martes 25 de agosto de 2009

Empecemos... por curarnos de la tele (II)

No hablo de la televisión como avance técnico –admirable, utilísimo en mil campos– sino del uso más extendido: como medio de comunicación y de entretenimiento. No confundamos. Las características propias del avance técnico adquieren unas peculiaridades específicas cuando se destina a la comunicación y al ocio. Eso es lo que llamamos “televisión”, a secas.
El tema de la televisión hace aflorar pasiones insospechadas. Casi todo el mundo admite que los contenidos de la programación son inaceptables y hasta moralmente perniciosos. Pero muy pocos están dispuestos a prescindir del aparato. Esto ya debería hacernos reflexionar sobre el grado de dependencia que genera. Cuando se apunta el perjuicio que el medio mismo ocasiona al utilizarlo como forma habitual de información o de ocio, la resistencia es inmediata: “Se trata de usarlo con criterio”, “la televisión es buena si se sabe verla”.
De creer a los defensores de la televisión “con criterio”, la mayoría de los televidentes deciden fría y previamente la cantidad razonable de tiempo que van a pasar ante el televisor, seleccionan rigurosamente la programación y tienen siempre el dominio sobre esta actividad, sin que les influya más allá de lo que ellos deciden. En realidad, uno de los males de la televisión es que crea mala conciencia y deseo de disimular el poco control que tenemos sobre ella. Pero los problemas de la televisión van más allá de la pésima calidad o la inmoralidad de los contenidos o de la tendencia a hacernos decir que vemos “sólo documentales”.
La televisión nos hace pensar que rompemos los límites de nuestra contingencia, que podemos “vivir” enriquecidos por imágenes fabricadas en la Antártida, en Las Vegas, en Mindanao o más bien… en un plató o en cualquier sala de montaje. Después del viaje virtual que es cada sesión de televisión, quedamos con la cabeza repleta de imágenes falsificadas (a las que no les corresponde un conocimiento proporcionado), satisfechos de lo mucho que pensamos haber “conocido” o, más frecuentemente, hastiados de cómo, una vez más, hemos perdido el tiempo soberanamente, y quizás con remordimientos por lo embrutecidos que estamos al contemplar –sin indignación y sin retirarnos inmediatamente– lo más nefando, lo que debería ser ocultado, cuando no directamente reprimido.
¿En qué disposición está el televidente tras ver la televisión? ¿Tiene los “poros” de su alma más abiertos para aprender, para contemplar, para la compasión o para la oración? No, tiene la sensibilidad embotada por una saturación innatural de imágenes, de una violencia inusitada no tanto por el contenido, sino por la forma. Pero no sólo: la imaginación está llena de imágenes que acaparan nuestra energía y que la memoria trae una y otra vez a la conciencia, entorpeciendo el ejercicio de la reflexión.
La voluntad, por su parte, se habitúa a la pasividad, dominada, lábil, imprudente y sin fortaleza. El hombre o la mujer “televisivos” pierden (hablo por propia experiencia) la radicalidad moral necesaria para acometer una vida humana y cristiana, que exige el hábito de la fortaleza para plantar cara a mil tentaciones.
Hay quien dice que hay tiempo para todo: para ver la televisión, para estudiar, para rezar. Pero el ser humano (el que existe en realidad) es un compuesto de alma y cuerpo, no un espíritu separado que puede cambiar de actividad sin transición. La oración o el estudio, requieren una preparación remota, una pacificación, una concentración, un silencio interior y exterior, un dominio mínimo de la sensibilidad y de la imaginación. Los efectos internos de nuestras acciones nos acompañan, y más si consisten en atiborrarnos de ruido y de imágenes. ¿Qué oración es posible en esas circunstancias?
La forma dictatorial, impositiva, arbitraria con la que la televisión se abre paso en los hogares, genera una disposición derrotista, indolente, resignada, en los teleadictos. Queda el nuevo espejismo idiota de poder elegir entre los múltiples canales que procesan análogos fraudes. Elegir al embaucador que nos va a entretener durante media, una, dos o quién sabe cuántas horas, al precio de proseguir erosionando nuestra capacidad de admiración por la realidad, de conocimiento riguroso, de firmeza moral.
Los hombres televidentes conservan, cómo no, sus diferencias entre sí. Pero comparten la erosión íntima que produce el medio. Los católicos y los ateos, los socialistas y los conservadores, consumidores de televisión, reducen sus diferencias a matices ideológicos, bajo los cuales la trituración moral se asemeja cada vez más.
La fe exige un asentimiento humano, por lo tanto, con inteligencia y voluntad. Por eso, la sabiduría cristiana advierte sobre las condiciones que favorecen o dificultan el ejercicio de la fe y de la virtud.
“El acto de contemplación -dice Santo Tomás- es impedido por la vehemencia de las pasiones, debido a que la atención del alma es desviada de la consideración de las realidades espirituales y acaparada por los placeres sensibles, así como por el tumulto de las cosas exteriores. Por tanto, las virtudes morales, al refrenar las pasiones e imponer un orden racional a la actividad exterior, disponen a la contemplación”. La vehemencia de las pasiones, como las que produce y prolonga en el tiempo la imaginación sobrecargada, o el tumulto de las cosas exteriores, desvían al alma de la consideración de las realidades espirituales. De este modo, las casas cristianas dejan de ser casas de oración, para entronizar un aparato que nos provee siempre de la dosis oportuna de distracción. “La televisión hace mucha compañía”, dicen, pero compañía no hace ninguna. Proporciona distracción que nos hace olvidarnos de nuestras necesidades verdaderas, de nuestra condición y, por supuesto, de la presencia de Dios.
Hablando del influjo de los sentimientos en la vida espiritual, decía fray Lucas de San José: “Todos los maestros de la vida espiritual, (...) se creen obligados a regular los sentimientos del corazón de sus discípulos; porque en el orden espiritual y moral, sin previa educación del corazón, se pierde lastimosamente el tiempo. Quien no tenga el dominio de su corazón no será jamás un Santo, ni un hombre completo. Perderá en un instante lo que en años haya adelantado”. La vida espiritual requiere una lucha por el dominio de los sentimientos y de la imaginación. La televisión es una “mala maestra”, que subvierte el orden en el alma humana, otorgando la primacía a los sentimientos y a la imaginación, por encima de la razón y la voluntad, y eso, aun cuando transmita contenidos “piadosos”, pues lo hace saturando nuestra imaginación y nuestro corazoncito.
La televisión contribuye como ningún otro medio a domesticar a los cristianos, que quedan atrapados en una viscosa red de deseos ineficaces o de discursos sin correspondencia con la realidad.
Quien de veras quiera vivir una vida conforme a la doctrina católica debe reflexionar, pero no sólo: debe actuar y remover los obstáculos morales que impiden el seguimiento de Cristo. La televisión es uno de esos obstáculos, ciertamente no el único, de modo que si eludimos la urgencia de su eliminación en nuestra vida lo único que manifestamos es nuestra resistencia a ese seguimiento radical al que por nuestro bautismo estamos obligados.
Hoy que se pretende “reconstruir” un cristianismo compatible con el mundo, que sólo libre determinadas batallas (la de la “vida” y la de la “libertad de educación”…), la televisión no molesta. Pero la auténtica vida de fe, sin embargo, nos reclama a que luchemos por convertir nuestras casas en un testimonio de oración, de moralidad en el vivir y en una palestra de las virtudes cristianas, como decía S.S. León XIII. La televisión no encaja en ese planteamiento. Así de simple.

J.A.U.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Por eso la desterré de mi casa. Debe haber sido la decisión más sabia que tomé en mi vida.
Y a veces la extraño!
Señor: "del enemigo malo, protégeme

Pedro dijo...

Te escribo después de darle varias vueltas al tema. Me dejas descolocado. Porque razones y excusas tenía, pensando en los contenidos, pero lo que dicesle da la vuelta al problema y reconozco que la televisión debilita a mi familia. Por más que me esfuerce en tenerla bajo control, reconozco también que con poco éxito.

Pedro L.

Anónimo dijo...

Hace falta verdadero valor para dar un paso como ése, no es broma. Hace unos años se nos estropeó la tele vieja y hasta que compramos una nueva pasó más de un mes. Durante esas semanas me harté de aconsejar "lo bien que se estaba sin tele". Hoy soy un teleadicto más y he de reconocer que hace daño, mucho daño, no ya a la cristiandad o catolicidad de cualquier familia, sino a la mera convivencia de una familia aunque no sea cristiana. Mil gracias por su página Brigante.

el brigante dijo...

+
Gracias, cofrades.
A Pedro y al amigo anónimo: uno de los efectos más inicuos de la televisión es debilitar la voluntad, de modo que cualquier violencia nos parezca insoportable. Es una de las razones más urgentes para deshacerse de ella. Amigo anónimo, tú viviste un mes sin televisor y eso te bastó para (durante un mes), cambiar "de trinchera" y atreverte a hablar de los males de la televisión. Por eso te recuerdo que no es tan duro, ni mucho menos, dar "ese paso". Curiosamente, a mí también me sucedió lo que a ti. Se estropeó el televisor de casa (gracias a Dios nunca llegamos a tener más de uno a la vez) y como la idea me rondaba en la cabeza, fui forzando el retraso en comprar otro. Lo más importante es que tenía unas pocas razones (¡muy pocas y nada que ver con mi razonamiento de hoy! Principalmente me preocupaba la humillación constante que yo aceptaba de exponerme a unos contenidos que me ofendían y ¡a la vez me subyugaban y seducían!). Me aferré a mis pocas razones, casi una intuición, seguro de que mi vida no empeoraría sin la tele. El resultado es que lo que previamente parecía una hazaña, cuando te pones a ello te das cuenta de que es algo muy liviano. Yo era un teleadicto de marca mayor (a todo tipo de programas) y debo decir que el "síndrome de abstiencia" de la televisión es más temido que real: tiene poca intensidad y dura poco, algunos meses. Ni siquiera un año.
Hablaremos de la experiencia de "quitarse de la tele", de los riesgos, de cosas prácticas.

Pero insisto: aunque sólo fuera por vergüenza torera, un hombre no puede consentir tener una dependencia tan humillante... y tan fácil (no me cansaré de decirlo: fácil, fácil) de suprimir. El Enemigo tiene un gran éxito haciéndonos creer que es un sacrificio enorme y por eso fantaseamos con lo hermoso que sería, pero sin la firme convicción de dar el paso irrevocablemente. Por último: si pensárais en los frutos inmediatos de prescindir de la televisión, aún sería más sencillo. Pero, veo que habrá que escribir sobre el aspecto práctico de dejar la televisión. Gracias, amigo anónimo, por darme la oportunidad de decir estas cosas.

In spe,

Julio Alvear Téllez rcatolica@gmail.com dijo...

Excelente estos artículos sobre la TV. Como todo lo que está saliendo de de la pluma de El Brigante.
Hemos reproducido los artículos en www.reaccioncatolica.blogspot.com

In Jesu et Maria,

Julio

Anónimo dijo...

Allá por diciembre (fecha de mi casamiento)a mi marido y a mi ya nos rondaba la idea de no poner television en casa. Yo, adicta a su consumo me veía incapaz de hacerlo ¿que iba a hacer yo sin tv?. Tras mucho hablarlo con mi marido decidí dar el paso, me creí una heroína cumpliendo con la mayor de las hazañas. Lo anuncié en casa para que a nadie se le ocurriera regalarnos una por nuestra boda. Nadie lo entendía, pero lo aceptaron. Un familiar despistado con la mejor de sus intenciones nos regaló una super tv de no se cuantas pulgadas con todas las tonterías disponibles en el mercado. El diablo atacaba de nuevo: la miraba, tan nueva, tan grande, con su sonido tan envolvente...Me la quería quedar pero mi conciencia me decía que ya había tomado una decisión, que no debía darle un hueco de prestigio en mi hogar. Tras dos días pensando qué hacer con ella decidí regalársela a alguien que se iba a comprar una al día siguiente. Hoy en su lugar, en ese hueco hacia donde todos los muebles del salón miran en todas las casas, brilla con mucha más luz y dando mucha más felicidad y alegría a mi hogar un precioso Sagrado Corazon de Jesús, que no sólo me gusta mirar. Me entretiene en la oración, me da paz y ayuda a mi alma a intentar continuar con el camino hacia la santidad.
¿TV? NO, GRACIAS
¡ANÍMATE Y TÍRALA A LA BASURA!

Carmen

el brigante dijo...

+
Queridos Carmen y Julio,

Gracias por vuestra generosidad y testimonio.

¡Lo de la televisión es poquita cosa y no cuesta tanto !(no nos pasa nada si de vez en cuando nos apetece ver una película... y no la vemos. No se muere nadie, que no).

Hay que recordarlo: deshacerse de la televisión no es más que un preámbulo necesario para una vida racional, moral y católica.

Sólo un preámbulo, como muchos otros, pero necesario. Así que menos echar cuentas que no nos van a salir nunca y más tomarse la vida en serio.

Y lo dicho: hasta que no la dejas, no te percatas de lo sencillo que era... y de todo el mal que te hacía.

Abrazos brigantes,

el brigante dijo...

+
Por cierto, Carmen, espero que otros también se animen a dar testimonio de que es posible vivir sin televisión y cómo uno no se convierte en un hurón o algo así.

No todo el mundo tiene alma de pionero, de modo que invito a que los "veteranos", aunque -con razón- piensen que no es gran cosa lo que hacemos, hagan el favor de contar su caso.

Abrazos,

Matatías dijo...

Estimados todos,

Tras el anterior artículo de nuestro querido Brigante acerca del mal de la TV (no la primera parte de éste, sino uno anterior), ya estuve meditando acerca de no tener TV en mi futuro hogar (me caso D. m. en dos meses). Tras mucho darle vueltas con mi prometida, parece que decidimos tenerla "con responsabilidad", a pesar de saber para mí lo engañoso que resulta esto.

Gracias a este nuevo artículo me reafirmo reafirmo en mi decisión inicial de no tener TV.

Había y hay algo que me asusta de ello: ambos tenemos trabajos "estresantes" de los de hoy en día, casi nula actividad física pero mucha intelectual, unas 8 horas de ordenador al día... Cuando uno llega a casa, a partir de los miércoles ya no hay ganas de leer por las noches, y parece que lo que a uno le descansa y relaja, antes de acostarse, es un poco de "tele". Prescindir de ella en este sentido es lo que me cuesta, pero tengo ahora la firme intención de hacerlo.

Gracias por el artículo y los comentarios. Saludos cordiales.

el brigante dijo...

+
Querido Matatías,

En este mundo en que nos ha tocado vivir nos vemos obligados a tomar decisiones morales con certezas suficientes pero también con mucha perplejidad, con oscuridad. No debes pensar en tener toda la claridad posible, sino simplemente la necesaria (que ya tienes) para tomar la decisión. Todo está en la decisión. Pero estate atento que sea una verdadera decisión basada en razones: sólo así podrás –fácilmente- superar las dificultades, recordando las razones. El que pone la mano en el arado no debe echar la vista atrás. Por lo demás, cuando uno toma una decisión como ésta, pero sólo después de tomar la decisión, las cosas se ven mucho, mucho más claras y casi da risa pensar en lo mucho que le dimos vueltas. Pero la trampa es pedir esa claridad que uno tiene solo cuando ha tomado ya la decisión, antes de tomarla.
Insisto: para tomar la decisión no hace falta más claridad que la de comprender las razones.
Insisto también en que todos los teleadictos, antes de tomar la decisión de liberarnos del aparato, hemos pensado que estábamos ante una hazaña. No está mal, si sirve para animarse (por aquello de que conviene hacer cosas importantes en la vida), pero una vez que se da el paso se advierte que a) no era para tanto, y b) que en sí no basta, es condición necesaria pero no suficiente. Digamos que eso te permite realmente tomarte en serio la verdadera aventura de la vida cristiana, pero no era ni siquiera una meta volante…
La vida de oración en común en la familia, el orden, la educación mutua de los cónyuges, de los hijos… eso va conformando el tiempo, llenándolo de gozo. Un tiempo que, sin la televisión, empezamos a entender mejor como la paciencia de Dios con nosotros. Y ojo: la familia se constituye en el intercambio de consentimientos, no con el nacimiento del primer hijo… así que no hay tiempos muertos.

Pero esto sólo era un comentario para agradecerte tu testimonio y para asegurarte mis oraciones para tu próximo matrimonio y tu vida familiar… sin televisión. Gracias y a mandar. Aquí tienes un amigo,

In pace (et militia) catholica!

brigante dijo...

No acabo de entender por qué el autor considera a la televisión más nociva que, por ejemplo, la mala literatura.

OFF-TOPIC.- Aprovecho para comentarle que hace tiempo descubrí que teníamos nicks parecidos. Al registrarme no era consciente de que usted utilizaba este nick. Hasta ahora me he abstenido de participar en este blog por temor a que hubiera alguna confusión. Espero que no sea molestia.