sábado, 25 de julio de 2009

Señor Santiago, ¡ayúdanos!

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Santiago Apóstol, Santo Patrón de las Españas. Nos encomendamos a su audaz intercesión y le encomendamos nuestra patria. Le pedimos el milagro de la resurrección de un muerto político, sí, pero también que nos haga comprender y querer el papel que Dios quiere que cada uno de nosotros juguemos en el combate por el Reinado Social de Nuestro Señor sobre España. No queremos lo uno sin lo otro.
No queremos faltar a nuestro deber, sea el que sea. Necesitamos y anhelamos la restauración política de nuestra sociedad. Por eso le pedimos perdón por nuestras negligencias en el buen combate de la fe y de las consecuencias de la fe.
Debajo reproducimos un fragmento de La mística ciudad de Dios, de la Venerable María de Ágreda, en que se narra el martirio de Santiago y la llegada de su bendito cuerpo a la tierra española, en la que espera la resurrección de los muertos.
¡Señor Santiago, patrón Santiago, te damos gracias por tu protección y te pedimos una vez más tu auxilio para España!
¡Muéstranos el camino del deber y pídele a Nuestro Señor por este pueblo fundado sobre la fe y que agoniza sin ella!
¡Señor Santiago, patrón Santiago, ayúdanos en nuestra necesidad!
¡Viva Cristo Rey!
El Brigante
***
Al mismo tiempo, los santos ángeles recibieron a su gran Reina y Señora en un trono refulgentísimo, como en otras ocasiones he dicho, y la llevaron a Jerusalén, al lugar donde llegaba Santiago para ser justiciado. Puso las rodillas en tierra el santo apóstol para ofrecer a Dios el sacrificio de su vida, y cuando levantó los ojos al cielo vio en el aire y en su presencia a la Reina de los mismos cielos a quien estaba invocando en su corazón. Viola vestida de divinos resplandores y con grande hermosura, acompañada de la multitud de ángeles que la asistían. Y con este divino espectáculo fue todo inflamado en ardores de nuevo júbilo y caridad, con cuyo ímpetu se movió todo el corazón y potencias de Jacobo. Y quiso dar voces aclamando a María santísima por Madre del mismo Dios y Señora de todas las criaturas, pero uno de los espíritus soberanos le detuvo en aquel fervor y le dijo: Jacobo, siervo de nuestro Criador tened en vuestro pecho estos preciosos afectos y no manifestéis a los judios la presencia y favor de nuestra Reina, porque no son dignos ni capaces de entenderlo y antes le cobrarán odio que reverencia. Con este aviso se reprimió el apóstol y en silencio, moviendo los labios, habló a la divina Reina y la dijo:
Madre de mi Señor Jesucristo, Señora y amparo mío, consuelo de los afligidos, refugio de los necesitados, dadme, Señora vuestra bendición tan deseada de mi alma en esta hora. Ofreced por mí a vuestro Hijo y Redentor del mundo el sacrificio de mi vida en holocausto, encendido en el deseo de morir por la gloria de su santo nombre. Sean hoy vuestras manos purísimas y candidísimas el ara de mi sacrificio, para que le reciba aceptable el que por mí se ofreció en la santa cruz. En vuestras manos, y por ellas en las de mi Criador, encomiendo mi espíritu. Dichas estas palabras y siempre los ojos del santo apóstol levantados a María santísima, que le hablaba al corazón, le degolló el verdugo. Y la gran Señora y Reina del mundo –¡oh admirable dignación!– recibió el alma de su amantísimo apóstol a su lado en el trono donde estaba y así la llevó al cielo empíreo y se la presentó a su Hijo santísimo. Entró María santísima en la corte celestial con esta nueva ofrenda, causando a todos los moradores del cielo nuevo júbilo y gloria accidental, y todos la dieron la norabuena con nuevos cánticos y loores. El Altísimo recibió el alma de Jacobo y la colocó en lugar eminente de gloria entre los príncipes de su pueblo, y María santísima, postrada ante el trono de la infinita Majestad, hizo un cántico de alabanza, de nacimiento de gracias por el martirio y triunfo del primer apóstol mártir. No vio en esta ocasión la gran Señora a la divinidad con visión intuitiva, sino con la abstractiva que otras veces he dicho. Pero la beatísima Trinidad la llenó de nuevas bendiciones y favores para sí y para la santa Iglesia, por quien hizo grandes peticiones; bendijéronla también todos los santos y con esto la volvieron los ángeles a su oratorio en Efeso, donde, en el ínterin que sucedió todo esto, estuvo un ángel representando su persona, y en llegando la divina Madre de las virtudes se postró en tierra como acostumbraba6, dando gracias de nuevo al Altísimo por todo lo referido.
Los discípulos de Santiago aquella noche recogieron su santo cuerpo y ocultamente le llevaron al puerto de Jope, donde por disposición divina se embarcaron con él y le trajeron a Galicia en España. Y esta Señora divina les envió un ángel que los guiase y encaminase a donde era la voluntad de Dios que desembarcase. Y aunque ellos no vieron al santo ángel, pero experimentaron el favor, porque los defendió en todo el viaje, y muchas veces milagrosamente. De manera que también debe España a María santísima el tesoro del cuerpo sagrado de Santiago, que posee para su protección y defensa, como en su vida le tuvo para enseñanza y principio de la santa fe que tan arraigada dejó en los corazones de los españoles. Murió Santiago el año del Señor de cuarenta y uno, a veinte y cinco de marzo, cinco años y siete meses después que salió de Jerusalén para venir a predicar a España. Y conforme a este cómputo y los que arriba he declarado, fue el martirio de Santiago siete años cumplidos después de la muerte de Cristo nuestro Salvador.
Y que su martirio fuese por fin de marzo, consta del capítulo 12 de los Hechos apostólicos, donde san Lucas dice que por el gusto que tuvieron los judíos de la muerte de Santiago, encarceló Herodes a san Pedro con intento de degollarle como a Santiago en pasando la Pascua, que era la del Cordero y de los Ázimos que celebraban los judíos a los catorce de la luna de marzo. De este lugar parece que la prisión de san Pedro fue en esta Pascua o muy cerca de ella, y que la muerte de Santiago había precedido pocos días antes; y aquel año de cuarenta y uno, los catorce de la luna de marzo concurrieron con los últimos días de este mes, según el cómputo solar de los años y meses que nosotros guardamos. Y según esto la muerte de Santiago sucedió a los veinte y cinco, antes de los catorce de la luna, y luego la prisión de san Pedro y la Pascua de los judíos. Pero la Iglesia santa no celebra el martirio de Santiago en su día, porque ocurre con la encarnación y de ordinario con los misterios de la pasión, y se trasladó a veinte y cinco de julio, que fue el día en que se trasladó en España el cuerpo del santo apóstol.