“El tiempo del cristianismo en Europa está llegando a su fin –dijo el cardenal Schönborn este domingo de Pascua en la catedral de San Esteban–. Un cristianismo que llegó a realizar tan grandes cosas como esta catedral o la maravillosa música que escucharemos hoy”. Varios miles de fieles que llenaban las naves de la iglesia escucharon desconcertados el desesperado y melancólico diagnóstico de Schönborn. Se trata, sin embargo, de mucho más que de la admisión de un fracaso. Este desahogo encubre la raíz misma del mal que lamenta. Es cierto que, después de repetirnos millones de consignas, la obstinada realidad de la descomposición del catolicismo se impone a los sentidos. Pero Schönborn no se limita a constatar un hecho sensible, sino que, en sus propias palabras, reconoce una trayectoria inevitable.
Cuando los mártires de toda época sucumbían al Moloch de turno, lo hacían sin que el razonable reconocimiento de una aparente derrota eclipsase la exultante (y casi insultante) esperanza cierta en la victoria final. El “yo muero, pero Dios no muere” de García Moreno, es un grito de esperanza, un desafío a la aparente derrota, una profecía que desentraña el sentido de los caprichosos lances de la historia. Pero aquí, ahora, podemos llegar a decir “el cristianismo muere (en Europa, vale, pero no es grano de anís), aunque yo no muera”. Ojalá que el vértigo que suscita esta queja vienesa contribuya a despertarnos del aturdimiento de una fe mortecina. Pues la fe es la victoria que vence al mundo.
Es necesario volver a la pureza de la fe. No cualquier convicción es la fe, ni una fe humana en Jesucristo puede sustituir a la fe sobrenatural, la fe católica. Es demasiado fácil que una mera convicción humana (o una opinión) se escamotee como fe católica tan sólo porque “se adhiere a Jesús”. O sea, es fácil que “creamos” que Jesucristo es Dios, “porque nos convence” o “porque lo sentimos”, “porque corresponde con nuestra naturaleza religiosa” y no porque Dios mismo lo ha revelado. El verdadero acto de fe irrumpe en la inteligencia y conlleva las gracias necesarias para el testimonio de la fe. Cuando nuestras convicciones se enfrentan al descalabro, es decir, a la desaparición de todo asidero humano, cuando “humanamente hablando” todo está perdido, llega la prueba de la fe. Si nuestra convicción no provenía del don infuso del Espíritu Santo, sino que se basaba en cualquier circunstancia humana –psicológica, sociológica, cultural, afectiva–, cuando estas circunstancias se desvanecen nuestra convicción, que antes parecía tan sólida, también se desdibujará. Sólo la fe verdadera conlleva la verdadera esperanza sobrenatural, que también sobrepuja a la esperanza meramente humana.
Así, por paradójico que parezca, la urgencia mayor que tenemos no es otra que la de purificar nuestra fe, y la de aprender a discernir las consecuencias de esa fe en todos los terrenos: intelectual, moral, afectivo, hasta en los gustos. Y con la ayuda de Dios emprender todas esas conversiones subsiguientes a la conversión sobrenatural: la de la inteligencia, la de la voluntad, la del afecto, la del gusto (para purificar todos nuestros malos hábitos, que nos anclan al hombre viejo). Es temerario pretender que basta la conversión sobrenatural sin afrontar las demás, ciertamente subalternas, pero necesarias para preservar y profundizar la gran conversión.
Nuestra fe se ve amenazada por muchos enemigos externos, pero más todavía por los internos. Hoy los católicos parecen no advertir la necesidad de conformar todos los ámbitos de su vida con la regla de la fe y esa disociación entre fe e inteligencia, fe y moral, fe y afectos y gustos, testimonia la presencia de una débil fe o incluso en muchos casos de una plagiaria simple fe humana.
El brigante
Cuando los mártires de toda época sucumbían al Moloch de turno, lo hacían sin que el razonable reconocimiento de una aparente derrota eclipsase la exultante (y casi insultante) esperanza cierta en la victoria final. El “yo muero, pero Dios no muere” de García Moreno, es un grito de esperanza, un desafío a la aparente derrota, una profecía que desentraña el sentido de los caprichosos lances de la historia. Pero aquí, ahora, podemos llegar a decir “el cristianismo muere (en Europa, vale, pero no es grano de anís), aunque yo no muera”. Ojalá que el vértigo que suscita esta queja vienesa contribuya a despertarnos del aturdimiento de una fe mortecina. Pues la fe es la victoria que vence al mundo.
Es necesario volver a la pureza de la fe. No cualquier convicción es la fe, ni una fe humana en Jesucristo puede sustituir a la fe sobrenatural, la fe católica. Es demasiado fácil que una mera convicción humana (o una opinión) se escamotee como fe católica tan sólo porque “se adhiere a Jesús”. O sea, es fácil que “creamos” que Jesucristo es Dios, “porque nos convence” o “porque lo sentimos”, “porque corresponde con nuestra naturaleza religiosa” y no porque Dios mismo lo ha revelado. El verdadero acto de fe irrumpe en la inteligencia y conlleva las gracias necesarias para el testimonio de la fe. Cuando nuestras convicciones se enfrentan al descalabro, es decir, a la desaparición de todo asidero humano, cuando “humanamente hablando” todo está perdido, llega la prueba de la fe. Si nuestra convicción no provenía del don infuso del Espíritu Santo, sino que se basaba en cualquier circunstancia humana –psicológica, sociológica, cultural, afectiva–, cuando estas circunstancias se desvanecen nuestra convicción, que antes parecía tan sólida, también se desdibujará. Sólo la fe verdadera conlleva la verdadera esperanza sobrenatural, que también sobrepuja a la esperanza meramente humana.
Así, por paradójico que parezca, la urgencia mayor que tenemos no es otra que la de purificar nuestra fe, y la de aprender a discernir las consecuencias de esa fe en todos los terrenos: intelectual, moral, afectivo, hasta en los gustos. Y con la ayuda de Dios emprender todas esas conversiones subsiguientes a la conversión sobrenatural: la de la inteligencia, la de la voluntad, la del afecto, la del gusto (para purificar todos nuestros malos hábitos, que nos anclan al hombre viejo). Es temerario pretender que basta la conversión sobrenatural sin afrontar las demás, ciertamente subalternas, pero necesarias para preservar y profundizar la gran conversión.
Nuestra fe se ve amenazada por muchos enemigos externos, pero más todavía por los internos. Hoy los católicos parecen no advertir la necesidad de conformar todos los ámbitos de su vida con la regla de la fe y esa disociación entre fe e inteligencia, fe y moral, fe y afectos y gustos, testimonia la presencia de una débil fe o incluso en muchos casos de una plagiaria simple fe humana.
El brigante
3 comentarios:
Para creerle al Cardenal Schönborn se requiere una condición previa: que deje de celebrar misas rock. De lo contrario, borra con el codo lo que escribe con la mano. La crisis de fe parte de la crisis de la Iglesia, de su autodemolición, operada por las manos de eclesiásticos como Schönborn.
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Bienvenido, Julio. Nos honras con tu presencia. Estás en tu casa.
El brigante
No me cabe la menor duda de que, con las "misas" del Ilustre Caedenal de Viena, o con sus prácticas neojosefinistas en cuanto al nombramiento de obispos, el cristianismo en Europa, al menos aquél guiado por Pedro, está llegando a su fin.
¿No será acaso precisamente ése el deseo de Schönborn y de muchos otros prelados?... Oremus pro Pontifice nostro Benedicto.
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