viernes 21 de agosto de 2009

Empecemos… por curarnos de la tele (I)

Si no solucionamos un “problema” tan elemental y tan preliminar como el de la televisión, la vida moral y la sobrenatural quedan comprometidas. Resolver el problema es simple: tirar el televisor a la basura, dejar de ver la televisión. Sin embargo, nos valemos –yo me valía– de cualquier añagaza para dilatar sine die tan apremiante decisión.
La gran mentira de la televisión es la de hacernos creer que es una ventana al mundo, que no hace otra cosa que acercarnos la realidad multiforme y lejana a nuestro salón comedor. La televisión es, exactamente, todo lo contrario. Es un muro que se interpone entre nosotros y la realidad. La verdadera realidad queda sepultada bajo una montaña de imágenes cambiantes.
En la combinación audiovisual, la palabra se subordina a la imagen, y no al revés. La televisión es, principalmente, un método de transmisión de imágenes, reforzadas por palabras. Por lo tanto, la televisión, principalmente, produce una hipertrofia de la imaginación en detrimento de la razón. La palabra, en lugar de servir para la inteligencia, queda esclavizada al servicio de la imaginación.
Incluso cuando –por hipótesis– los contenidos de la televisión pudieran ser buenos y veraces, la percepción, la “posesión” que de esos contenidos tenemos es capciosa. Creemos que sabemos algo por haberlo “visto” en la televisión, porque al evocarlo despertamos en nosotros inmediatamente una imagen o una sucesión de imágenes, que suscitan emociones. Pero cuando una imagen representa un concepto no puede cumplir más que una inicial función de “captación de la atención”. Después, hace falta una comprensión intelectual para poseer adecuadamente ese concepto y eso la televisión lo obstaculiza creando el espejismo de que “ya lo sabemos”. La televisión, al sobre-excitar la imaginación, nos hace caer en el engaño de que realmente conocemos aquello que se nos ha mostrado en la pantalla, precisamente porque –cosa propia de la imaginación– ha despertado en nosotros intensas emociones. Tan intensas como fugaces, estériles e inhumanas.
Pongamos por ejemplo la narración de una noticia típica de televisión: una catástrofe en cualquier esquina del planeta. Inmediatamente nuestro cerebro recibe imágenes impactantes, contempla escenas de una gran crudeza, y de este modo, al mismo tiempo que realmente lo desconocemos todo sobre el verdadero sufrimiento de los protagonistas (que serán eclipsados de nuestra atención por la siguiente noticia, quizás la presentación de la colección de moda otoño-invierno en una pasarela), sentimos durante unos segundos una intensa emoción, desconectada de un conocimiento proporcionado. Emoción que decae, desplazada por la siguiente noticia (que genera a su vez una nueva emoción, de naturaleza diversa e igualmente fugaz). El resultado es que hemos sentido muchas cosas, sin conocer realmente ninguna. Si se nos pregunta, sin embargo, responderemos: “Sí, ya lo sé. Lo he visto por la tele”. Eso es inhumano. Es violentar el modo humano de conocer y de sentir.
Ese esquema típicamente televisivo de intensos y fugaces sentimientos, se convierte en una “segunda naturaleza” en los televidentes (en todos los que son o hemos sido televidentes) y el mundo de las emociones adquiere una independencia espantosa respecto del mundo de la inteligencia. De ahí que, habiendo advertido esa preeminencia de lo emotivo sobre lo racional, políticos, comerciantes y hasta pretendidos apóstoles religiosos apelen a las reacciones sensitivas, a la emotividad en detrimento de la argumentación racional.
Lo peor de la televisión no son los perversos contenidos que hoy transmite y que mañana pudiera censurar. Lo peor es lo que en ella no puede cambiar: el engaño de llenarnos la cabeza de imágenes para hacernos creer que “conocemos” lo que representan. La televisión, por su misma naturaleza, llena nuestra cabeza de imágenes que permanecen en ella largo tiempo, entorpeciendo el verdadero trabajo racional, la verdadera vida de la inteligencia humana, conformando nuestros gustos de forma anormal, prescindiendo de los canales auténticamente humanos de la transmisión del conocimiento y hasta de la misma adquisición de la experiencia.
Mis hijos ven, huelen y oyen un rebaño de ovejas estabuladas a menos de un kilómetro de casa, que transitan por los campos vecinos. A veces, tenemos que esperar a que pase el rebaño para poder continuar nuestro paseo. Entonces pienso en lo afortunados que somos porque esos estólidos mamíferos están delante de nosotros, permitiéndonos admirarnos de la sabiduría divina que los ha pensado y del poder de Dios que los ha creado. Ese contacto distraído y habitual de un niño con el ganado, con los campos, con la naturaleza, ofrece la ocasión de sorprenderse pensando cómo “manifiestan la gloria de Dios”. Pienso también en los documentales en los que me mostraron gacelas, cebras, cocodrilos, tribus salvajes y ascensiones al Himalaya y cómo todo aquello no eran más que imágenes seleccionadas, editadas, artificialmente yuxtapuestas, que pretendían vanamente arrebatar a la realidad lo que ella se reserva para quienes humildemente la admiran. Incluso antes de ser editadas y manipuladas, la materia prima de esas imágenes había sido vivida por otros, no por mí.
Las imágenes que muestra la televisión pueblan nuestra cabeza, haciéndola insaciablemente sedienta de más imágenes novedosas y enteramente indiferente a la realidad que representan. La televisión nos hace depredadores de vidas ajenas, sobre las que en realidad nada sabemos, de las que nada nos interesa, pero que nos proveen de esa torpe ilusión: más imágenes, más ruido, más actividad… representada por otros.


J.A.U.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Magnífico artículo, Brigante.
En un Hogar católico no puede haber, BAJO NINGÚN PRETEXTO, televisión.

Jorge

Anónimo dijo...

Suplir lo natural con la ficción. - El motor del Mundo Moderno.

Salud,
LDVC.

el brigante dijo...

+
Gracias, cofrades.
Jorge, hoy comenzada novena a San Ramón Nonato.

Un abrazo,

Anónimo dijo...

Saludos, Brigante.

Yo tambien, por supuesto, he considerado mas de algun dia tirar la television por la ventana. Aunque mas bien estaba motivado por el estilo de vida de holgazan al que puede conducir, al parecerte que haces algo util cuando en realidad es pura pasividad. La verdad, hoy dia casi solo veo peliculas.

Quiza no entienda bien el articulo, el enfoque es ciertamente novedoso para mi. Las imagenes televisivas no pueden constituirse como la base de nuestro conocimiento, de eso no cabe duda. Como dice, al anularse el razonamiento no se esta dando un verdadero conocimiento, solo una apariencia de ello. Pero, una vez aceptado esto, ¿es necesario sepultar la television? ¿Acaso no podemos, habiendo desistido de cualquier pretension de conocimiento, aprovecharla por lo que es? No es una ventana al mundo, cierto, pero es una fuente de estimulo que puede abrir por otras vias dicha ventana (por ejemplo, impactado por imagenes de la guerra en Somalia, decido leer un libro sobre la historia reciente del pais, o quiza hacer un viaje).

De nuevo, es probable que no haya entendido bien el articulo. Si bien soy el primero en despotricar contra los males de la television (no creo que sea el unico que piense que menos progreso material significa mas progreso espiritual), de ahi a que en un hogar catolico no pueda haber television (como dijo Jorge)... En fin.

Saludos y animo con el blog,

Eduardo

Anónimo dijo...

Estimado Brigante, y estimado Jorge,

mala es la televisión, al igual que mala es internet (donde nos expresamos y discutimos), o la escuela, o el cine, o el teatro, o la literatura, o las homilías dominicales. Malas son, o buenas. Todo depende de cómo sea el acercamiento a todas ellas, como católicos y como personas.
En mi hogar católico hay una televisión, con la que disfrutamos viendo los reportajes de osos polares, o los partidos del Barcelona, o alguna que otra película, y donde nos informamos. Por supuesto que nuestro alimento intelectual y espiritual no lo encontramos en la tele, y estudiamos, y leemos, y discutimos y dialogamos, y oramos. Y por supuesto que hacemos un uso mesurado y crítico de la televisión, y sacamos provecho de ello.
Y como siempre, en este mundo que nos ha tocado vivir, aquí y ahora (y no hace 100 años aunque lo deseemos a veces), no lo entenderemos jamás, con sus virtudes y sus miserias, si no conocemos los principales medios de comunicación.

Un abraxo,

Domingo

Anónimo dijo...

"La televisión es el sagrario de Satanás" Padre José María Alba S.I.

el brigante dijo...

+
Caro Eduardo,
La televisión produce una hipertrofia de la imaginación y de la sensibilidad. Esto, en sí mismo, es contrario al orden de las cosas humanas. Per accidens, la televisión, evidentemente, puede aportar pistas, datos e información útiles. Pero la valoración moral del medio debemos hacerla teniendo en cuenta esencialmente lo esencial y accidentalmente lo accidental. Esencialmente produce una "mentalidad" que asfixia el proceso racional y volitivo, que obstaculiza la contemplación y la oración. No parece muy prudente valorar el medio por los imponderables y accidentales elementos recuperables que puedan suceder en él.Si llegan a suceder es a precio de haber vejado previamente nuestra alma. Es comprar hierro a cambio de oro.

Hay mucho tema, pero hazme caso: aunque no lo tuvieras muy claro, si superaras la resistencia a deshacerte del aparato de marras, a pesar de que hay que pasar un -breve- período de desintoxicación, los efectos son apreciables ¡sólo entonces se comprende el daño que nos ha hecho la televisión!

Gracias por tus ánimos y bienvenido. Estás en tu casa.

(Nota: he colgado otro artículo sobre el asunto... y no creo que sea el último).

el brigante dijo...

+
Hombre, Domingo, ¡cuánto tiempo! Bienvenido.

La televisión no es "igual de mala" que internet (que tiene sin embargo grandes peligros, mucho más centrados en la accesibilidad de innombrables contenidos), ni la escuela (hoy ciertamente peligrosa, por otros motivos nada análogos), o las homilías dominicales (yo no tengo queja últimamente). En cuanto al cine y el teatro, sí que veo más analogía.
Yo no deseo haber vivido en otra época, créeme. Deseo vivir en la que me ha tocado, eso sí, sin dejarme seducir por ella.
Algunos de los puntos que tocas los he tratado en el artículo que he colgado hoy). Seguiremos reflexionando.

In Domina,

Anónimo dijo...

Apreciados todos, y un poco tarde. Las palabras del Brigante son sabias, y dignas de ser leídas y escuchadas. Lo único que no me gustan de ellas es que son ajenas (broma). A él mil gracias por su esfuerzo, y ojalá todo lector sea capaz de romper el grillo, la fuerte cadena que lo ata al aparato. Yo fui criado con televisión, y mucho lamento las muchas horas perdidas de mi vida. Llevo ya casi 13 años de no ver televisión, y puedo asegurar a todos que es grande la diferencia en mi interior. Buenos libros, buena música, caminadas "inútiles", búsqueda de la belleza y... mucha oración: solo así hay algo de luz interior, de paz, de sosiego.
Alejandro B. (novalectio.com)