lunes 25 de mayo de 2009

La tradición católica ante la hegemonía liberal

Entre todas las numerosas y graves transformaciones que se han producido en los últimos decenios y que amenazan con influir en los sucesivos, merece destacarse la fragmentación de la tradición católica, que la pone, humanamente, en trance de desaparición. Lo que está en juego es, así, toda una civilización, lo que hemos llamado la civilización cristiana, fagocitada por la hegemonía liberal.

Debe recordarse, para empezar, que cuando hablamos de tradición católica no estamos refiriéndonos sólo a una escuela intelectual, ni siquiera a una completa visión del mundo, sino a una civilización. Un distinguido historiador, Salvador Minguijón, escribió estas líneas luminosas sobre la esencia del tradicionalismo: “La estabilidad de las existencias crea el arraigo, que engendra dulces sentimientos y sanas costumbres. Estas cristalizan en saludables instituciones, las cuales, a su vez, conservan y afianzan las buenas costumbres”. Si, a continuación, ponemos nuestro foco en el mundo hispánico, debe destacarse que la característica diferencial del tradicionalismo español respecto de otros quizá haya sido tanto su pureza doctrinal (ya que la tradición filosófica tomista nunca se perdió en la península ibérica) como su encarnación existencial (en buena medida a causa del empeño aglutinado por una dinastía a través del “carlismo”). Piénsese, por contraste, principalmente en el francés —por no salir del ámbito latino— que vino tarado por el absolutismo; pero en otro orden la comparación vale también para el inglés, donde queda reducido a conservatismo, de resultas de que la revolución suavemente se hizo orgánica, o el alemán, tan vinculado al romanticismo, y aun el polaco, inescindible del nacionalismo.

La tradición católica implicaba costumbres, instituciones e ideas. Sin pretender que su destrucción se haya debido a un proceso de dirección única, como tampoco hubo de serlo su construcción, las transformaciones ideológicas revolucionarias condujeron primero a la fractura de las instituciones, que a su vez arrastró generalizadamente la de las costumbres. Y la resistencia a la revolución progresivamente fue quedando en el ámbito de las costumbres, que, al no contar con el sostén institucional, fueron también quebrándose, resistiendo sólo el reducto de las ideas. Ideas respecto de las que se produjo un doble dinamismo de fragmentación e idealización. Respecto a la primera, las dimensiones católica, foral o monárquica, antes unidas, se disgregan y, de resultas, absolutizan en su separación. Así, multitud de pequeños movimientos construyen su credo sobre piezas aisladas (en ocasiones pervertidas por el influjo de corrientes modernas) del pensamiento tradicionalista. En cuanto a la segunda, producen unas ideas progresivamente más depuradas cuanto más se reducen en el cenáculo de los “militantes” o de los “tradicionalistas conscientes”. Este es el proceso de conversión (desnaturalización) de los restos de un tradicionalismo cabal en algo semejante a un laboratorio de ideas o, en el mejor de los casos, a un ghetto de familias en medio de las ruinas.

Pero es claro que una tal situación viene marcada por el equilibrio inestable. Pues el resto de familias con dificultad va resistiendo la presión exterior, al tiempo que el agregado ideológico, aislado, tiende a cuartearse, perdiendo el signo de unidad de toda tradición, de toda civilización. Hoy es muy frecuente encontrar defensas de la moral sexual y familiar más tradicional por los mismos grupos que contribuyen a sostener una política que progresivamente hace imposible el mantenimiento de esa moral. Otros defienden la tradición litúrgica despreocupados de la tradición política. Algunos por fin reivindican pedazos de la cosmovisión tradicional de modo “ideológico”, a veces “conservador”, otras “revolucionario”. La consecuencia es desoladora para quienes quieren seguir recibiendo “la buena noticia” en el seno de la civilización que ésta engendró entre nosotros. Porque es imposible inculturar el cristianismo en la civilización moderna y sus versiones actuales, sea la “fuerte” tecnocrática y prometeica (que cabría llamar hipermoderna), como la “débil” deconstructiva y nihilista (que podemos llamar propiamente postmoderna).

En esta situación, la coyuntura empuja a muchos a salvar lo que se puede de un viejo navío naufragado. Mientras otros se esfuerzan por recordar que los despojos que van a la deriva pertenecieron a un buque cuyas dimensiones, características, etc., es dable conocer. Y todo debe hacerse. Pero lo que no se puede olvidar es que sin el acogimiento de una civilización coherente todos los restos que se salvan, de un lado, están mutilados, desnaturalizados, y —de otro— difícilmente pueden subsistir mucho tiempo en su separación. Así la clave no puede hallarse sino en la incesante restauración-instauración (¿cómo no recordar el memorable texto de San Pío X?) de la civilización cristiana, que además no podrá ser ajena —exigencias de la pietas— de la Cristiandad histórica. La sustitución del ideal de Cristiandad por el de una laicidad pretendidamente no laicista, según el paradigma del “americanismo”, no solamente quiebra la continuidad (por lo menos en el lenguaje) del magisterio político de la Iglesia, sino que se muestra peligrosamente equívoca y gravemente perturbadora, al poner a los católicos ante la contradicción de una democracia aceptada como cuadro único de la convivencia (en puridad coexistencia) humana, pero inaceptable como fundamento del gobierno. Democracia “real” con la que con la que necesariamente ha de terminar chocando la Iglesia; aunque, al retorcer hechos y argumentos buscando el acomodamiento, no llegue a rearticularse el derecho público cristiano.

Ahí enlazamos precisamente con la obra de apostolado cultural y político que los defensores de la tradición católica en España tienen delante. Los principales influjos doctrinales y prácticos que han marcado la vida del tradicionalismo en la segunda mitad del novecientos, como Eugenio Vegas y su estela de la revista madrileña Verbo, o Francisco Canals con la barcelonesa Cristiandad, o la Comunión Tradicionalista con pensadores como Rafael Gambra o Elías de Tejada, coincidieron siempre no sólo en la defensa de la unidad católica de España sino también en el rechazo de la postura liberal-católica y demócrata-cristiana, ejemplificada en su día en la figura de Ángel Herrera y su asociación de propagandistas, pero andando el tiempo no menos en los “institutos seculares” (cualquiera que sea la forma jurídica en que han fraguado) o en los “movimientos” que han vivido su momento de éxito tras la demolición de las estructuras eclesiásticas de resultas del II Concilio Vaticano. El correr del tiempo ha agravado, es cierto, la situación de lo que queda de la civilización cristiana, de modo que muchos pueden verse por lo mismo tentados de acudir a taponar las brechas que parecieran más urgentes en compañías que se dirían las más aptas para la misión. Sin reparar que esas brechas se han producido precisamente en buena medida por no haber atajado, antes al contrario, por haber secundado, las doctrinas y las políticas opuestas a la Tradición española. Y que ésta no se concibe sin la unidad católica. Álvaro d´Ors lo dijo: “Nuestro pensamiento tradicionalista, si abandonara su propios principios y abundara en esa interpretación absolutista de la libertad religiosa, incurriría en la más grave contradicción, pues la primera exigencia de su ideario —Dios, Patria, Rey— es precisamente el de la unidad católica de España, de la que depende todo lo demás”.

Miguel Ayuso

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Quiero felicitar a Don Miguel Ayuso,por tan magistral,sintetico,didactico y ante todo veraz y claro articulo,me identifico plenamente en el mismo,y suscribo todas las afirmaciones.No tengo animos de adular a alguien que no necesita tales elogios y es conocida su trayectoria,dando testimonio de la fe donde su deber lo ha requerido,tan solo sirva para animarle a continuar con está conducta.Un abrazo en Nuestro Señor Don Miguel.Juan Manuel Carmona.

Anónimo dijo...

Yo también deseo agradecer a Miguel Ayuso por este artículo. Dios le bendice, Dios le bendiga. Y paso a expresarle una consideración, dirigida a Vd. y al querido Brigante:

Ay, bendita Virgen Santa María:

Ojalá no debiéramos tantos católicos estar "condenados" a ser apartados del "purismo" de estos "perfectos cristianos tradicionales", tan queridos, tan lejanos para muchos de nosotros. Ojalá ellos se dignasen compartir espacios con los "imperfectos cristianos tocados por unos y otros ramalazos no tradicionales". Ojalá quienes tienen autoridad en nuestra Iglesia los pusieran a ellos de profesores y maestros. Y ojalá ellos, con humildad y magnanimidad, con devoto respeto y confianza en la acción de Dios a través de los más pobres, también intelectual y moralmente, con sincera y abnegada voluntad de convertir a los paganos, incluso a quienes "no queremos" ser convertidos, se dignasen bajar el listón de su enseñanza y vida, sin descuidar la completa profesión y práctica cristiana tradicional.

¡Ay si Miguel y José Antonio y los cenáculos tradicionales dieran acceso a estos otros pobres, necesitados de las riquezas que el Señor les concede a ellos! ¡Cuántos más serían conversos por gracia de Dios nuestro Señor!

Miguel, José Antonio: Quienes somos hijos de la Iglesia, formados o allegados en mayor o menor medida a unos y otros ámbitos secularizados o modernistas o americanistas a los que Vd. se refiere, pero reconocemos nuestra pobreza y sabemos que en esta vida tal vez no lleguemos a conocer y vivir como católicos tradicionales... ¿estamos condenados a verles "por la ventana" a Vdes., recluidos en sus familias o cenáculos?

Creo que no, creo que mientras tanto, Jesucristo nuestro Señor nos sigue esperando y moviendo a la unidad en la caridad... y en la libertad. Pues la Virgen María, Madre de la Iglesia, lo haga.

LDVM +CaminoIriarte

Fernando Lizcano de la Rosa dijo...

¡Cómo no coincidir con el profesor Ayuso en su análisis! Pero hay siempre algo que se olvida, porque el Carlismo no lo ha tratado, y se deja en el tintero y es que las instituciones políticas tienen que ordenar algo sometido a una transformación constante como son la técnica, el comercio y la producción.

No se puede obviar que el nacional-sindicalismo --interpretado como fue concebido, es decir, desde la ortodoxia católica-- es parte, por derecho propio, de la tradición hispana.

Por otro lado, sin rey que ejerza su oficio, o en el trono o en el destierro, no hay más que restos del navío, nada más. Y que yo sepa si hay rey no hay oficio, y si hay oficio no hay rey. Y esto es como el movimiento, se demuestra andando. Por lo que al final todo son ideas maravillosas con maravillosas imposiblidades de llevarlas a cabo. Signo de los tiempos.

Saludos.

Anónimo dijo...

Estimado Manuel,

discrepo contigo, porque el artículo de Miguel Ayuso no me parece ni magistral, ni sintético, ni didáctico, y dudo que veraz.

Estimado Brigante, llevo siguiéndote desde que comenzaste tu andadura hace ya mas de un mes. Y de hecho en tus primeros posts hice alguna aportación y comentario. Y dejé de hacerlo. No sé si será por mi menor talla intelectual, o por mi formación mas científica que humanista, caso es que hasta hoy no he llegado a vislumbrar ningún discurso coherente ni ninguna tesis bien construida. Humildemente creo que desde un lenguaje barroco y en demasiadas ocasiones vacuo, desde un abuso de las citas literarias y referencias históricas totalmente descontextualizadas de la realidad actual, a partir una visión épica de la historia, pretendéis justificar vuestro radical posicionamiento religioso y político, y vuestro aislamiento en marginales cenáculos tradicionalistas que no tienen predicamento alguno, ni en la Iglesia ni en la sociedad. Basta ya de encontrar fantasmas dónde no los hay, de tachar de herejes y diablos a todos aquellos cristianos y católicos que no piensan como vosotros, y que para vuestra desgracia son la mayoria. Basta ya de pretender volver a tiempos pasados que nunca volverán.

Y así, encerrados en vuestro propio egocentrismo, en vuestra vanidad intelectual, en vuestras teorías que no soportan un mínimo análisis crítico desde ningún punto de vista, ni político, ni ético, ni teológico, ni moral, desde vuestra Ínsulta Barataria, os convertís en una patética caricatura de lo que presumis ser.

Un saludo afectuoso,


Domingo

Anónimo dijo...

Pero Domingo, si tú eres un pedazo de ateazo, ¿qué haces escribiendo en este blog? Vete a algún foro del pp, que te sentirás como en casa.

Señor Ayuso: su artículo me parece muy bueno. Hasta que los católicos no nos demos cuenta de los errados caminos que hemos seguido en los últimos años, no tenemos nada que hacer. En ese sentido, análisis como los suyos, despegados del acogotamiento de la actualidad, son de más ayuda que tantas llamadas a los católicos a seguir recetas tramposas. Lo primero es la claridad y sin claridad no hay acción que valga.

Un saludo.

Íñigo de Loyola

Anónimo dijo...

Estimado Íñigo,

simplemente quiero aclararte que soy profundamente creyente, cristiano y católico, y que en mi vida tengo muy presente aquel Principio y Fundamento con el que el Santo al que hace honor tu nombre de forma magistral nos resumió la esencia del ser cristiano:

"El hombre es criado para alabar y hacer reverencia a Dios Nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima. Y todas las otras cosas sobre la faz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la consecución del fin para el que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto se ha de quitar de ellas cuanto para ello lo impidan. Por lo cual, es necesario hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo concedido a nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte mas salud que enfermedad, mas riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que mas nos conduce para el fin para el que somos criados"

Un fuerte abrazo,

Domingo

el brigante dijo...

+
Querida Camino,
El blog El Brigante es un pequeño espacio en el que con la contribución de muchos podemos ir recordando la doctrina, denunciando males, y sobre todo suscitando “problemas” que en otros ámbitos se desatienden y que nos apremian para vivir la fe… y las consecuencias de la fe. Todo esto, sabiendo que quienes hacemos El Brigante no contamos con más autoridad que la del bautismo (salvo don Carlos, claro) y eso nos impone unas limitaciones que no podemos ni queremos traspasar. En otras palabras: lo poco (o mucho, en el caso de Miguel, por ejemplo) que podemos compartir lo hacemos, dispuestos a distinguir y a corregir nuestras posiciones en lo que no fueran conformes con la fe, pero dispuestos sobre todo a sacar todas las consecuencias de esa misma fe.
Hoy, cuando ya no hay ni cenáculos, y todos estamos a la intemperie, todos estamos también hermanados en la precariedad. Si nuestra regla, como la tuya, es la de obedecer la fe y las consecuencias de la fe, ni nosotros estamos recluidos ni nadie nos mira por la ventana…
Por último, Jesucristo no tiene una llamada iniciática y otra para “el vulgo”: la única fe reclama la caridad y ésta, la fe. Por lo tanto, si bien en cualquier circunstancia podemos reconocer su rostro sobre nosotros, no hay posibilidad de quedarse quieto: esa intención se muestra verdadera cuando se verifica en la disposición a convertir nuestra inteligencia toda, nuestra voluntad toda, y nuestros afectos todos a la fe. En eso estamos, tú y nosotros. Prosigamos, pues, el buen combate. Oremus ad invicem.

el brigante dijo...

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Querido Fernando,
Los principios de la política cristiana son inmutables, como lo son Dios y la naturaleza humana. La transformación de las circunstancias hará a la prudencia política del gobernante (¡pero ahora estamos un poco lejos de ese escenario!)
En cuanto al nacional-sindicalismo, lo que no puedes obviar es que “fue concebido” cuando las páginas de “Quas primas” todavía olían a imprenta y, dejando al margen la filosofía vitalista (anticristiana) de Ramiro, tanto Onésimo como José Antonio defendían los principios de la separación de la Iglesia y el Estado típica del ambiente católico liberal del que procedían ambos. Dejando al margen, el estatismo totalitario (incluso en materia de religión, como denunció el P. Eustaquio Guerrero), el positivismo jurídico, el influjo orteguiano....
Lo que no se puede obviar tampoco es que muchísimos católicos sinceros se adhirieron al n-s y que contribuyeron grandemente al esfuerzo del 18 de julio. Pero no debemos mezclar ambos órdenes: el de los principios y el de la sociología. Es, sin embargo, un asunto que requiere una exposición más clara y un debate desapasionado.
Y sí, tenemos lo que Chesterton llamaba “los restos de un naufragio”, pero eso no debe alterar la necesidad que tenemos de pensar y estudiar los principios. Lo mismo que ese estudio no debe impedir (sino alentar) la ejecución de las decisiones prácticas que sean debidas.
Creo que nuestro esfuerzo no es inútil y el promiscuo terreno de El Brigante es favorable a intercambios, informales, muy necesarios en este tiempo de intemperie. Gracias por tu colaboración una vez más.

el brigante dijo...

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Querido Domingo,
No hay que excluir que tu falta de comprensión provenga, como apuntas, de tu “menor talla intelectual”, pero desde luego no se puede deber a una formación más científica que humanista (pues, la ciencia es conocimiento cierto por causas).
Pero, sea por lo que fuere, tus malas opiniones sobre El Brigante y el artículo de Miguel son sólo eso: opiniones y mal expresadas.
Como he dicho en varias ocasiones, este blog no es una cátedra académica ni un congreso a la búlgara: es campo de disputa franca y leal. Eres, pues, bienvenido aunque discrepes, pero siempre que expongas algún argumento inteligible y no para dar rienda suelta a problemas biliares.
De hecho, tu primer comentario se ha publicado solamente por lo pintoresco de su factura y no requiere más comentarios. No sigas por esa línea porque aquí no va a tener cabida, e intenta, si quieres, esos presuntos y demoledores análisis críticos de nuestros “incoherentes discursos”. Dialogaremos.
En el segundo comentario confiesas tu fe católica y nos traes la sublime cita de San Ignacio, del Principio y Fundamento. Compartimos la admiración y pocas frases ilustran mejor nuestro deseo. Ahora bien: si es verdad que te guías por ese principio y ese fundamento, no entiendo ni lo atrabiliario de tus mensajes, ni la incomprensión que manifiestas hacia lo que aquí se escribe.

Un saludo

Fernando Lizcano de la Rosa dijo...

Estimado Brigante:

Me explico con más detalle. Cuando he dicho que la técnica, el comercio y la producción son mudables lo hago desde la perspectiva que son órdenes subordinados a la política, ésta al hombre y éste a Dios.

No he pretendido llevar el debate del nacional-sindicalismo al terreno filosófico de la política (terreno al que desplaza el comentario de respuesta y en el que no quiero entrar por considerarlo estéril), sino al práctico que la sola virtud, aun siendo necesaria, no es suficiente para ordenarlo.

La respuesta social del Carlismo, cuando ha entrado en ese vericueto, no ha sido más que su desquicio al socialismo o a la autogestión. Ni Vegas, ni Gambra, ni Mella, ni Elías, ni ningún pensador carlista, de la ortodoxia carlista me refiero, ha entrado en ese campo. Lo han mirado, sí, pero desde lejos y aplicando la sentencia de los fueros: principio de subsidiariedad encarnado en los cuerpos intermedios. Bien, pero eso no basta para ordenar los complejos cambios de la técnica, el comercio y la producción, con unos mercados capitalistas internacionales, etc, etc.

Coda: La Quas Primas todavía olería a imprenta, pero su esencia no, sino mal andaríamos.

Saludos,