domingo 13 de septiembre de 2009

La Cruz, signo de contradicción para el mundo

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El Brigante lleva unos cuantos días faltando a su cita con sus amigos y todavía durante algunos días más las actualizaciones serán escasas.
Pedimos paciencia y oraciones a nuestros cofrades lectores. Dios mediante, en una semana más o menos esperamos estar de nuevo al pie del cañón, con más vigor, para comenzar el nuevo curso.
Tareas inaplazables y absorbentes así lo imponen.
In pace et militia catholica,
El Brigante
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[De momento, nuestro amigo novohispano José Ramón Canizales nos envía la colaboración que publicamos hoy]:

Cualquier mal o sufrimiento, dolor, fracaso, desventura lo podemos llamar cruz. Muchas son las causas del sufrimiento: por la misma naturaleza, por la situación social y porque Dios lo quiere, lo permite.
El problema del mal ha sido siempre un gran obstáculo para creer en Dios, porque si Dios es bueno, ¿por qué permite el mal?,
¿por qué sufre el inocente?, ¿Por qué mueren los niños? El ser humano de cualquier época ha rechazado la cruz, el sufrimiento, a pesar de que lo encuentra cada día en la enfermedad, en la humillación, en el desprecio, en el abandono, en la guerra y en la muerte.
Unos y otros se preguntan entonces ¿dónde está Dios? ¿Qué hace Dios? El sufrimiento, la cruz, la muerte no se explican. No entendemos el sufrimiento cuando tiembla la tierra y la casa se derrumba, cuando el hospital se abre para acoger mi sufrimiento, cuando veo triunfar al prepotente y al pobre morir de necesidad, cuando veo que se apagan mis días y sólo existe la noche, el misterio nos supera y la cabeza se llena de preguntas. Si Dios es bueno ¿por qué hace o permite sufrir? ¿Por qué? ¿Por qué, Señor, ahora?
Muchos enfermos pasan por las siguientes fases: rechazo y aislamiento, ira, comerciar, depresión y aceptación. Cruz y cruces son los sufrimientos y contradicciones que tenemos en la vida. Podemos hablar, también, de la cruz en sentido general, de esa que no inventó Jesús, que es inherente a toda condición humana y al cristiano.
No sólo existe la cruz personal, se habla de una cruz colectiva. Existen muchas personas y pueblos que están crucificados por causa del mal y del pecado. Se repite el mismo pecado de todos los tiempos: el ser humano explota al otro y lo mata de mil formas.
Por eso para que la cruz, cualquier cruz, tenga valor, hay que llevarla como Cristo.
La cruz tiene dos caras: es, por una parte, instrumento cruel de castigo para rebeldes políticos o esclavos y, cuando le es impuesta a un inocente como Jesús, configura un crimen político religioso; pero la cruz encarna, además, uno de los símbolos más vigorosos del cristianismo como expresión de la redención de Cristo y de la voluntad salvífica del Padre” “Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados” (cf. S. Mateo 5, 5).
Juan afirma que la cruz es el gran acontecimiento escatológico en el que se manifiesta la gloria de Dios (cf. S. Juan 17, 1), la hora definitiva llega en la cruz en la que todo queda cumplido (cf. S. Juan 17, 30). Dios se hace visible en la cruz de Cristo.
La cruz de Jesús es el signo fiel a la causa del reino de Dios. No se puede separar la muerte de Jesús del resto de su vida. Jesús no busca el sufrimiento, pero asume su propia crucifixión, por amor a su Padre y a la humanidad. “No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (cf. S. Mateo 26, 39). Jesús viene a hacer la voluntad de Dios (cf. Hebreos 10, 7); esta es su alimento (cf. S. Juan 4, 34) y la voluntad de Dios se traduce en la ley de amor, que exige obras y servicio (cf. S. Mateo 7, 21-23).
La cruz de Cristo es la denuncia radical a la conciencia del hombre, que busca construir un paraíso en la tierra y que sueña con una autosuficiencia histórica, que le hace independiente de Dios y constructor único del reino de lo que el cree es la libertad y felicidad. Por eso la teología de la cruz es la afirmación de la necesidad de la gracia y de la gratuidad de ésta.
Jesús no sufrió la cruz porque quiso, fue el resultado de su vida. Ni tampoco el Padre la fabricó para él. “Las cruces en la vida de Cristo, cuyo desenlace es la pasión y muerte en cruz, fueron el término trágico e inevitable de llevar a cabo la misión que el Padre le había encomendado. Ante ella, Jesús se hizo obediente hasta el sacrificio de la pasión. Jesús aceptó la cruz, libremente y por amor al Padre”. La aceptó también por la humanidad para quien logró la amistad total con Dios.
La cruz de Cristo indica el camino que debe seguir el cristiano, en la lucha contra todo pecado para instaurar el Reino de Jesús. Están íntimamente relacionadas “la gracia de la salvación de Cristo” y la tarea humana”. La lucha por un mundo mejor reviste forma de cruz, animada por la esperanza cristiana de resucitar como Jesús. La confianza del cristiano descansa en la misericordia de Dios.
Jesús toma la cruz para obedecer a la voluntad del Padre (cf. S. Mateo 16, 21); así ésta surge de su compromiso con el Reino, como pronta y absoluta fidelidad a Dios. En la vida de Jesús, la cruz es dolor que brota del amor y conduce a la salvación. El morir de Jesús es consecuencia de su vida, de su entrega de amor incondicional: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos"...."Jesús, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo" (cf. S. Juan 13, 1). Y de la cruz y muerte de Cristo brota la vida.
La muerte de Cristo fue aparentemente un fracaso. Abandonado de todos, burlado por sus enemigos que cantaban victoria, no era posible que éste crucificado fuera Dios. Jesús, en el momento más decisivo de su vida, tuvo conciencia de que el Padre que había estado muy unido a él y que ama con predilección a los pobres y sufridos, le había abandonado. Pero a pesar de que el Padre no obra milagros para salvarle (cf. S. Mateo 26, 53-54), Jesús sigue creyendo en su amor, no pierde la confianza y se arroja en sus brazos. Y Jesús “fue escuchado por su actitud reverente” (cf. Hebreos 4, 7).
En el día de hoy nos encontramos también con muchas cruces y muertes que son un total fracaso. Sigue siendo necesario que el cristiano pase por el mismo trance que Jesús, pues “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda el sólo; pero si muere, da mucho fruto”(cf. S. Juan 12,24). Por eso la Muerte de cruz y resurrección forman una unidad inseparable: el resucitado es el crucificado. Es esencial al resucitado el escándalo de la cruz (cf. Gálatas 5, 11).
El que se crucifica con Cristo, resucita: en la cruz está la vida.
Cuando hablamos en cristiano, no hemos de confundir cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que encontramos en la vida, sino por seguir a Jesús. “La cruz no es el mal y el destino penoso, sino el sufrimiento que resulta para nosotros únicamente del hecho de estar vinculados a Jesús... La cruz es un sufrimiento vinculado no a la existencia natural, sino al hecho de ser cristiano”.
Ciertamente el sufrimiento, la cruz es un misterio para todos. Todas las explicaciones sobran, pero no es cuestión de comprensión, sino de aceptación. Y paradójicamente quien acepta y abraza la cruz, la siente como un peso ligero y un yugo suave (cf. S. Mateo 11, 30). Jesús invita a los cristianos a "tomar la cruz"," cargar cada día con la cruz", “ a perder la vida" (cf. S. Mateo 11,12; S. Juan 12, 24-26)."El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (cf. S. Lucas 14,27). Seguir a Jesús es cargar con la cruz como él (cf. S. Mateo 10, 38), es estar donde está él (cf. S. Juan 12, 26)), es dar la vida (cf. S. Juan 13, 37). “Como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación”(LG 8).
Jesucristo, sufriendo la muerte por todos, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia. Todo el que está cerca de Jesús, el que sigue a Jesús tiene que estar dispuesto a asumir la persecución y muerte. Sin la cruz es imposible comprender quien es Jesús. Seguir a Jesús por el camino (cf. S. Marcos 10, 52) es el que está dispuesto a darse a sí mismo (cf. S. Marcos 8, 35), a ser el último (cf. S. Marcos 9, 35) a beber el cáliz y cargar con la cruz (cf. S. Marcos 10, 38). Y la verdad que todos los que han estado cerca de Jesús, como María, Pablo y tantos otros, han participado del calvario, les ha tocado alguna astilla de la gran cruz.
Ahora, también es necesario permanecer en la fe en medio de las tribulaciones, porque “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (cf. Hechos 14, 22). La fe es la única relación que podemos tener con Jesús. Así se lo inculcó a la Magdalena (cf. S. Juan 20, 11-17), a los Doce, especialmente a Tomás (cf. S. Juan 20, 19-29) y a los discípulos de Emaús (cf. S. Lucas 24, 13-31). En medio del desencanto y la frustración es bueno escuchar las Escrituras con fe para, como los discípulos de Emaús, recobrar la fortaleza y el sentido de la vida. El cristiano ha de llevar su cruz como la llevó Jesús.
Negarse a sí mismo, “renegar de sí mismo” es otra condición del seguimiento de Jesús (cf. S. Mateo 16, 24). “El ‘negarse a sí mismo’ y el renunciar ‘por el Reino` a bienes o derechos, intereses o comodidades, continúa siendo de vigente y urgente actualidad en la espiritualidad cristiana; hoy, sobre todo, frente al consumismo, hedonismo, despilfarro; cuando la miseria de la mayoría es cada vez más profunda y es cada vez más ancha y sofisticada la posibilidad de placer y disfrute por parte de una minoría egoísta”.
Nos ayudará a negarnos, el haber descubierto el tesoro, o la perla y a saber que ganamos más que perdemos. Descubrir el tesoro. “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (cf. S. Mateo 13, 44). O como el mercader de perlas finas que, encontrando una de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.
En todo seguimiento, en toda búsqueda y encuentro se dan estos tres pasos: deseo o motivación, pérdida y ganancia, alegría.
Se consigue lo que se desea, siempre que se puede. Cuando no hay motivación no hay búsqueda y no hay, sobre todo, valor para vender lo que se posee. Por eso hay que cuidar el corazón. “Hijo mío, por encima de todo cuida tu corazón, porque en él están las fuentes de la vida” (cf. Proverbios 4, 23).
El seguimiento exige conversión, estar dispuesto a perder, a dar la vida para ganarla. Ser cristiano es seguir a Cristo por amor y, al estar cerca del Maestro, al vivir con él, Jesús hace la misma pregunta que un día le hizo a Pedro, ¿“me amas”? (cf. S. Juan 21, 15). Amar es escuchar su palabra, ponerla en práctica (cf. S. Mateo 7, 22-25). Amar es “venderlo todo” (cf. S. Mateo 13, 44-46) y estar dispuesto a perder la vida (cf. S. Juan 12, 25).
Todos quieren ganar, pero sin dar nada a cambio. El Evangelio nos propone el otro camino, el de que para tener vida, hay que estar dispuesto a perderla. Y nos resistimos a perder y a soltar amarras. Tenemos miedo a perder, no colaboramos con los otros, vivimos engañados.
Para entrar en esta dinámica del Reino es necesario tener los mismos sentimientos y criterios de Jesús (cf. Filipenses 2, 5). Los que eran los más lejanos y parecían ser menos para la gente, eran los más importantes y cercanos a Jesús, como los : pecadores, prostitutas, pobres y débiles.
El descubrir a Jesús como tesoro, como lo único importante, lleva consigo una vida de alegría y entrega. La alegría que da Jesús nadie la podrá quitar (cf. S. Juan 16, 22). Al caminar con él y con alegría, las dificultades se aminoran y desaparecen, como desaparece el dolor a la mamá que contempla el hijo que ha traído a este mundo (cf. S. Juan 16, 21).
Pedro negó a Jesús (cf. S. Marcos 14, 30), dio a entender que ni le conocía ni tenía nada que ver con él. Lo mismo acontece con el que lo niega ante los demás (cf. S. Lucas 12, 9). Desde la actitud del seguimiento tenemos que entender la cruz y el negarse a sí mismo. Negarse a sí mismo no es castigarse o autodestruirse, es olvidarse de uno mismo, de su egoísmo, de sus propios intereses y adherirse radicalmente a Jesús y centrar la vida en él. Negarse a sí mismo es abrirse al plan de Dios, morir cada día en una actitud de servicio, dispuesto a perder la vida (cf. S.Marcos 8, 35).
En el seguimiento de Jesús hay que conjugar amor y paciencia, realismo y confianza. El cristiano ha de vivir en actitud permanente de discipulado, apertura total, respecto a Jesucristo y a Dios. Su meta no ha de ser otra sino la de revivir a Jesucristo y su camino.
El amor debe ser el motor y la meta en todo camino del seguimiento. El tiene que ser la fuente de mayor consuelo, no el éxito. Y en la vida de todo cristiano hay que conjugar muy bien los dos momentos, oración y entrega, como lo hizo Jesús y los primeros cristianos.
Por eso desde nuestro seguimiento y fidelidad, la cruz seguirá siendo signo de contradicción para muchos y alegría para otros.

José Ramón Canizales Martínez
Misionero de Cristo - CeFAL Sonora

1 comentarios:

Pulgar dijo...

reverendo, ¿no cree que a sus reflexiones les falta algo? Lo que traía a colacion el brigante el otro día, lo echo en falta: la expiación. Está muy bien todo lo de que el dolor y la muerte y la cruz son un escándalo y que nos ecomprenden. Sí, pero si mirásemos las cosas como los Santos pdres, la condición de pecado que tenemos, veríamos también lo mucho que necesitamos expiar. Expiación que sólo es posible unidos al sacrificio de la cruz, que vivifica nuestros sufrimientos.
Yo esto lo añadiría, reverendo. Porque de otro modo la verdad es que el dolor y la cruz de los hombres son incomprensibles.

MIs respetos,

Pulgar