martes, 28 de abril de 2009

La religión como ideología política y la auténtica política católica (1ª parte)

¿Qué debemos, pues, hacer los católicos en política? Pregunta recurrente y sintomática de que no tenemos las cosas demasiado claras. Hay confusión sobre qué es política (¿política de partidos?, ¿voto útil?, ¿cooperación a un bien común natural?); sobre el grado de apremio del “deber de participar en política”; sobre quién está legitimado para “levantar una bandera” en política que nos vincule a los católicos (manifestaciones, campañas sociales, candidaturas electorales); sobre el alcance de las consecuencias y la obligatoriedad de la fe en orden social. Eso, por enumerar algunas causas de perplejidad compartida. El resultado es del todo previsible: lo que podríamos llamar el “proceso perverso” de la atrofia de los católicos. Este proceso tiene al menos cinco pasos:

1) Se da por sentada la primacía de la acción: el “algo hay que hacer”; el “no podemos quedarnos de brazos cruzados”. Esta aparentemente benemérita afirmación conlleva la noción de que ante una emergencia lo principal es actuar o, lo que es lo mismo, que nuestra conducta será moral en la medida en que hagamos algo. Pero eso no es cierto ni siquiera en un caso de urgencia máxima, como socorrer a un accidentado o rescatar a la víctima de un incendio. En esos casos, las circunstancias nos impondrán una gran presión para tomar una decisión y nos impondrán también con evidencia el fin que buscamos, pero, por rápida que sea, nuestra acción no será moral ni prudente sin una razonable deliberación sobre los medios más adecuados.
2) A esa premisa, impuesta “a los católicos”, le sigue la aceptación de que para ser “eficaces” en la sociedad de masas debemos agruparnos y actuar bajo movilizaciones ideológicas, por consignas. El católico debe “sumarse” a iniciativas diseñadas en misteriosas instancias que deciden cuáles son las batallas a librar y los planteamientos que hay que reivindicar: el católico individual acepta que su participación en las mismas es “instrumental”, “funcional” respecto de tácticas en las que no participa. Todo sea por la “eficacia”. Esa pretendida eficacia se persigue siempre desechando las motivaciones específicamente católicas y sobrenaturales, y centrándose siempre en aspectos secundarios de orden “laico” o meramente natural. Se hace creer al católico que, para ser “eficaz”, incluso para estar legitimado en la plaza pública, hay que esconder lo específicamente católico.
3) Por esa misma exigencia de “eficacia” política, las cuestiones doctrinales, la reflexión sobre el correcto planteamiento doctrinal de la batalla social planteada, se descartan como inoportunas: “este no es el momento de dividir”. Recurso que encubre nuevamente la movilización ideológica y basada en consignas, en detrimento de una auténtica participación humana y cristiana, es decir, que no sólo tenga como fin la consecución de un objetivo “político” sino la realización de un acto moral. Una acción ideológica es una acción escindida respecto del ámbito moral, como si por “acertar” en las batallas políticas, nuestra principal contribución al bien común –el cumplimiento exacto de nuestros deberes, entre ellos el de formarnos– quedase descontada.
4) Es palpable que la coartada para este tipo de acciones, la exaltación de la eficacia conduce, además, a resultados prácticos escasos o nulos, como se contempla después de más de treinta años de recurrir crecientemente a este tipo de “movilización” de lo que queda del resto de los católicos y del también creciente descuido de la verdadera transmisión de la doctrina y de la vida católicas en las familias.
5) Por lo mismo, esa menguante eficacia política, en aras de la cual se ha pedido concentrar esfuerzos, es contemporánea de un progresivo deterioro de la vida personal, familiar y política verdaderamente católicas. ¿Cuántos católicos hoy están familiarizados con la doctrina social de la Iglesia, o tan sólo con el reinado social de Jesucristo y sus exigencias en el orden temporal, público y privado?

Esta tendencia se ha ido agudizando hasta la situación actual en la que los católicos son convocados a movilizaciones en las que (¡incluso cuando se convocan desde ámbitos eclesiásticos!) las razones cristianas quedan totalmente implícitas y eclipsadas bajo la mención a “derechos humanos”, “batallas laicas”, “defensa de la libertad” o “de las instituciones naturales”, ya sea al hablar de la educación, de la familia o del aborto, que parece que para los católicos hoy ya no haya política fuera de esos temas.
En sí mismo, este círculo vicioso o proceso perverso de autonegación de la concepción católica de la política es un factor de destrucción para los católicos. Es un proceso que se yergue como un obstáculo para, al menos, advertir la exangüe situación de lo que fue el “pueblo católico”.
Como decía al comienzo, la desorientación ha permitido el desarrollo de este proceso parasitario que, mientras alimenta la ilusión de llevar “al católico a la vida pública”, en realidad logra no sólo la instalación en los católicos de una mentalidad antipolítica, sino que genera un espejismo de cumplimiento del deber que impide un benéfico examen de conciencia de los católicos. (Continuará)

José Antonio Ullate Fabo

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Brigante la parte destructiva está muy bien. Ahora espero ver lo que propones.
Uncle Jimmy