viernes 22 de mayo de 2009

La fe nos hace ver las cosas desde dentro

"Compré uno de éstos (cigarros) y salí a fumarlo a la plaza del pueblo. Encontrando un parapeto bajo, me incliné sobre él a mirar el agua, verde y clara, del torrentoso riachuelo que atraviesa el poblado, entre fragores y espumas.
Mientras me hallaba allí, descansando y meditando, descubrí que la iglesia local estaba construida en la margen inferior del torrente. Admiré la lujuriante hierba que aquellas aguas alimentaban y los generosos follajes de los árboles que crecían junto al río. Las tumbas del camposanto parecían estar allí en su natural lugar de reposo, y junto al mismo cementerio se encontraba ese maridaje del agua y la piedra tallada que es fuente de tan peculiar satisfacción para el ánimo. La iglesia, en efecto, se adentraba atrevidamente en la torrentera, y las aguas la rodeaban casi del todo. No acierto a decir por qué afecta al espíritu con tal fuerza el ver a las recias construcciones humanas buscar la margen del agua, pero sí sé que constituye una emoción única mirar lo que nosotros planeamos y erigimos situado desafiadoramente ante ese elemento que no podemos vencer nunca y que siempre encierra algo de peligroso para los hombres. Espléndido pensamiento fue en los romanos el levantar sus villas junto al mar, y por igual causa es Venecia tan especialmente atractiva. Pero donde más he notado esa sensación es en Mont St. Michel, siempre que se cierren los ojos y se duerma durante la bajamar.
Mientras contemplaba aquel río rompiéndose contra las viejas piedras, y mientras llegaba a la mitad de mi cigarro, una campana empezó a repicar y me pareció que todo el pueblo corría hacia la iglesia. Ello me sorprendió mucho, porque no estaba acostumbrado a la devoción unánime de una localidad entera, y el ver a todos los hombres, mujeres y niños de un lugar considerar el catolicismo como cosa indisputable era nuevo para mí. Deposité, pues, cuidadosamente mi cigarro bajo una piedra, encima del parapeto, y me uní a los fieles, que iban a vísperas*.
Los pueblerinos cantaban a coro, en un latín con más resabios alemanes que franceses; y era grato oír a mujeres y hombres entonar ese noble saludo a Dios, que empieza:


Te, lucis ante terminum...

Mi alma quedó prendida y transfigurada en aquel acto colectivo, y por un momento comprendí claramente lo que es la Iglesia católica, y recordé lo que había sido Europa, y reflexioné en el paso de los siglos. Perdí allí la actitud de dificultad y combate que para nosotros, los ingleses, va siempre asociada a nuestra fe católica. Las ciudades se disiparon en mi imaginación y se apartaron de mí los tráfagos modernos. Salí en medio de los feligreses, bajo el atardecer fresco y despejado. Encontré mi cigarro bajo la piedra, lo encendí de nuevo y, entregándome a reflexiones aún más profundas que antes, medité en la índole de la fe.
Ìndole que por sí misma engendra en principio una reacción y una indiferencia. Los que no creen en nada y sólo piensan y juzgan no pueden comprender esto. Pero los demás, mientras estamos en la plétora de la juventud, invariablemente rechazamos la creencia y nos damos por contentos con las cosas naturales. Y somos durante mucho tiempo como hombres que siguieran las barrancas de una montaña, olvidando las cumbres y sin verlas siquiera. Pasan años antes de que lleguemos a la seca llanura, y entonces miramos atrás y vemos nuestra verdadera morada...
¿Qué es, pensáis vosotros, lo que nos hace volver a ella?
Por mi parte, creo que es el problema del vivir; pues cada día y cada experiencia del mal requieren una solución. Tal solución nos la proporciona el gran plan que por fin recordamos. Volvemos a la infancia... Pero no intentaré explicarlo, porque no soy capaz de ello; sólo sé que los que volvemos padecemos mucho; porque se abre un abismo entre nosotros y muchos compañeros. Estamos perpetuamente en minoría, y el mundo empieza casi a hablar un lenguaje extraño; nos estorba la maquinaria humana de una revelación perfecta y sobrehumana; nos inquieta sobremanera su seguridad, nos alarma, y nos exponemos a tomar decisiones violentas.
Y esto es lo penoso: que la fe empieza a hacernos abandonar la antigua manera de apreciar las cosas. Los términos medios y los actos y todo lo demás se vuelven inciertos. Vemos las cosas desde dentro, y la misma índole de la fuerza social nos parece cambiada. Y esto es duro cuando a uno le han gustado los puntos de vista comunes y sólo es feliz entre sus semejantes.
Y lo que resulta también muy amargo es que debemos reanudar la terrible lucha para reconciliar dos verdades y para preservar la sagrada libertad cívica a pesar de la estructura de la religión, y no negar lo que es ciertamente verdad. Es difícil tener que aceptar los misterios y ser humilde, pero siempre hay que aceptar la lucha.
Y lo más cruel de todo es que nos manda apartarnos del festín intelectual, cuando éste es el placer más intenso que el hombre conoce.
Me incorporé lentamente y volví, en la oscuridad, hacia la plaza del pueblo, pensando en la lamentable flaqueza de los hombres que creen la fe demasiado grande para ellos y la aceptan como una carga pesada. Y, fijos los ojos en el suelo, continué meditando, y me dije que es gran cosa haber amado a una mujer desde niño, y buena cosa también perseverar siempre en la fe para no tener que retornar a ella más tarde..."


Hilaire Belloc
[El Camino de Roma]
*Parece más bien que era el Oficio de Completas.