1.- Muchos que ven hoy a la Iglesia fuera de la perspectiva de la fe, la consideran como una institución Social compleja y sólida, como una especie de agencia Humanitaria.Pero nosotros sabemos que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, en realidad la Iglesia es plasmada y guiada por el Espíritu de su Señor. La Iglesia es un cuerpo vivo (cf. Efesios 3, 3-6), cuya vitalidad es fruto del Espíritu divino invisible.
Para indicar la presencia del Espíritu en la iglesia se ha usado la imagen de la tempestad. Acomodándonos a esta imagen decimos que la tempestad se describe como “viento impetuoso” y esto nos hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los demás antros y nos hace posible vivir en él.
Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual; y como existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y a los seres vivos, también existe una contaminación del corazón y del espíritu, que daña y envenena la existencia espiritual.
Por eso, aunque deberíamos destruir todo esto que contamina, sin embargo nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchas cosas que circulan en la sociedad actual y que contaminan la mente y el corazón.
Por ejemplo nos acostumbramos a ver las imágenes que enfatizan el placer, las películas que plasman el sexo, la violencia, la droga, el alcohol, y el desprecio del hombre y de la mujer.
2.- Para defender esto, se dice: “Esto es libertad” – y así no reconocemos que todo esto contamina e intoxica el alma (cf. San Mateo 10,28) y sobre todo el alma de las nuevas generaciones y acaba por aniquilar su misma libertad.
En cambio, el pensar en el Espíritu Santo, que viene a la Iglesia nos hace desear respirar aire limpio, el aire saludable del Espíritu que es el amor.
También otra imagen del Espíritu Santo es el fuego. El hombre actual ya no quiere ser imagen de Dios, sino de sí mismo: se declara autónomo, libre, adulto – En las manos de un hombre que piensa así el “fuego” y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: puede volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia ya lo demuestra la Historia.
Nosotros tenemos el recuerdo de la desgracia y la tragedia de Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de Agosto de 1945), donde la energía atómica, utilizada con fines bélicos, acabó sembrando la muerte en proporciones inauditas.
3.- La Sagrada Escritura nos revela que “el fuego” es la energía capaz de mover el mundo, no es pues, una fuerza anónima y ciega, sino la acción del Espíritu de Dios. Y Jesucristo nos trajo esa fuerza vital, cuando nos envió al espíritu Santo (cf. Hechos 1,8) es decir el amor de Dios que “remueva la faz de la tierra”, purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte.
Este “fuego” puro, esencial y personal, el fuego del amor de Dios, vino sobre los apóstoles reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.
Por eso decimos que la Iglesia es un cuerpo vivo, cuya vitalidad es precisamente fruto del Espíritu divino invisible. “allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y allí donde está el espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia. (San Ireneo Obispo, 125-202,d.C)”.
S.E.R. don Carlos Quintero Arce
Arzobispo emérito de Hermosillo
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