sábado, 4 de abril de 2009

Los problemas de retener el oro

La pregunta que raramente nos hacemos en público es ¿qué nos sucede a los católicos hoy? O quizás, lo que pasa es que la ventilamos con excesiva celeridad echando mano de lugares tan comunes como insatisfactorios. La respuesta a esa pregunta necesariamente tendrá varios niveles y no será sencilla. Pero, por lo menos, hay que apuntar en una dirección que arroje algo de luz.
San Gregorio Magno, en un conocido sermón, enseña que “con sus ofrendas místicas, los Magos predican al que adoran: con el oro lo señalan como rey; con el incienso, como Dios; y con la mirra, como hombre mortal”. Y añade: “Algunos herejes creen que Jesús es Dios, pero niegan su reino universal. Éstos le ofrecen el incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro”. También es posible reconocer que Jesucristo es Dios, pero prescindir de su condición humana, y de estos no faltan; se le puede reconocer como hombre, pero negar que sea Dios, y estos arrianos son legión hoy en día. Pero la primera tipología que describe San Gregorio, la de aquellos que creen en la divinidad de Dios pero se niegan a reconocer –o a hacerlo de un modo efectivo– que sea rey, ha logrado adquirir una aureola de legitimidad, de modo que puede parecer que ya no es una “herejía”. Como dice el santo Papa, la predicación de los Magos fue un acto efectivo y externo: presentar sus ofrendas. No se trata, por tanto, sólo de una cuestión de palabras, sino principalmente de hechos.
Quiero apuntar sólo la cuestión de la extensión actual de esa herejía: en el siglo XIX galvanizaron una serie de corrientes previas en lo que se llamó el “liberalismo católico”. Entre otras características, esta corriente venía a negar en la práctica la doctrina tradicional sobre el reinado de N.S. Jesucristo, apelando a un cambio de circunstancias en la sociedad (¡sin reflexionar sobre las causas!) que, según ellos, abocaba a la marginalidad de los católicos si se empeñaban en defender la tesis del Reinado social. Se sintetiza en el lema “Dios y la libertad” de Lamennais y eclosionó con matices en personajes tan relevantes como Lacordaire, Montalembert, Dupanloup o Gratry. Para ellos, la Iglesia debía dejar a un lado sus viejas doctrinas sobre las relaciones entre ella y las sociedades civiles, para realizar su misión con más eficacia en aquellos tiempos cambiantes. Había que aferrarse a las hipótesis, dejando en la sombra la tesis. Se trataba para ellos, en aquellos momentos, de reivindicar la libertad: de culto, de enseñanza, de prensa. La Iglesia así, no sólo podría ejercer su misión con mayor pureza, sino que se liberaría de las injerencias del poder temporal. Cuando el sacerdote Lacordaire fue elegido diputado, fue a sentarse en la Cámara en la extrema izquierda, donde se encontró con su antiguo compañero, el sacerdote apóstata Lamennais. Como es lógico, en los tiempos previos al concilio Vaticano, cuando se discutía apasionadamente sobre la infalibilidad papal, los católicos liberales, prácticamente en masa, se encontraban en el “partido” anti-infalibilista, radical o moderado (los anti-oportunistas). No en vano, la infalibilidad representaba un aspecto de la vieja monarquía… pontifical. El drama de aquella crisis se cifra precisamente en la estatura moral de sus defensores. Gratry o Montalembert eran hombres muy religiosos, de gran piedad personal, desprendidos, entregados. Enemigos de la inmodestia y de la frivolidad, llevaban vidas recogidas y de oración. Y sin embargo, sus escritos y sus acciones “turbaron a tantos espíritus”, como dice León Gautier. Evidentemente, entre sus contradictores encontramos a gigantes como el cardenal Pie, monseñor de Segur, Louis Veuillot, y dom Guéranger, hombres que encarnaban una forma de vida espiritual muy diferente, aunque para muchos, en ese terreno, ambos bandos fuesen indiscernibles. Por volver a la interpretación mística de San Gregorio, aquellos liberales católicos estaban bien dispuestos a entregar a Jesucristo el incienso de su divinidad y la mirra de su humanidad, pero le negaron el oro de su realeza. De este modo se podría entender, bajo la perspectiva de la comisión de un error subjetivo, que aquellos hombres, aun negando la efectiva y revelada realeza de Jesucristo, pudieran llevar vidas edificantes y al tiempo provocar un enorme daño en las conciencias y un grave perjuicio a la Iglesia.
Como los errores o se rectifican o se agudizan, el panorama de lo que pudiéramos llamar un liberalismo católico actual no está a ni siquiera a la altura de sus antepasados. Hoy en día la abrumadora mayoría de los católicos no creen que la tesis (la aspiración en el orden político) de la Iglesia sea la llamada unidad católica. No me refiero a los escasos que distinguen entre la tesis y la hipótesis, sino a la vasta mayoría de los católicos a los que ya ni siquiera han conocido las enseñanzas de Inmortale Dei o de Quas primas. Pero, a diferencia de los viejos liberales católicos decimonónicos, en muchos de ellos ha penetrado también (han sacado sus últimas consecuencias) el principio liberal en cuanto al resto de las enseñanzas dogmáticas y morales. El incienso que en Gratry todavía era un culto escrupuloso a Dios, en muchos de nuestros coetáneos ha degenerado en un genérico “encuentro” con Jesús, “seguimiento” de Jesús, “saberse amado”… compatible con una llamativa inmodestia, una candidez escalofriante en cuanto a la preservación de la pureza, una inconsciencia fatal sobre el influjo del mundo (p.e. la televisión), un indiferentismo práctico sobre la unicidad de la obra salvífica de Jesucristo, un desconocimiento propio de bárbaros de la necesidad que tenemos de reprimir nuestras pasiones, nuestra imaginación, nuestras costumbres, con la mortificación y con la oración, para comprender rectamente la doctrina cristiana, y para vivir conforme a ella. En nuestros católicos hodiernos la contigüidad de la naturaleza y de la gracia se ha vuelto continuidad… Todos estos aspectos –necesariamente apuntados en modo telegráfico– hacen pensar que el “catolicismo” de muchos de nuestros contemporáneos ya no sólo detrae el oro debido a Jesucristo como rey, sino ya, también, adultera el incienso que se le debe como Dios. Esto, de por sí gravísimo, ayuda a comprender otros problemas contemporáneos de nuestro catolicismo, pero exige una profundización mayor.
Si Dios quiere, en próxima entrega abordaré la instalación de los católicos en esta Babilonia del mundo. Y más.

José Antonio Ullate Fabo

9 comentarios:

Anónimo dijo...

BRIGANTE, cuál es la manera de respetar la crística Reyecía y a su vez al Concilio Vaticano II en su integridad, pues, no podemos olvidar, que es un Concilio de la Iglesia. Cómo se concilian estas cuestiones?
Gracias.
BENJAMÍN.

el brigante dijo...

+
Benjamín, pones el dedo en la llaga. Esta misma tarde un amigo se enojaba cuando le decía que él, como todos los católicos, se plantea, explícitamente o no, el problema de esa conciliación. Quiero decir, que de algún modo, todos resolvemos a qué nos adherimos y a qué no, lo cual deja en evidencia que hay un problema y que nada se gana mirando para otro lado. Si desde El brigante lográsemos, razonada y desapasionadamente, en caridad, mostrar que existe ese problema que mencionas, habríamos hecho un gran servicio a nuestros correligionarios. Puede que resolverlo sobrepase nuestra misión. Aunque, como decían los viejos profesores de matemáticas, el que plantea bien el problema lo tiene medio resuelto…
Te animo a que te suscribas y nos acompañes con tus comentarios en esta andadura.

El brigante

Столичная dijo...

Si no me equivoco, lo que plantea el post con cierta sutileza es que a) el Vaticano II renunció al reinado social de Cristo y que b) de esta renuncia se deriva el mal estado del catolicismo actual. A mí hay algo que no me cuadra en lo referido al Vaticano II como causante de la crisis de la Iglesia católica: todas las confesiones religiosas acusaron un importante desgaste a partir de los años 60: evangélicos, episcopalianos, presbiterianos… Y puestos a ver los estragos que ha causado el liberalismo, compárese lo que ha ocurrido en la Iglesia católica con lo que se ha dado en el anglicanismo o en el protestantismo. El caso de las iglesias ortodoxas es muy singular al haber subsistido en las tiranías más sanguinarias que ha conocido la historia. Ronald Inglehart constataba a finales de los años 70 cómo la prosperidad generalizada en occidente venía acompañada de una serie de valores –contravalores- por los que los individuos se distanciaban de cualquier institución y se dedicaban a una gestión de sus vidas más o menos narcisista. Se puede estar de acuerdo o no con Inglehart, D. Bell y otros, pero lo que parece indudable es que esa crisis de valores y el auge del liberalismo —que no dejan de ser consecuencias de la Modernidad y del laicismo operante mucho antes del concilio— se acelera a partir de los años 60 en todo occidente, dentro y fuera de la Iglesia católica. Con toda seguridad, la llamada "primera revolución sexual" tiene mucho que ver con esta seria aceleración de la crisis. En este contexto, me parece muy aventurado cargarle al concilio la responsabilidad de la crisis de la Iglesia católica. En mi opinión, el concilio podrá ser mejorable en la formulación de determinadas cuestiones, pero es un concilio ecuménico. Como católico, me resisto a hacerle responsable de los desmanes que se han dado en la Iglesia desde los años 60 a esta parte.

el brigante dijo...

+ Столичная, por si no bastasen las indicaciones de estilo de Donoso Cortés y dom Guéranger y del mismo Brigante, te aclaro que aquí hay unas normas mínimas de cortesía. No sólo te equivocas, sino que haces un juicio de intenciones. En este blog son bienvenidas las controversias, pero lo primero que hay que brindar es honradez y un mínimo rigor intelectual. En lugar de divagar sobre "lo que planea" en el post, según tu imaginación, discute, refuta, apoya o haz cualquier cosa... que tenga que ver con el post.

Столичная dijo...

Si me he salido del tema y he hecho un juicio de intenciones inadecuado, ruego disculpas. No era mi intención. Dado que Benjamín ha hecho una alusión directa al Vaticano II y el Brigante le ha respondido con un has dado en el clavo, me ha parecido que por ahí iban los tiros. Lo siento.

el brigante dijo...

+Столичная, Benjamín ha suscitado una pregunta que parte del post y trata sobre la conciliación del reinado de N.S. Jesucristo (sobre lo que versa el post) con el Concilio Vaticano II (sobre lo que no versa el post). La respuesta de este brigante, lejos de ser "has dado en el clavo" ha sido algo muy diferente: "pones el dedo en la llaga", expresión española que no va más allá de señalar que ha planteado una seria dificultad que El brigante también percibe. He añadido "Si desde El brigante lográsemos, razonada y desapasionadamente, en caridad, mostrar que existe ese problema que mencionas, habríamos hecho un gran servicio a nuestros correligionarios". Sin pretender resolverlo. Ahora bien, el artículo de Ullate no habla para nada del Vaticano II. Saldremos ganando si nos esforzamos en "salvar la intención" del prójimo y nos limitamos, ordenadamente, a señalar en qué no estamos de acuerdo, sin desfigurar los argumentos de los demás.

Ezequiel M. dijo...

Será por mi ignorancia, no lo dudo, pero no termino de entender a que vienen las alusiones al Concilio Vaticano II en relación con la soberanía universal de Cristo, como si el último Concilio la rechazase de alguna manera. Ni si quiera el Concilio habla de la confesionalidad del Estado, que podría ser una de las consecuencias prácticas de esa soberanía de Cristo aplicada a la organización de lo político.
Creo que al tratar en "católico" la cuestión de lo político no podemos olvidar las consecuencias que se siguen de la fe, consecuencias que habrían de ser aplicadas. Un pensador español, Álvaro d´Ors, se refería a ellas como "teología política", y entendía que eran las consecuencias políticas del dogma teológico. El liberalismo viene a atacar de raíz esta concepción, al negar que de la fe se puedan seguir consecuencias de tipo político (la negación del oro debido de la que habla Ullate).
El resto del artículo, sobre el moderno liberalismo y su extensión en la vida cotidiana de tantos cristianos (extensión que lleva a la mundanización y, por tanto, a la descristianización) me parece acertado. Adelante con esa labor que venís haciendo, de ser luz, pero siempre con el fervor de una auténtica caridad. Ánimo, brigantes...

el brigante dijo...

+
Caro Ezequiel, el artículo no habla, ni menciona, ni se refiere al concilio Vaticano II, así que no se entiende bien tu comentario.
Salvo que me equivoque, que estoy dispuesto a rectificar.
En cambio señala el casi universal abandono, de facto, de la doctrina del reinado social por parte de los católicos. Es imposible pretender analizar nuestros males y remediarlos sin rectificar éste.
Gracias por tus ánimos y tu apoyo.

Ezequiel dijo...

Cierto es que el artículo no se refiere al Concilio, y a eso me refiero en el anterior comentario, aunque creo que me he explicado mal. Cuando digo que no entiendo las alusiones al Concilio no me refiero a las alusiones del artículo, puesto que no las hay, sino a las alusiones en los comentarios al artículo. Varios de ellos hablan del último Concilio, y mi extrañeza se debe justo a esto, a que ni el artículo habla de él ni la temática del artículo parece que requiera, a primera vista, la referencia al Concilio. Perdón por la confusión, y gracias.