Poco tiempo atrás, en una pequeña semblanza de Gustave Thibon, recordábamos sus conversaciones con Chabanis. En aquella ocasión, entre otros temas, hablaron del “silencio”.Tengo claro que abordar el tema del silencio, -como ahora lo haremos- no arrojará certezas sobre el asunto, pues en estas cuestiones, solo nos es permitido un conocimiento intuitivo y no estoy seguro que sea yo quien vaya a lograr en el presente ir más allá de éste, siendo además muy probable que esta ausencia de certezas se presente siempre al abordar cuestiones tan íntimas como profundas. No obstante lo anterior, quisiera volver ahora sobre este aspecto particular de aquellas conversaciones pues vale la pena verlo con mayor profundidad.
Thibon allí afirmó que “todo gran escritor es una traducción del silencio y toda palabra es válida según la cantidad de silencio que contiene, que evoca y que puede provocar”. El silencio que nos posibilita la posesión de la vida interior, el saber, el soportar estar solos y que nos saca del aislamiento que supone el intercambio superficial con el mundo exterior, pues, “si uno vive en la superficie, el desierto sobreviene muy pronto. La fuente está en las profundidades”.
Únicamente, a través del silencio, es posible la contemplación que nos abre las puertas a la participación con lo real, tanto celeste como terreno, permitiéndole ver al hombre aquellas verdades esenciales para una vida plena. Dicha participación dista mucho de la pasividad. Aquí hablamos de una “tensión participante y vivida”, de una “polaridad cósmica” que se encuentra entre las cosas de la naturaleza y que tensa el alma.
Se hace necesario el silencio exterior para lograr el silencio interior, que es el poseedor de valor metafísico. La ciudad, con su bullicio sin sentido, no nos pone a este valor al alcance de la mano y, por el contrario, exige de nosotros cierto esfuerzo. Este es el bullicio que guía los pasos del hombre moderno que, entre la estulticia y la utopía, tarde o temprano, se reconocerá vacío aunque saturado de un ruido que lo maneja. Sí, así es. Son épocas de “libertad” en que el hombre ya nada decide. Es llevado de las narices por el ruido que lo aborrega y le imposibilita el acceso al bien y a la belleza. Este es el ruido de la música moderna, de los lugares comunes, de la radio y la tv, del saludo sin interés y formalista de quienes ya no miran a los ojos, del mero gesto del autómata, del saber crematístico, del diálogo infecundo, de la entronización de lo banal y del desprecio nivelador de nuestra ancestral estirpe hispánica.
A propósito del ruido vil y de la radical oposición que encuentra en la música que surge del silencio, Alberto Boixadós, en su bella novela, le hace decir a Gabriel: “La música viene a ser la manifestación terrestre más pura del ritmo creador y se impone como forma suprema del conocer. Nuestro tiempo desvirtúa ese aspecto esencial de la música, reduciéndola, en el mejor de los casos, a un papel meramente estético … Don Cruz dice que las canciones serranas son el tesoro más preciado de nuestro pueblo … melodía originaria”, lo que Dr. Carlos A. Disandro – padre de humanistas – llamó “el son que funda”, la mousiké paideia que devuelve la inteligencia sutil y la emoción generadora de la vida plenificante que se opone “al reino del ruido, que es el reino infernal de la contra-música”.
“Escuche m’hijo. Escuche la canción ‘e las cosas”, fue el consejo de don Cruz, “porque si no te hacés amigo ‘e silencio, debés hacerte amigo ‘el ruido”.
El consejo de Cruz, fiel al estilo llano de las sierras de Córdoba, nos dice lo mismo que Pieper al advertir que el silencio comunica la revelación divina, no con el mero anuncio, sino haciendo posible la participación en la realidad creada. El ocio es inactividad, es una forma de silencio necesario para oír algo al abrir el alma. A su vez, el ocio presupone el “estar conforme” con el mundo y consigo mismo y esa conformidad es la alabanza a Dios, el espíritu de “fiesta”, el culto.
Siguiendo a Disandro, podemos decir que la palabra sigue la misma suerte que la música. El ruido la entenebrece haciendo perimir la verdad del mundo interpretante donde permanece la veritas res, a la cual, sin embargo, no puede acceder el hombre sin palabra. “Replegada está en efecto, suprimido el son luminoso e iluminante” de la veritas-verbum, más perfecta y fecunda que la veritas-res.
Debemos procurarnos entonces este bien arduo, este silencio metafísico que nos pone en comunión y armonía con lo creado y el Creador. Hablamos de un silencio activo, un silencio que religa nuestro pasado, presente y futuro. Un silencio que nos sitúa en nuestro lugar de herederos mostrándonos los límites sagrados y terrenos que marcan la pietas y nos imponen la severa obligación de transmitir lo recibido.
Se trata de darle pelea al ruido enemigo de la fe tradicional, bullicio que nos esconde el misterio afincado en el silencio y disgrega la unidad de lo creado.
A diferencia de los slogans de “los divertidos”, solo en el encuentro con el silencio habremos conseguido retornar a esos constitutivos del espíritu cristiano: la cultura, la alegría y el humor. El buen combate se enfrenta con paciencia, serena alegría y tranquila piedad. Y así, con la ayuda de Dios reencontrado a través del silencio, podremos volver al retomar el rumbo esencial.
Germán Rocca
[El Brigante se felicita por la incorporación como colaborador de nuestro amigo Germán. ¡Bienvenido y gracias!]
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