

Muy recomendable. Me cuentas lo que te pareció.

Vale.